martes, 06 diciembre 2022

La feliz noticia de la semana es que cada día que pasa más de sus compatriotas entienden que Trump es un fraude. JOHN CARLIN

Adiós Donald Drácula, se acabó la fiesta.

Pregunta, ¿de quién es la siguiente cita?: “Si ganamos, yo me mereceré todo el crédito, y si perdemos, no será en absoluto culpa mía”. ¿Fue Adolf Hitler, José Mourinho o Donald Trump? Respuesta: Donald Trump, un día antes de las elecciones legislativas y estatales que se celebraron el martes en Estados Unidos.

Según Trump, se merece todo el crédito. “Tuvimos un éxito tremendo”, declaró, refiriéndose a su partido republicano. Según la totalidad del mundo político estadounidense no fue un éxito, fue un fracaso, especialmente para Trump.

Trump es, como Drácula, difícil de matar. Hasta la fecha los múltiples pronósticos de su ocaso han acabado en nada. El monstruo naranja siempre ha vuelto, revitalizado. Pero esta vez pienso que no volverá. Consciente de que los deseos demasiadas veces vencen a la razón, me la juego y digo que aunque se presente como candidato este martes, como ha amenazado con hacer, no volverá a ser presidente. El resultado de las elecciones de esta semana fue la estaca mortal en su corazón de vampiro.

Una de las curiosidades del sistema político estadounidense es que el partido republicano, el conservador, se identifica con el color rojo. Bueno, Trump rogó a sus seguidores antes de las elecciones que le regalasen la arrasadora victoria de “una gran ola roja”. No fue así. Todo indicaba, es verdad, que el partido del presidente Joe Biden sufriría un pésimo resultado. Tenía la historia en contra, para empezar.

Anteriores presidentes con ratings personales más favorables que él, entre ellos Clinton y Obama, recibieron palizas electorales mucho más duras durante la equivalente etapa de sus mandatos. Una alarmante inflación y la recesión que se vislumbra en el horizonte tampoco auguraban un feliz resultado para los de Biden. Como reza el antiguo mantra, “es la economía, estúpido”.

Pero al final, como todos los diagnósticos señalan, el factor decisivo en lo que acabo siendo una ligera olita roja fue “el estúpido Trump”. Todos los caminos del fracaso republicano conducen a él.

Él fue el que colocó a los jueces del Tribunal Supremo que inclinaron la balanza este año en contra del aborto legal, decisión que convenció a muchas mujeres, en particular, a no votar por los republicanos. Trump fue el que incitó la invasión del Capitolio del 6 de enero de 2021. Trump es el objeto de numerosas investigaciones criminales del Departamento de Justicia. Y, finalmente, Trump fue el que eligió a dedo a candidatos republicanos que, en condiciones normales, deberían haber ganado. No ganaron porque eran personas anormales, mediocres o dementes cuya única virtud, por decirlo así, fue su ciega lealtad al culto de Donald Trump.

En resumen, pesaron menos en las elecciones los números desfavorables del viejo Biden que los números aún más desfavorables, según las encuestas, de su antecesor. Y no es que lo diga yo, lo dicen multitudes de figuras políticas republicanas que hasta ahora habían sido fieles a Trump. Aquí van algunos ejemplos.

David Urban, veterano asesor de Trump desde su campaña presidencial de 2016: “Los republicanos han seguido a Donald Trump hasta caerse por un acantilado”. Peter King, excongresista republicano: “Trump no debe seguir siendo la cara visible de nuestro partido”. El conservador Wall Street Journal en un editorial: “Trump es el gran perdedor de estas elecciones…candidatos trumpistas perdieron en elecciones que eran claramente ganables”.

No solo el Journal le abandona. El diario que había sido su Pravda personal, el tabloide New York Post, de repente se burla de él. En la siempre fiel Fox News varias voces empiezan a cuestionarle.

Trump insiste por ahora en que hará su “gran anuncio” el martes. Pero los mensajes de sus correligionarios han logrado penetrar algún rincón del país de las maravillas que su cerebro habita. Trump comienza a contemplar la posibilidad de que acabará siendo lo que más le horroriza en la vida, “a loser”, un perdedor.

Lo delató incluso antes de las elecciones, hace una semana, al atacar a Ron DeSantis, el gobernador de Florida que un creciente número de conservadores, incluyendo ahora el New York Post, considera ser el candidato con mayor posibilidad de ganar la presidencia en 2024.

Con aquel aire amenazante mafioso que le caracteriza, Trump dijo de DeSantis: “Creo que si se presenta realmente se podría hacer mucho daño. Mucho daño…”. Y acto seguido especificó que si DeSantis sí se presentara revelaría “cosas” de su rival que le harían quedar muy mal. “Con la posible excepción de su mujer, sé más sobre él que cualquiera,” agregó el Capo Donald.

Trump tiembla ante la posibilidad de sufrir la ignominia no, en primer lugar, de perder las elecciones de 2024 sino de ni siquiera ser elegido como candidato por el partido que pensaba tener bajo su dominio. Por eso podemos esperar que en las próximas semanas y meses le prestará menos atención a Joe Biden y concentrará el odio que lleva dentro contra Ron DeSantis. Él, todo indica, no le contestará. Es que la gran diferencia entre Trump y DeSantis es que uno es un retrasado emocional y el otro es un adulto que, independientemente de su ideología, posee un cierto grado de responsabilidad cívica.

Decía esta semana el ex gobernador republicano de Nueva Jersey, Chris Christie, lo que cualquiera con dos dedos de frente sabe y millones de votantes estadounidenses aún no, que “los instintos políticos de Trump nada tienen que ver con su partido o su país, solo tienen que ver con él”. O sea, yendo más lejos, Trump tiene mucho más que ver con Vladímir Putin que con DeSantis o con Biden o con cualquiera que valora las libertades por las que tantos han luchado.

La feliz noticia de la semana es que cada día que pasa más de sus compatriotas entienden que Trump es un fraude y que la democracia es un tesoro que no se debe echar a perder.

JOHN CARLIN
Publicado en: CLARÍN

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