martes, 07 febrero 2023

La política se reduce a que mi equipo es bueno y el tuyo es malo. La verdad solo es la verdad que quiero ver desde mi tribuna. JOHN CARLIN

Vivimos la época de “mi verdad”
La lealtad a la tribu está por encima de cualquier noción observable de los hechos.

Hace unos diez años, charlando en un vuelo de Barcelona a Madrid con un periodista amigo, hice un comentario obvio, banal, sobre “la politización del fútbol”. Menos mal que le solté el topicazo porque me dio una respuesta que no dejo nunca de recordar. “Yo hablaría, más bien , de la futbolización de la política”, me contestó.

Fue verdad entonces y lo es más con cada día que pasa. Lo que quería decir el amigo era que el mundo político se estaba volviendo tan infantil y tribal como el del fútbol. En el fútbol esto no es un problema. La esencia de lo que significa ser un aficionado es un regreso a los hábitos mentales de la niñez. Es decir, a la sencillez de la polarización. Sientes lealtad incondicional por tu equipo, el bueno, y odias al rival, el malo. Las decisiones del referí siempre son las correctas si van con los tuyos, incorrectas si van en contra.

En lo que se supone que es el mundo adulto de la política esto sí es un problema. Aquí lo que está en juego es el bienestar público, la seguridad de las familias, a veces la guerra o la paz. Y la democracia misma. Pero los políticos, estén en el gobierno o en la oposición, parecen volverse más forofos con cada día que pasa. No todos, pero muchos, se comportan como el niño pequeño que, en su colosal egocentrismo, no concibe una verdad objetiva al margen de sus deseos o intereses inmediatos.

La madurez consiste, al menos en parte, en saber dudar, en cuestionar -aunque sea solo un poco- tus prejuicios o ideas recibidas. Pero vivimos en la época no de “la verdad” sino de “mi verdad”. La de “Mamá, mamá, yo soy bueno y ese niño es malo”. Y punto.

El caso más extremo, porque en Estados Unidos todo siempre es más grande, es el de Trump y sus devotos. El comité de la cámara de representantes que acaba de concluir su investigación sobre la invasión del Capitolio del 6 de enero de 2021 años acumuló una montaña de pruebas que demostraron que Trump se inventó el motivo detrás de dicha invasión, el fraude electoral supuestamente cometido por su rival, Joseph Biden. Pero Trump y su gente insisten en “su” verdad, igual que los hinchas de un equipo de fútbol cuando denuncian que el árbitro se equivocó -o fue comprado- al señalar o no señalar un penal cantado. La lealtad a la tribu está por encima de cualquier noción observable de los hechos.

No siempre fue así. Estamos hablando de un fenómeno del siglo XXI, no del XX. En las democracias, digo, no en las tiranías como las de Hitler o Stalin – o Videla- donde la verdad era la que ellos decían que era. Hasta finales del siglo pasado existía un consenso general en Estados Unidos sobre lo que era la verdad. Cuando se constató la participación de Richard Nixon en el escándalo de Watergate los fieles del partido republicano se rindieron ante la evidencia de que su presidente había actuado contra la ley. El presidente Nixon dimitió. Trump, cuyos crímenes han sido de un orden cien veces más peligrosos para la democracia, ahí sigue, insistiendo en que él es la víctima y presentándose una vez más, con el apoyo de decenas de millones, como candidato presidencial.

Pese su extremismo el caso Trump no deja de ser emblemático. Vemos variantes sobre el tema en Europa occidental, particularmente en Reino Unido, donde la mayoría de los que votaron por la causa del Brexit aún insisten en negar el daño manifiesto que les ha causado salir de la Unión Europea.

Lo vemos por toda América Latina sin excluir, por supuesto a la Argentina, donde tras la pasajera unidad patria que despertó el Mundial ya se vuelve al modo por defecto de enemistad tribal. Lo vi también esta semana en España.

Estuve en un programa de radio con el ícono y una vez Mesías de la izquierda española, Pablo Iglesias. El tema era Argentina y, concretamente, la ícono y aún Mesías de la izquierda argentina Cristina Kirchner, recién condenada por defraudación al Estado. Seguí el caso, como seguí el comité estadounidense que investigó a Trump, y mi percepción fue que el Everest de pruebas en su contra no le dejaba a los jueces más remedio que encontrarla culpable. Kirchner, como haciéndose eco de Trump, dice ser víctima de “un estado paralelo” y de “una mafia judicial”.

Iglesias estaba con Kirchner. Lo suyo no era comparable, dijo, con la corrupción de la derecha española, concretamente la del Partido Popular. A “Cristina”, insistió, la habían “asesinado” los medios. Lo mismo, casualmente, que dicen Trump y sus defensores. Ahora, me pregunto, ¿si los roles se hubiesen invertido, si Mauricio Macri hubiera sido condenado en circunstancias idénticas a las de la vicepresidenta, con las mismas pruebas en contra, Iglesias hubiera saltado a defenderle con la misma convicción? Sospecho que no.

Como la derecha más radical de Estados Unidos con Trump, Iglesias es incondicional en su apoyo a la abanderada de la izquierda argentina. Lealtad a la tribu ante todo. Ceguera ante sus defectos siempre. ¿La corrupción es la corrupción provenga de dónde sea? No. La corrupción es la corrupción si la hace el otro.

El problema que tiene la derecha trumpiana es que tendrá limitada credibilidad cuando monte, como se espera, una investigación en el congreso contra las supuestas corruptelas del hijo del presidente, Hunter Biden. El problema de Iglesias es que la desnudez de su partidismo o, lo que es lo mismo, su deshonestidad intelectual, le hace perder credibilidad cuando acusa al PP, por más razón que él tenga, de lo mismo que acusan a su Cristina.

Así nos va. La política se reduce a que mi equipo es bueno y el tuyo es malo. La verdad solo es la verdad que quiero ver desde mi tribuna.

Y así es como la democracia se corroe y empieza su desliz, como desea el niño Trump sin entenderlo, hacia un autoritarismo como el ruso, donde la verdad es el enemigo a vencer y el objetivo es que deje de existir.

JOHN CARLIN
Publicado en: CLARÍN

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