martes, 06 diciembre 2022

La libertad de expresión no ampara la falsa acusación y la injuria aunque la víctima te caiga mal. DAVID TRUEBA

Recuperar el juicio.
El desprestigio de medios y de dirigentes ha impulsado las aventuras de nuevos partidos, nuevos canales, nuevas credibilidades.

El fundador del canal InfoWars, Alex Jones, tendrá que pagar 965 millones de dólares como compensación a un grupo de familias que perdieron a sus hijos en el tiroteo en la escuela de primaria Sandy Hook en 2012, y a un agente del FBI que participó en el caso, por negar la tragedia y acusarlos de ponerla en escena. Ese veredicto de un jurado de Connecticut nos obliga a remontarnos al origen de estos canales alternativos que prometen completar lo que los medios tradicionales no ofrecen. La empresa de Jones se llama nada menos que Free Speech Systems, ya que utiliza el derecho a libre expresión como coraza para la mentira. Por supuesto que aunque sean mayoritariamente digitales y de nuevo cuño, estos medios siguen la estela de los panfletos y publicaciones intoxicadores que nacieron el mismo día en que nació el periodismo profesional. En esto no podemos refugiarnos en la ingenuidad. La prensa es desde su origen sospechosa, pues su pretensión de influir en la opinión general no es jamás inocente. Ni tiene que serlo. Era Ambrose Bierce quien contaba esa fantástica fábula de la serpiente venenosa y letal que llegaba a su guarida y anunciaba a sus crías que iba a morir irremisiblemente en pocos segundos porque le había mordido un editor de periódico.

La era de la postverdad tiene sus precedentes. Pero cuando Steve Tesich, el gran guionista, acuñó este término se refería de manera específica a una intoxicación desde el poder. En particular la mentira de que había armas de destrucción masiva en manos del gobierno de Sadam Hussein, lo que justificó la invasión de Irak. A partir de ese momento la credibilidad de las más altas fuentes, tanto diplomáticas como periodísticas, sufrió un varapalo, un antiWatergate, del que aún no se ha recuperado. De esa atroz fabricación de pruebas falsas presentadas con descaro en un foro de la ONU aún no nos hemos recuperado. Y de ese instante renace, con toda su potencia, el impulso de los grandes líderes antipolíticos, que como todo el mundo sabe, son una forma evolucionada de la figura del político tradicional.

El desprestigio de medios y de dirigentes convino en impulsar las aventuras de nuevos partidos, nuevos canales, nuevas credibilidades. Y ahora que han pasado dos décadas ya sabemos que mentir era también el plan para la regeneración.

El reto de un ciudadano adulto en una democracia envuelta para niños consiste en exigir ser tratado como un ser pensante, crítico y escéptico. Si los ciudadanos renuncian a ese privilegio en las democracias, acabarán degradando su sistema como sucede en sucedáneos con voto popular que hoy dominan Rusia, Venezuela, Hungría, Filipinas, Nicaragua, Irán y tantos otros países en peligro de asumir gobiernos absolutistas.

La política de bandos incurre en el error de exigir tratos diferenciados para un mismo delito. Cuando tú permites el insulto, la descalificación y la mentira porque refuerzan tu discurso estás debilitando tu autoridad.

La libertad de expresión no ampara la falsa acusación y la injuria aunque la víctima te caiga mal. El linchamiento y el acoso, incluso esa forma banal del escrache, siempre terminan por volverse en contra de quien los defendió en su día sin comprender la reciprocidad de la infamia.

No puede haber leyes policiales distintas para cuando un desorden lo causa un simpático antisistema o un parlamento lo queman los indignados con causa, porque a los pocos meses una horda de fanáticos de otro signo ideológico tratará de adueñarse de ese privilegio. Los delitos tampoco son esquivables si se pronuncian cantados, por más que lo artístico tenga márgenes de creación que la ley ampara. Reclamar que actúe la fiscalía para analizar si una canción que anhela el regreso a la violencia y la dictadura franquista es un delito de odio, evidencia que la vara de medir las palabras es bueno que rija para todos.

No parece una lección tan difícil de aprender la de que los derechos son también extensibles para quienes no piensan como tú. Y en esa confusión desmadejada, la mentira y el linchamiento en redes han crecido por el impulso de los extremistas de cada bando. Con la piratería dimos un paso hacia atrás en los derechos, pues de pronto el robo estaba permitido siempre que fuera digital. Se amparó un mundo sin ley, paralelo al mundo real. Como si internet fuera un universo donde no regía el Código Penal. No es extraño que poco después alguien dictaminara que la mentira, la falsa información, el informe policial trucado y sin firmar, las escuchas no autorizadas, el rumor malvado, la codicia engañosa y la invasión de la vida privada, ya no eran delitos perseguibles, pues sucedían en una esfera reservada, en esa utopía tecnológica y etérea. Esa chapuza la estamos pagando caro.

Ahora la mentira cotiza igual que la verdad y si antes los medios debían lidiar con demandas y estrictos mecanismos de control, parece razonable que ese rigor funcione también en las nuevas esferas de comunicación surgidas con la renovación tecnológica..

El periodismo, la política y la sociedad civil tienen que asumir toda sentencia que llega para esclarecer los límites de la libertad de expresión, pues solo su acotación refuerza el derecho. La justicia también rige en todos los ámbitos informativos, porque se entiende que la honestidad y el respeto nunca serán la guía del negocio. Por doloroso que a veces parezca, ser libre implica ser responsable. El caso de Alex Jones es un grito en favor de la responsabilidad de quien se hace rico con la mentira más burda y que favorece el clima de guerra civil en el que está sumido su país.

El periodismo, pues ellos se definen como tales, tiene delincuentes en sus filas, pero también cada día son ejecutados y descuartizados informadores que se atreven a investigar donde nadie alcanza. Estamos perdidos si los ciudadanos no distinguen entre ambos extremos profesionales.

Decidir comportarse como adultos rigurosos y solventes garantiza la convivencia. Elegir ser criaturas malcriadas, histéricas y ególatras, que exigen que la verdad sea su verdad aunque sea mentira, nos conduce a otro lugar.

DAVID TRUEBA
Escritor, periodista, director de cine, guionista y actor español.
Publicado en: EL PAÍS

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