martes, 06 diciembre 2022

España es uno de los países más privilegiados del mundo (esto no es una opinión: es un hecho). JAVIER CERCAS

Dave Eggers y el patriotismo.
Según los rankings más fiables de calidad democrática, España es una de las mejores democracias del planeta.

En un diálogo con la revista Icon, el escritor estadounidense Dave Eggers declaró: “España es la sociedad más evolucionada del mundo”. Todavía bajo el impacto de la afirmación, el interlocutor de Eggers, Íñigo López Palacios, le aseguró que los españoles no somos tan optimistas y más bien sentimos que nuestra democracia es harto imperfecta; pero Eggers, que en 2019 residió unos meses en nuestro país y tiene una opinión catastrófica del Estados Unidos actual (un país que a su juicio está derivando hacia una teocracia cristiana), insistió: “Créeme, aquí no hay violencia, la democracia es muy tranquila, incluso con partidos como Vox. Hay gente así en todas partes, pero la vida cotidiana es más cuerda y civilizada (…) Aquí todo es racional, mientras que en EE UU no están del todo evolucionados”.

En suma: “En la escala de la evolución social, EE UU está por debajo de Francia, y por encima de todos está España”.

Eggers es un tipo culto y muy inteligente, autor de un libro extraordinario —Una historia conmovedora, asombrosa y genial—, además de notorio representante de la izquierda contracultural norteamericana; una vez leídas sus opiniones sobre España, sin embargo, la pregunta se impone: ¿cuántos whiskies había ingerido Eggers en el momento en que las formuló? ¿Iba nuestro amigo americano hasta las cejas de drogas de diseño?

¿O es que los españoles somos una panda de masoquistas incapaces de apreciar las excelencias de nuestro país, y tienen que venir los extranjeros a contárnoslas?

Me atrevo a proponer una respuesta a estos interrogantes. Digamos de entrada que, cuando vives en un lugar ajeno y un periodista te pregunta por él, a veces puedes sucumbir a la tentación de agradecer la hospitalidad con un exceso de entusiasmo. Digamos que, cuando sólo pasas una temporada en otro país —mucho más cuando eres un simple turista—, tiendes a reparar sobre todo en lo bueno, y no en lo malo, a menudo porque no alcanzas a adquirir conocimiento y experiencia suficientes para detectarlo.

Digamos también que, según casi todos los estándares, desde el clima hasta el modo de vida, España es uno de los países más privilegiados del mundo (esto no es una opinión: es un hecho).

Digamos que no existen las democracias perfectas —o que la única democracia perfecta es una dictadura: la democracia orgánica del general Franco, por ejemplo—: lo que define a las democracias de verdad es que son infinitamente perfectibles. No ocultemos, en fin, que, según los rankings más fiables de calidad democrática, España es una de las mejores democracias del planeta, o al menos una democracia plena, o al menos lo era hasta que Pablo Iglesias se convirtió en vicepresidente del Gobierno y, en alguno de esos rankings —el de The Economist—, nuestro país pasó a ser, como Francia o EE UU, una “democracia defectuosa” (derrota que el propio Iglesias celebró como si de un triunfo personal se tratara, en lo que no le faltaba razón). Dicho esto, añado que lo esencial es otra cosa. Semanas atrás escribí en esta columna que, para quienes hemos padecido el triple patriotismo sucesivo del franquismo, ETA y el procés, lo más sensato que se ha dicho jamás sobre la palabra patria fue lo que le gritó una campesina italiana a su hijo: “¡Hijo mío, corre, que viene la patria!”. Pues bien, si algún día conseguimos limpiar de horrores esa palabra maldita, un patriota ya no será aquella persona que anda por ahí exhibiendo banderas (esas varitas mágicas dotadas de un poder inigualable para anular el pensamiento y esconder basura), sino aquella que, además de pagar de pe a pa sus impuestos, sin perdonar un solo euro, practica la crítica más feroz, racional y desinteresada de su país. Es decir: en cuanto acertemos a devolverle a la palabra patriotismo un significado decoroso, un patriota será más o menos lo que tradicionalmente se ha llamado un traidor.

Esa es mi respuesta: que Eggers abomina del estado actual de su país porque es un auténtico patriota norteamericano, y que nosotros hicimos muy bien pensando lo que pensamos sobre él cuando leímos en Icon sus declaraciones sobre España; a saber: “Este guiri no se entera de nada”.

JAVIER CERCAS
Publicado en: EL PAÍS

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