viernes, 07 octubre 2022

El compromiso con la no-violencia debería ser consecuente también con los animales. MIQUEL RAMOS

Festejos taurinos y fumar crack.

Siete muertos y cerca de 300 personas heridas este verano en varios festejos taurinos. Ni con estos datos, los representantes del gobierno valenciano hicieron algo más que prometer más control y pedir a los asistentes que no se hagan selfies corriendo delante del toro y que no se metan borrachos ni con tacones ni zapatos de charol. Siete muertos evitables, porque ponerse delante de un toro, igual que fumar crack, son actividades de riesgo, por mucho que algunos digan que lo hacen ejerciendo su libertad individual, y que ellos son responsables, que controlan. Y que es parte de su tradición.

Llevamos toda la vida viendo imágenes de toros corriendo despavoridos perseguidos por mozos sobreexcitados, algunos con bolas de fuego en los cuernos y con el rostro quemado. Otros cayendo al mar, atados con cuerdas o siendo atravesados con objetos punzantes ante los aplausos y los vítores del populacho. Vídeos en los que se escuchan a menudo los gritos de terror del animal, impotente ante la turba de sádicos que lo someten y lo torturan para divertirse.

No quiero insistir en el eterno debate de la diversión que le provoca a algunas personas ver sufrir a un animal (por mucho que lo adornen con lentejuelas y lo llamen arte), sino en la hipocresía política de quienes nos gobiernan y lo siguen permitiendo. Más todavía cuando los muertos y heridos son también seres humanos.

Esta semana, la localidad valenciana de Tavernes de la Valldigna tuvo el coraje de suprimir este tipo de festejos, algo que no se explica que no hayan hecho al menos el resto de los municipios gobernados por quienes enarbolan la bandera del ecologismo, o de aquellos partidos que promueven leyes de bienestar animal para el conjunto del Estado. Ni siquiera eso.

Tan solo el compromiso con la no-violencia debería ser consecuente también con los animales, ya que no existe razón alguna, más allá de las excusas de la tradición y del negocio, para mantener la tortura y el maltrato como espectáculo. Siempre me he preguntado qué efectos tiene en la mente de las personas normalizar la tortura como espectáculo.

Una de las habituales excusas de quienes confiesan abiertamente su aversión a estos espectáculos mientras no los prohíben cuando gobiernan es que, poco a poco, la tradición se irá perdiendo. Y que son seguras, claro, a pesar de las muertes y los heridos que cada año salpican estos festejos. La realidad es otra, pues saben que, en pueblos donde estas prácticas siguen siendo consideradas una seña de identidad, les costaría un puñado de votos. Pero ni siquiera con una normativa sobre el maltrato animal, sea estatal o autonómica, se evitan estas salvajadas. Lo vamos a ver de nuevo con Tordesillas, donde varios individuos a caballo lanceaban a un toro hasta la muerte. Tuvo que ser un decreto-ley de la Junta de Castilla y León el que prohibiese esta práctica, cuyas imágenes cada año daban la vuelta al mundo y sonrojaban a la gran mayoría del país, ajeno y contrario a estos linchamientos. A pesar de esto, el ayuntamiento ha logrado encontrar un resquicio legal que permitirá volver a apuñalar al toro durante la celebración de los festejos, desde 2016 supuestamente adaptados a la normativa que prohibía lancearlo y matarlo.

Sin embargo, la avalancha de argumentos habituales para el mantenimiento y la subvención de estas atrocidades siguen sirviendo de excusa para muchos de los gobernantes cobardes que prefieren aguantar el chaparrón los años que les quedan en el consistorio antes que jugarse perder las elecciones por ser coherentes con lo que predican. La tradición, el negocio, la ‘cultura popular’, la libertad para participar o no, y todo lo que ustedes quieran. El mantra.

Es cuestión de voluntad política, ni más, ni menos. Ni siquiera de educación a largo plazo, ni de medidas de seguridad, ni de confianza en que el público vaya a menos. Si existe un consenso básico que nos dice que matar o torturar a un animal a cuchilladas o a palos no solo no puede ser nunca divertido, sino que es peligroso, no sé qué demonios hacemos manteniendo este tipo de festejos. No puede haber excepciones para el toro. Y si se esgrime el argumento de las familias que viven de ello, pónganse manos a la obra para reconvertir dicho negocio cualquier otra labor, como tuvieron que hacer millones de trabajadores con las consecutivas reconversiones industriales o los cambios que generan las propias dinámicas de la economía. Poner como parapeto el sustento de las familias que viven de este negocio para esquivar las críticas es el as en la manga. Jugar con esto siempre es feo, pero bajo ese argumento, todo negocio podría considerarse razonable si de él viven varias familias.

El crack, la heroína y el resto de drogas ilegales también darían puestos de trabajo a quienes la comercializaran. Imaginad la cantidad de puestos de trabajo que se crearían si legalizáramos el crack y si subvencionáramos el cultivo de amapolas y la producción industrial de heroína.

No se puede jugar con el pan de las familias, así que puede sonar muy naif usar argumentos morales cuando está en juego el sustento de tantas personas. Esta demagogia barata se puede usar al gusto para defender cualquier barbaridad, ya sean los toros, las drogas duras o el envío de armas a países que masacran civiles.

No es fácil navegar en estas contradicciones cuando se pone el pan encima de la mesa como argumento irrebatible, pero no pueden servir siempre como excusa para justificar cualquier cosa que dé de comer.

MIQUEL RAMOS
Periodista y músico español. Fue teclista y vocalista del grupo Obrint Pas.1​ Es analista e investigador de movimientos sociales, discursos de odio y extrema derecha.
Publicado en: PÚBLICO

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