martes, 06 diciembre 2022

Menos violencia, más historias positivas. JORGE DOBNER

Las historias de violencia han cambiado el formato (el continente) donde se reproducen explícitamente, pero no así el contenido. En la medida que estamos presenciando el declive en audiencias de medios como la televisión, que durante tantos años ha mantenido su hegemonía cultural como principal agente socializador, son ahora las nuevas plataformas streaming que están tomando su testigo.

También a lo peor en parte estas plataformas también están adquiriendo los males que tanto se han criticado de la televisión. A menudo los productores de contenido se escudan en que estas plataformas son herramientas de entretenimiento, y no de educación, pero es ineludible que toda representación (positiva o negativa) que en ellas aparece pueden influir en las percepciones del público, y en última instancia afectar las normas sociales y comportamientos.

Al igual que ha ocurrido en los medios masivos tradicionales, las narrativas  violentas están ampliamente presentes en las nuevas plataformas streaming, de esta forma consciente o inconscientemente impregnan el imaginario colectivo e influyen en los valores y actitudes de los ciudadanos.

De acuerdo al análisis de consumidor del servicio de consultoría Kantar’s Entertainment on Demand (EoD) el mercado de streaming de EE.UU  volvió a crecer en el segundo trimestre. La proporción de hogares de EE. UU con servicios de transmisión de video creció al 88 %, lo que significa que ahora hay 113 millones de hogares que acceden a los servicios de platafomas streaming. Estos datos son extrapolables en mayor o menor medida al resto del mundo – aún con diferencias – pues el consumo audiovisual en este tipo de plataformas sigue en aumento mes a mes.

Ya en una encuesta anterior de la firma de inversiones e investigación Piper Sandler constató que Netflix representa el 33% del consumo diario de videos entre los adolescentes, seguido de YouTube, DisneyPlus y Apple TV Plus.

Evidentemente a los adultos se les presupone la libertad, madurez y responsabilidad para el consumo de contenidos de acuerdo a sus preferencias, aun cuando estas sean tóxicas y violentas. Pero todo se complica cuando los niños y adolescentes escapan del control parental y acceden sin filtros a contenidos altamente violentos, gore y excesivos, que no corresponden a su madurez mental.

Estos días conocíamos que las familias de las víctimas de Jeffrey Dahmer criticaban y lamentaban la moda de disfraces de Halloween del asesino en serie. La serie de Netflix sobre la vida del ‘carnicero de Milwaukee’ es la causa de esta fiebre.

Basta imaginar el sufrimiento de las familias cuando bajo un envoltorio ‘chic’ se está banalizando la figura de tal criminal, y los peligros sociales que esta normalización puede conllevar.

Hace décadas ya se realizaron las primeras investigaciones sobre los efectos de ver violencia en la televisión, especialmente entre los niños, y encontraron un efecto insensibilizador y el potencial de agresión.

Tal es el caso de los estudios  del psicólogo Albert Bandura revelaron que los actos agresivos de los niños estaban parcialmente influenciados por lo que observaban.

En general, cuanto más agresivas son las personas o las películas que los niños observan, más agresivos actúan los niños. Aprender observando e imitando a otros, en lugar de hacerlo a través de las propias experiencias personales, se denomina aprendizaje social.

Investigaciones posteriores han demostrado que ver actos violentos en la televisión y en las películas afecta a las personas de otras maneras negativas: (1) disminuye la preocupación de los espectadores por el sufrimiento de las víctimas, (2) disminuye la sensibilidad de los espectadores a los actos violentos y (3) aumenta la probabilidad de que los espectadores emulen los actos agresivos representados en el programa o la película.

Ahora a lo peor sabiendo sus efectos por innumerables investigaciones, se hace caso omiso y vierten estos contenidos violentos a las nuevas plataformas.

Pero esto no hace más que subrayan la necesidad de repensar las narrativas que están proliferando en las plataformas y contar otro tipo de historias constructivas e inspiradoras que pueden alentar a una actitud ejemplarizante –especialmente en las nuevas generaciones -.

Para ello es fundamental seguir denunciando el contenido que puede ser denigrante, y si bien no prohibirlo en garantía de su libre expresión,  sí que las plataformas tomen control sobre el mismo y establezcan filtros reales de acceso sobre el consumidor.

No se puede normalizar que una película de alto grado violento pueda tener el mismo acceso para un niño que una película de dibujos animados o que gocen de la misma visibilidad a simple vista en una plataforma.

Antes los padres tenían el control del mando para discernir el contenido más o menos apto, también los videoclubs solicitaban el carné de identidad para acceder a determinadas cintas de video; pero hoy con el libre acceso a Internet y una simple Tablet los niños no disponen de suficientes elementos disuasorios.

Asimismo aprovechando la ingente audiencia que tienen estas plataformas se puede y debe animar masivamente desde distintos sectores mediáticos, audiovisuales y educativos a que se diferencien de lo habitualmente criticable, y que incorporen un valor añadido positivo tan necesario en estos tiempos. Hay muchas más historias constructivas, personajes inspiradores y héroes anónimos que pueden tener su propia película.

Seguro que si quieren, las nuevas plataformas  tienen algo mejor que ofrecernos.

JORGE DOBNER
Editor
En Positivo

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