lunes, 06 febrero 2023

Un Lula renacido para un nuevo Brasil. CÉSAR G. CALERO

Lula da Silva, el líder renacido al rescate de Brasil.
Lula se ha impuesto este domingo al ultraderechista Bolsonaro y regresa a la presidencia. Con su carisma intacto, el candidato del Partido de los Trabajadores es el único político capaz de acabar con la degradación política, social y medioambiental de Brasil bajo la etapa del ultraderechista.

El ambiente en Garanhuns, una ciudad próxima al pueblo natal de Luiz Inácio Lula da Silva (Caetés, 1945) en el estado de Pernambuco, era contagioso. Cientos de personas se habían congregado para arropar a la nueva candidata presidencial del Partido de los Trabajadores (PT), Dilma Rousseff. Su discurso, aquella noche de finales de julio de 2010, dejó al público a un paso del bostezo. Era una de las ministras más competentes de Lula pero le faltaba algo para ganarse a la militancia. Le faltaba carisma. Cuando acabó su intervención, la presencia en el escenario del presidente encandiló los ánimos. Al contrario que Rousseff, Lula salía sin papeles, con el micrófono en la mano, y recorría el escenario de esquina a esquina como si fuera un predicador de una iglesia pentecostal. Su voz ronca y el tono in crescendo de su arenga dejaban a la parroquia al borde del paroxismo. “Voten a Dilma”, les pidió a sus seguidores. No tuvo que decir mucho más. La sucesora de Lula había sido aceptada. En enero de 2011 estrenaba la banda presidencial que le colocaba su mentor.

En el nordeste brasileño, como en el resto del país, las capas más humildes de la sociedad habían comenzado a salir de la pobreza gracias a los planes sociales desarrollados por el Gobierno progresista del PT. La abrumadora adhesión de los más pobres al proyecto transformador de Lula no solo fue producto del acceso a programas como Bolsa Familia, mediante el que recibían un ingreso mensual sujeto a una serie de condiciones, como la escolarización de los hijos. Salir del pozo de la pobreza les había otorgado algo mucho más importante: una dignidad de la que carecieron en el pasado.

Lula había ido en busca de esa dignidad desde que trabajaba como obrero metalúrgico en São Bernardo do Campo, el gran cinturón obrero de las afueras de São Paulo. A principios de la década de los 50, su madre, Eurídice Ferreira de Mello, se había trasladado con sus ocho hijos en un camión desde el empobrecido nordeste a la gran ciudad para tratar de mejorar sus condiciones de vida. Lula compaginó sus estudios en la escuela con algunos trabajos de quita y pon para ayudar en casa mientras su padre, Arístides da Silva, con dos familias a cuestas, iba cayendo por el precipicio del alcoholismo. Comenzó pronto a trabajar en empresas siderúrgicas del gran polo industrial de São Bernardo y a los 18 años ya era un tornero mecánico cualificado.

En aquel Brasil de mediados de los años 60 los militares se habían hecho con el poder a la brava (y no lo abandonarían hasta 20 años más tarde). Sin mucho interés en la política durante la adolescencia, a partir de 1968 Lula se involucra en labores sindicales por influencia de su hermano mayor, José, militante del clandestino Partido Comunista. Siete años más tarde, Lula ya estaba al mando del Sindicato de Metalúrgicos. Bajo su liderazgo, los obreros del cinturón industrial de São Paulo desafiaron al régimen militar y convocaron varias huelgas en defensa de mejoras laborales. Pero su lucha se hacía muy difícil en un contexto político de represión y retroceso de los derechos sociales. Cuando la dictadura abrió la puerta a la aparición de nuevos partidos políticos, en 1980, Lula y un puñado de sindicalistas, políticos e intelectuales fundaron en São Paulo el Partido de los Trabajadores (PT), una formación obrerista y de izquierdas que llegaría a ser la principal fuerza progresista del país.

Seis años tardaría Lula en conseguir un acta de diputado en el Congreso en una lenta pero progresiva implantación del PT en todo el territorio nacional. En 1989 se lanza a la carrera presidencial por primera vez. Atrás quedaban años turbulentos como sindicalista en un Brasil dominado por la bota castrense. Había eludido una condena de cárcel por alteración del orden público, se había casado dos veces (su primera esposa había fallecido), tenía cinco bocas que alimentar y un dedo menos por culpa de un accidente laboral… Su popularidad subía un peldaño en cada acto partidista. Lula soñaba con llegar al Palacio del Planalto pero aún tardaría doce años (y tres derrotas consecutivas) para lograrlo. Fernando Collor de Mello en 1989 y Fernando Henrique Cardoso en 1994 y 1998 se lo impedirían.

El obrero presidente
“Si había alguien en Brasil que dudaba de que un tornero mecánico, salido de una fábrica, llegase a la presidencia, el 2002 probó lo contrario. Y yo, que tantas veces fui criticado por no tener un diploma de nivel superior, recibo ahora mi primer diploma: el de presidente de la República de mi país”.

El 1 de enero de 2003, un obrero llegaba a la presidencia de Brasil, el primer dirigente progresista desde la caída de João Goulart en el golpe de Estado de 1964.

Pero el Lula que entra por la puerta del Planalto en Brasilia ya no es el combativo sindicalista de los años 80. Ha moldeado su discurso para tranquilizar a los mercados. Abraza una parte del ideario liberal en economía sin renunciar a los postulados sociales de la izquierda. Lula hereda un país endeudado y plagado de pobres. Su reforma fiscal, la apuesta por la reindustrialización del país y la aplicación de ambiciosos planes asistenciales para los más desfavorecidos generan la transformación de Brasil y un inédito reconocimiento internacional. Espoleado por una coyuntura económica favorable, con los precios de las materias primas por las nubes, Brasil se convierte en el país de moda, estrella deslumbrante de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), el quinteto emergente en el tablero internacional.

Convertido ya en un icono de la izquierda en América Latina, Lula repetiría triunfo electoral en 2006. Como cuatro años atrás, su vicepresidente sería el empresario y dirigente del Partido Liberal José Alencar. La transformación social de Brasil requería de fuertes dosis de pragmatismo.

Después de caer derrotado en tres comicios presidenciales, Lula sabía que solo aproximándose a los sectores moderados, a ese centroderecha de caciques partidistas, podría lograr la estabilidad para gobernar. Brasil se aplicaba en una política fiscal del agrado de Washington y combatía al mismo tiempo con éxito la pobreza. La rebosante caja de ingresos estatales servía para garantizar la permanencia de programas como Hambre Cero, pilar del primer mandato de Lula.

El primer gobierno del PT coincide en el tiempo con la irrupción en América Latina de la denominada “marea rosa”, la llegada al poder de líderes progresistas en varios países de la región. Lula apuesta por el fortalecimiento de la política regional con su apoyo al Mercosur y estrecha lazos con la Argentina de los Kirchner y la Venezuela de Chávez, sin olvidar su relación de amistad con Fidel Castro. Esos aliados naturales no le impiden, sin embargo, mantener una buena relación con Estados Unidos.

“Para hacer política hace falta plata”. El consejo del presidente argentino Néstor Kirchner (fallecido en 2010) a Lula da Silva fue malinterpretado por algunos dirigentes del PT, que entendieron el axioma como una barra libre para saltarse la ley. No tardarían en caer en la pegajosa red de la corrupción. El escándalo del Mensalão (mensualidad), una compra de voluntades y trasvase de fondos no declarados hacia partidos aliados para asegurar su apoyo en iniciativas gubernamentales (habitual en otros gobiernos), dejó tocado, aunque no hundido, a un partido que había hecho bandera de la ética en el servicio público. José Dirceu, una leyenda de la izquierda, número dos de Lula en el partido y en el Gobierno (estaba al frente de la Casa Civil, una suerte de súper ministerio), se vio salpicado en la trama.

La revelación de los sobornos por parte de uno de los implicados, el diputado Roberto Jefferson, originó una cascada de ceses y dimisiones entre miembros del PT y del gobierno involucrados en los pagos. Lula se declaró al margen del escándalo, pidió perdón en nombre del partido y renovó la cúpula gubernamental con el ascenso de una mujer de perfil técnico, una antigua guerrillera torturada por la dictadura que había despuntado al frente del Ministerio de Minas y Energía. Como jefa de la Casa Civil, Dilma Rousseff fue un gran sostén para Lula. El mandatario nunca olvidaría su fidelidad en los momentos más críticos de su carrera.

Los reveses por los escándalos de corrupción en su partido no le impidieron a Lula presentar su candidatura en 2006. Si en 2002 había batido en segunda vuelta al conservador José Serra, candidato de la coalición formada por los dos grandes partidos del centroderecha -el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) y el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB)-, ahora se enfrentaba a Geraldo Alckmin, otro líder conservador (hoy aliado de Lula) al que pretendía derrotar en la primera vuelta. No ocurrió así. Como cuatro años atrás, Lula se quedó muy cerca del 50% de los votos necesarios para evitar una segunda vuelta, en la que tumbaría claramente a su oponente.

En su segundo mandato, Lula proseguiría con su agenda de reformas sociales. Unos 30 millones de personas salieron de la pobreza bajo los gobiernos del exsindicalista mientras Brasil se convertía en la sexta economía del mundo.

Sin embargo, la realpolitik dejó muchos problemas estructurales de Brasil sin resolver. No hubo una gran revolución fiscal para garantizar que las grandes empresas y fortunas del país aportaran más a los ingresos del Estado. La reforma agraria quedó en el aire y la política medioambiental defraudó a los ecologistas. Tampoco se democratizaron las Fuerzas Armadas ni se persiguió a los represores de la dictadura.

La persecución judicial
Con la llegada de Dilma Rousseff al poder en 2011, Brasil notaría los efectos de la crisis económica internacional. Los ajustes provocarían masivas protestas sociales mientras afloraban nuevos casos de corrupción que afectaban a toda la clase política del país. El PT no estaba exento de esos escándalos. Las élites económicas decidieron entonces que una década de gobiernos de izquierdas ya era suficiente. La maquinaria se puso en marcha. La actitud de ciertos dirigentes del PT les facilitaba el trabajo, pero la cacería iba dirigida a las presas mayores. Primero asociaron a Lula a la Operación Lava Jato, la investigación sobre prácticas corruptas en la empresa estatal Petrobras y la constructora Odebrecht, una trama en la que estaban involucrados empresarios y políticos. El expresidente fue investigado por presunta corrupción en 2016. Y Dilma Rousseff sería destituida ese mismo año al prosperar un impeachment en el Congreso promovido por la derecha. Un desvío en la contabilidad presupuestaria fue la excusa para expulsar del poder a la mandataria, sustituida por su vicepresidente, el derechista Michel Temer.

Para erosionar la imagen de Lula, cuya popularidad aún se mantenía alta, se aceleraron las investigaciones sobre unos supuestos sobornos aceptados por el expresidente por parte de una empresa constructora en el marco del caso Lava Jato. Pese al progresivo descrédito de su figura que fomentaban sus adversarios políticos y los grandes medios de comunicación, Lula no bajó la cabeza y se postuló para una nueva presidencia. Enseguida se puso a la cabeza en las encuestas. Solo había una manera de frenarlo.

El juez Sérgio Moro no le dio tregua. Sin pruebas concluyentes, consiguió sentarlo en el banquillo y condenarlo a 12 años de prisión. Lula pasaría 580 días en la cárcel hasta que le fue otorgada la libertad provisional.

A mediados de 2021 el Supremo Tribunal Federal anulaba las condenas por fallos procesales. Pero el daño ya estaba hecho.

Moro había aprovechado su tirón mediático para dar el salto a la política y aceptaría el cargo de ministro de Justicia en el Gobierno del ultraderechista Jair Bolsonaro, quien, sin Lula como rival, había ganado las elecciones en 2018.

Tras su rehabilitación política, Lula anunciaba su regreso a la carrera presidencial a sus 75 años.

Un líder renacido que había superado un cáncer de garganta, la muerte de su segunda esposa y la pérdida de un nieto en pocos años. Su carisma seguía casi intacto.

Era, tal vez, el único político capaz de acabar con la degradación política, social y medioambiental de Brasil bajo la etapa de Bolsonaro. Al lanzar su candidatura, proclamó: “Estoy seguro de que vamos a conseguir hacer la mayor revolución pacífica de la historia”.

CÉSAR G. CALERO
Periodista, escritor y traductor español. Ha trabajado en varios países como corresponsal extranjero para medios como El Mundo, El País, The Washington Post o La Nación.
Publicado en: PÚBLICO

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