miércoles, 29 noviembre 2023

Cuidar la salud mental, más allá del eslogan. JORGE DOBNER

A partir de las consecuencias dramáticas de la pandemia se visibilizó la importancia de cuidar la salud mental. El enfrentar circunstancias tan difíciles y lidiar con la incertidumbre nos hizo reconocernos en nuestra vulnerabilidad como humanidad.  Si algo positivo hubo es que se naturalizó los problemas de salud mental dejando de ser un tabú que la sociedad estaba acostumbrada a omitir.

Cuando existen crisis y/o pasamos difíciles situaciones personales tenemos el derecho a sentirnos mal, expresarlo sin culpa y pedir ayuda profesional si hiciera falta.

En poco tiempo hemos avanzado mucho para destigmatizar los trastornos mentales y hoy por suerte nadie merece ser llamado “loco/a”.

Sin embargo llevamos tiempo de retraso en la comprensión de las causas que nos hacen una sociedad pesimista. Aun cuando vivimos teóricamente en un momento de la historia privilegiado respecto a nuestros antecesores, con más recursos y soluciones a nuestro alcance para resistir todos los embistes. Los informes y datos sobre salud mental son preocupantes.

Después de la pandemia ha venido una resaca emocional que nos sacude sobremanera.

Según el informe sobre la salud mental mundial de la OMS publicado el año pasado, la depresión y la ansiedad aumentaron un 25 % en el primer año de la pandemia, lo que elevó el número total de personas que viven con un trastorno mental a casi mil millones de personas.

En el informe más reciente ‘La situación de la salud mental en España’ un 40% de ciudadanos asume que su salud mental es mala. “Estamos ante una población cuyo estado de ánimo, en general, es pesimista” señalan desde la Fundación Mutua Madrileña, coautora del estudio.

Un dato muy alarmante: el 14,5% de la población ha tenido ideas suicidas o ha intentado suicidarse. En mayor medida entre las mujeres (17%) que entre los hombres (11,7%). Sucede lo mismo en el caso de quienes han llegado a autolesionarse (6,4% de hombres frente a 11,3% de mujeres). Por edad, las ideas o el intento de suicidio (31,8%) y las autolesiones (30,7%) se producen en mayor grado en el grupo de jóvenes de 18 a 24 años.

Otros datos llamativos: si se pregunta por la satisfacción con la vida, las respuestas indican que la familia (82,3%), la salud (77,2) y los amigos (75,6) es lo que nos provoca más bienestar.

También en materia de salud mental se aprecia una brecha de género que ya no sorprende: los hombres están más satisfechos con su vida laboral (62,5%) y su situación económica (54,2%) que las mujeres (49,9 y 44,8 %, respectivamente). Igualmente un 61,3% de las personas que ha sufrido problemas de salud mental son mujeres, frente al 38,3% de hombres.

Estos datos en particular ponen de relevancia que aún queda camino para igualar las condiciones laborales de las mujeres respecto a los hombres, y que ellas siguen soportando en buena medida el peso familiar y otras cargas que a duras penas les posibilita conciliar para llevar una vida con cierto bienestar.

Ahora que tanto se habla de igualdad, los cargos públicos que se encargan de esta materia deberían destinar los recursos a mejorar las condiciones de vida de las mujeres en vez de centrar tanto su atención en la pancarta y destinar ingentes cantidades de dinero a campañas publicitarias improductivas.

Otro dato muy destacado es que casi un 20% de los encuestados dice no estar “nada satisfechos con su vida laboral”, es decir que no han podido desarrollar su vocación profesional satisfactoriamente. Igualmente no es de extrañar este descontento con la precariedad laboral existente y la necesidad de hacer malabarismos para subsistir.

No es casualidad que al tiempo que el problema de la salud crece también lo haga el consumo de alcohol y drogas, especialmente entre los más jóvenes. Sólo en España las atenciones en el Clínic crecen casi un 20% entre 2019 y 2022; y en el Mar, un 29%.

Pesimistas, narcotizados y drogados…cuando se habla de salud mental no debe quedar en un mero eslogan porque es un tema de moda, sino que las instituciones y administraciones gracias  a nuestros impuestos deben invertir muchos más recursos para que el ciudadano no quede desamparado.

Últimamente se habla mucho de la generación de cristal en referencia a las personas nacidas entre 1997 y 2012– y a los últimos millennials –quienes nacieron entre 1993 y 1997– cuyo término hace referencia a la “fragilidad emocional” de los jóvenes.

A los jóvenes se les prometió que si se formaban profesionalmente, si se esforzaban por alcanzar sus metas, al menos podrían encontrar un trabajo digno en el que desarrollarse. Sin embargo se han chocado con la realidad que hay una generación de jóvenes que pueden tener peor vida que sus padres y más dificultades para conseguir lo que ellos lograron.

Ciertamente desde los gobiernos pueden hacer más por proteger el estado del bienestar y cuando más es necesario se debería de reordenar las partidas de presupuestos para abordar los temas más urgentes.

Esto también implica invertir en programas específicos de salud mental en la sanidad pública y fomentar la acción comunitaria para que personas que tienen algún problema cuenten con una red de apoyo y asistencia profesional.

Se necesitan más políticas activas y visibles que acompañen al eslogan.

Asimismo los medios tenemos una enorme responsabilidad para mostrar soluciones y buenas noticias que ocurren cada día y que en estos tiempos son imprescindibles para levantar los ánimos de la gente.

JORGE DOBNER
Editor
En Positivo

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