sábado, 02 diciembre 2023

Los dueños del planeta suponen que siempre existirá una isla adonde escapar, un lugar recóndito y secreto donde empezar de nuevo. JONATHAN MARTÍNEZ

La posibilidad de una isla.

Hace apenas unos años, los guionistas de la serie francesa El colapso imaginaron una distopía de causas desconocidas y consecuencias irreparables. Cada capítulo nos muestra una de las múltiples ramificaciones de la catástrofe. Entre la carestía y la hambruna, entre los cortes eléctricos y la supervivencia más primitiva, los personajes van dando tumbos por un mundo sin normas ni esperanza donde se han impuesto la picardía, la desconfianza mutua y la ley del más fuerte. Pocos meses después del estreno de El colapso, la pandemia de COVID-19 dejó algunos paisajes que no hubieran desentonado en la serie.

En un episodio titulado El aeródromo, un acaudalado empresario llamado Laurent Desmarest recibe una llamada de alerta y se somete a un protocolo de evacuación para salvar el pellejo ante la inminencia de la hecatombe. Tiene quince minutos para alcanzar el avión que su compañía de seguros ha dispuesto en previsión de la emergencia y que lo trasladará a una isla de lujo reservada a unos pocos millonarios. En medio de la escasez alimentaria y la restricción de combustible, Desmarest descubre que contar con una legión de abogados o poseer un lienzo original de Van Gogh es tan inútil como inapropiado.

El escritor Douglas Rushkoff se encontró una vez casi sin quererlo en medio de un capítulo de El colapso. Había viajado a un rincón remoto de California para ofrecer una conferencia sin saber que en realidad se trataba de un encuentro privado con cinco magnates. Rushkoff es una voz reputada en el ámbito del desarrollo tecnológico, de modo que los multimillonarios querían saber de primera mano cómo podrían ponerse a salvo ante un hipotético colapso, ya fuera el calentamiento global, un virus indescifrable, un sabotaje informático o una guerra de todos contra todos. Los riesgos son al mismo tiempo tenebrosos e infinitos.

Aunque suene a ciencia-ficción o a broma de mal gusto, la corporación Survival Condo brinda a sus clientes un suntuoso surtido de búnkeres dotados de comodidades de ensueño y tecnologías de vanguardia. “Tu extraordinaria experiencia de superviviente te espera”. Las imágenes disponibles en la página web no ofrecen lugar a dudas: un túnel subterráneo de inspiración militar permite acceder a la tranquilidad hospitalaria de los apartamentos. Por tres millones de dólares, uno puede hacerse con un piso de tres dormitorios y dos cuartos de baño en un ambiente que oscila entre un crucero vacacional y un hotel de carretera.

En los últimos días, Douglas Rushkoff ha concedido entrevistas a diferentes medios españoles porque Capitán Swing ha publicado en castellano su último libro, La supervivencia de los más ricos, un ensayo por el que desfilan búnkeres blindados, popes de Silicon Valley, tecnoburbujas y realidades virtuales. Todo empezó con un artículo difundido en OneZero en el que Rushkoff contaba su reunión sorpresa con cinco superricos preocupados por el apocalipsis. ¿Qué lugar responderá mejor a la crisis climática, Nueva Zelanda o Alaska? ¿Cómo mantendré la autoridad sobre mis fuerzas de seguridad en el búnker?

Rushkoff recurre a La doctrina del shock de Naomi Klein con ánimo de esclarecer por qué las élites mundiales están aprovechando la atmósfera de crisis y malos augurios para incidir en los mismos errores que nos han conducido hasta este punto. Así lo explica Klein cuando asume que los grandes capitales sacan partido de los desastres con la intención de consolidar modalidades cada vez más agresivas y autoritarias de neoliberalismo.

Los capitalistas filantrópicos como Mark Zuckerberg o Bill Gates, dice Rushkoff, tienen mentalidad de salvadores pero prueban a resolver nuestros problemas con soluciones insostenibles.

¿De dónde nace la obsesión de Elon Musk por colonizar Marte? En el empresario sudafricano hay una conciencia megalómana que no se presenta tanto con los vestidos del lucro privado como con la fachada benéfica del humanitarismo y el progreso, una idea que encaja en los cánones más ingenuos de Hollywood y que se sostiene sobre una fe irreal en el poder infinito de la ciencia y el mercado.

Según Rushkoff, estamos en manos de una minoría irresponsable que entiende el capitalismo y el sometimiento de la naturaleza como requisitos indispensables para la subsistencia de la especie.

En una entrevista con Jim Rutt, Rushkoff sugiere que se ha impuesto la mentalidad de SimCity, el veterano videojuego de construcción de ciudades, como si fuera posible borrar una partida fallida y simplemente empezar de cero. Solo así se comprende el proyecto Neom, una ciudad del tamaño de Ruanda que el príncipe Mohammed bin Salman pretende levantar de la nada en un secarral de la provincia saudí de Tabuk. Bajo el disfraz del desarrollo sostenible y el ecoturismo, la dictadura árabe quiere instaurar un universo propio con jurisdicción propia, rascacielos de cristal, pistas de esquí, nubes artificiales, coches volantes y robots de limpieza.

Los dispositivos electrónicos nos han hecho creer que siempre existirá un botón de reinicio pronto para socorrernos. El ordenador se cuelga. Reinicio. El móvil flojea. Reinicio. El router muere. Reinicio. Bajo ese esquema mental, hemos llegado a pensar que la vida y la humanidad misma son algo así como un programa informático capaz de corregir nuestras erratas a golpe de teclado.

Los dueños del planeta suponen que siempre existirá una isla adonde escapar, un lugar recóndito y secreto donde empezar de nuevo. Lo cierto es que no hay escapatoria porque el mundo, el viejo mundo, es y será nuestra única isla.

JONATHAN MARTÍNEZ
Publicado en: PÚBLICO

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