viernes, 07 octubre 2022

Nadie ha monopolizado el papel de reina, nadie ha definido ese rol, como ella. JOHN CARLIN

La reina del mundo, 

Treinta segundos después de ver el “flash de noticias” en el sitio web de la BBC que anunciaba la muerte de la Reina de Inglaterra, recibí un mensaje de texto de un amigo nigeriano. «Me siento extrañamente triste», escribió desde Lagos, «y me considero republicano».

Los británicos, la gran mayoría de ellos, se sentirán aún más tristes. Desde los separatistas escoceses hasta los tories más conservadores, pasando por algún que otro radical de izquierda, todos se sentirán un poco -o en algunos casos, muy- huérfanos.

La reina Isabel II fue la madre y luego abuela de la nación durante 70 años. Desde la distancia, producía un efecto mágico en sus súbditos, a quienes transmitía, como por rayos invisibles, una sensación de bienestar emocional y estabilidad familiar que hoy echarán mucho de menos. Y que se valorará más ahora que se ha ido.

A mí, mitad británica y mitad española, me está afectando más de lo que esperaba. La monarquía británica siempre me había parecido una aberración histórica semicómica. A mí ni me va ni me viene, siempre había dicho. Creía mirarla con nada más que una frialdad antropológica, fascinado por cómo, mucho antes de The Crown, se había convertido en la telenovela internacional más longeva de la historia. Y la verdad es que el resto de la familia de la reina -con la posible excepción de la futura reina, Camila- me seguirá pareciendo, creo, personajes rígidos, o sosos, o bufonescos. (Hola, Harry y Meghan). Pero ella ha sido una presencia tan constante desde el día en que nací, tan presente a pesar de que solo estaba en las sombras de mi inconsciente, que su repentina desaparición me deja con un agujero inesperado.

Lo curioso y tremendamente interesante, volviendo al papel más cómodo de observador periodístico, es que creo que esa sensación de pérdida llegará hoy a todos los rincones de la tierra. La reacción de mi amigo nigeriano será compartida no sólo en las antiguas colonias británicas, de las cuales casi todas Isabel II también era reina cuando subió al trono en 1952, sino también en Argentina, en Japón, en Bangladesh, quizás en Rusia y seguramente en España, como en el resto de Europa.

Nadie ha monopolizado el papel de reina,
nadie ha definido ese rol, como ella

Una amiga española me decía esta tarde, ella no era monárquica para nada, que la reina de Inglaterra era la reina del mundo. Una exageración a primera vista, pero me puse a pensar y vi que había algo de verdad en ello. Nadie ha acaparado el papel de reina, nadie ha definido su papel, como ella. Parte de ello tiene que ver con su longevidad como jefa de Estado, sin igual ni hoy ni nunca. Pero también porque tuvo la sabiduría de callar, de no revelar su opinión sobre política, música, cine, fútbol o cualquier otra cosa. Mantuvo la mística de la monarquía y dejó que cualquiera proyectara la imagen que quisiera de ella. Hasta tal punto que cuando se celebró el referéndum de independencia de Escocia en 2014, casi lo único en lo que coincidieron todos los escoceses fue en que, pasara lo que pasara, querían que Isabel II siguiera siendo su reina.

¿Y si fuera laborista o conservadora? Ni idea. ¿Y si apoyaba el Brexit o no? ella no sabía ¿Y si le gustaban los Beatles o Elton John o (menos probable) los Rolling Stones? No se sabe. ¿Y si fuera ella del Tottenham o del Manchester United? O. ¿Cuál era su opinión sobre Donald Trump, Vladimir Putin, Margaret Thatcher o Ronald Reagan? Nunca sabremos. Ella estaba por encima de todo eso, o era la impresión que daba.

En esta época reciente, hacia el final de su reinado, cuando parece que todos, desde los más famosos hasta los más desconocidos, se desviven por llamar la atención en las redes sociales, o donde sea, ella siempre está callada. Y a pesar de eso, quizás por eso, ella era con mucho la famosa, la celebridad, la número uno del mundo. Yo suelo explicarlo así: si Beyoncé o Michael Jordan o Brad Pitt la hubieran invitado a cenar a su casa, ella habría respondido cortésmente que gracias, pero no gracias. Si hubiera invitado a cenar a su palacio a Beyoncé, Michael Jordan o Brad Pitt, habrían tomado el primer avión.

La reina no tenía poder político, pero tenía una gran influencia en el corazón y la mente de millones y millones de personas de todos los continentes y todos los colores.

Conocí bien a Nelson Mandela. Él la adoraba. Ella era su reina. Recuerdo que un mes después del momento histórico en el que Mandela asumió la presidencia de su país, hubo una ceremonia en la embajada británica en Pretoria para celebrar el cumpleaños de Isabel II. Mandela estuvo entre los invitados, pero nadie pensó que tendría tiempo para asistir. Él vino. Escuché al embajador decirle que estaba sorprendido de que ella se hubiera molestado. Mandela lo miró asombrado. «¿Qué? ¿No vienes a celebrar el cumpleaños de la reina? ¡Por favor! ¿Qué me está diciendo?»

No tenía ningún poder político pero tenía una gran influencia en los corazones y las mentes de millones de personas.

Al final, quizás el recuerdo más duradero de la Reina de Inglaterra es algo que mi amigo nigeriano señaló en un segundo mensaje de texto. “Ante el mundanal ruido, lo que destaco es su dignidad”. Correcto. Ella nunca se quejaba; ella nunca se quejó. Una monarca, si quiere que la tomen en serio, debe ser una persona digna, exquisitamente digna. Isabel II lo fue.

JOHN CARLIN
Publicado en: TITULARES.AR

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