jueves, 21 septiembre 2023

Las elecciones son para elegir, no para resignarse. MARTÍN CAPARRÓS

La palabra elecciones.
Si la elección sigue siendo despreciar las elecciones, habrá que crear maneras de que vuelvan a convocar el entusiasmo.

Elecciones: en estos días calientes la palabra suena sin parar. Y se mezcla con vacaciones, con ella choca, con ella rima, con ella comparte aquel rasgo que apuntamos tiempo atrás: las dos son, de por sí, plurales. Nadie se va de vacación; ningún Estado convoca elección.

Y también otro, más definitorio: las vacaciones nos hacen soportar el largo tiempo del trabajo; las elecciones, el largo tiempo del poder. Azúcares, las dos, o sacarinas, para los tragos más amargos.

Ya llegan: llevamos semanas pensando en elecciones —sobre todo los chinos, pero de eso no hablemos. La palabra elección y su verbo, elegir, tienen origen raro: se forman con ex —desde, sacar— y legere —leer—: algo así como lo que se puede extraer de una lectura, lo que se decide tras estudiar algún asunto. Elegir es decidir cuál de varias opciones se prefiere. El problema, claro, son esas opciones. Se puede elegir entre ostras y jabugo, pero no suele ser el caso; más a menudo es Guatemala o Guatepeor. Elegir, tantas veces, es ilusión evanescente.

Y de ahí las elecciones. Es curioso recordar que, durante muchos siglos, la única institución occidental que las practicaba era la Iglesia de Roma: en ella, sus jerarcas se reunían para escoger, por supuesta votación, a su gran jefe —aunque, para no ofender a las autoridades, decían que no lo habían hecho ellos, sino un tal Espíritu Santo, más parecido, en sus caprichos, a cualquier rey de entonces. De ahí la costumbre pasó a las pequeñas ciudades medievales, que sí elegían sus administradores, y terminó de instalarse en las naciones con las revoluciones burguesas de Estados Unidos y Francia, fines del siglo XVIII. Su forma básica viene de esos días: poco a poco, con mucha lucha, se fueron imponiendo en más lugares y se fueron ampliando. Al principio solo podían ejercerla los varones con plata; después fueron todos los varones; por fin incluso las mujeres —­esos seres que tantas veces no tuvieron elección.

Y de ahí al mundo: casi todos los países, ahora, las tienen de algún modo. Las elecciones quedan cuqui, lavan muy bien las caras. Incluso allí donde están perfectamente amañadas por los poderes instalados se dice que las hay. Y donde no lo están también, de alguna forma, lo están.

La palabra elección es alentadora: supone que cada quien realmente está eligiendo. La cantidad de factores que condicionan esas elecciones es extraordinaria: la escasez de opciones, la fuerza de convicción de los grandes medios, el poder económico de los posibles elegidos, la desidia y la desesperanza de los posibles electores. Pero mantenemos el mito de elegir, de que elegimos.

Las elecciones fueron una meta y ahora, para muchos, suenan más bien a trámite. Son, en todo caso, una de las técnicas de gobierno más antiguas todavía en vigor —aunque vigor sea, quizá, otra palabra exagerada. Una técnica que se justificaba hace siglo y medio, cuando los habitantes de cada provincia no podían manifestar lo que opinaban sobre cada cuestión de la nación y, entonces, nombraban a representantes —diputados, digamos— para que lo hicieran en su nombre en la asamblea de la capital. Ahora, cuando todos podrían decidir los temas importantes a través del móvil, ya no quedan excusas técnicas para delegar esas facultades.

Pero se siguen delegando en esos señores tan amables y tan poco amados que llamamos políticos. Quizá por eso el ganador de casi todos los comicios, últimamente, es un grupo que nadie conduce y nadie reivindica: el de las personas que no quieren elegir en estos términos, que se niegan a las elecciones.

Lo hacen sin alharaca pero con denuedo. En las últimas generales españolas, por ejemplo, los que eligieron no votar fueron 12,5 millones; la segunda opción fue el PSOE con 6,7. En las últimas de Estados Unidos los del No ganaron fácil: 99 millones contra 81 del segundo, el señor Biden. En Chile, en esas elecciones decisivas de 2021, los que No fueron 6,8 millones; después vino el señor Boric con 4,6. En Colombia, igualmente decisivas en 2022, No votaron 16,4 millones y el señor Petro fue segundo con 11. Y así.

Ahora y aquí se vienen, como tantas otras veces, “elecciones”, y serán más los que preferirán no elegir nada. Si la elección sigue siendo despreciar las elecciones, habrá que crear maneras de que vuelvan a convocar el entusiasmo: que devuelvan a los ciudadanos la sensación de que lo son —y que las elecciones son para elegir, no para resignarse.

Si no, ese tótem que llamamos democracia seguirá hundiéndose en el barro —y con él tantas más libertades, nuestras vidas.

MARTÍN CAPARRÓS
Publicado en: EL PAÍS

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