viernes, 19 agosto 2022
tribu ideologica

El mal de la tribu ideológica. JORGE DOBNER

Parecía que la modernidad nos iba a traer más libertad, tolerancia, respeto y empatía hacía el diferente – porque por quien es igual no tiene mérito – pero lo cierto es que de unos años a esta parte parece que hay una censura y autocensura latente, menos libertad de expresión, extensión de la cultura de la cancelación, más odio y menos tolerancia.

En la medida que creíamos haber creado una sociedad cada vez más heterogénea, abierta y global, nos hemos encerrado en nosotros mismos; en lo conocido, en la individualidad y en las características propias de nuestra tribu.

Sin embargo la necesidad de individuación, también obstaculiza el camino del avance intelectual, no deja espacio para la manifestación, de diversidad e intercambio.

En los procesos de apertura democrática de las sociedades se ha vivido un clima idóneo de convivencia, respeto y conocimiento entre diferentes que crean sociedades más ricas y sofisticadas, pero también complejas en su gestión. Suponen un reto difícil si bien maravilloso por todo lo bueno que aporta en valores a estas sociedades.

Hay múltiples ejemplos de estas sociedades en diferentes niveles. Es el caso del multiculturalismo de los EE.UU, hogar de una amplia variedad de grupos étnicos, tradiciones y valores.

Siria, un estado de cultura milenaria que se define como aconfesional y se  compone de una amplia gama de religiones entre su población.

El caso de la transición española, del paso de una dictadura a una democracia que se ha puesto de ejemplo a nivel internacional de convivencia y respeto entre muy diferentes ideologías. Cuando se podía ver camaradería entre comunistas, socialistas, centristas, liberales y de derechas.

No obstante observamos cómo estos procesos de aperturismo y armonía luego pasan por fases de retracción motivados por una creciente polaridad política e infundir el miedo al diferente.

Tal competencia entre grupos en el mercado de ideas es un sello distintivo de una democracia sana. Pero más recientemente, los investigadores han identificado un segundo tipo de polarización, que se centra menos en el triunfo de las ideas que en dominar a los aborrecibles partidarios del partido contrario, y por ende aborrecer a los potenciales votantes de determinado partido.

Esto ha producido una proliferación de ideas y construcciones, pero pocos esfuerzos interdisciplinarios para integrarlos.

El mal de la tribu ideológica nos hace más pequeños en todos los sentidos. Casi sin darnos cuenta nos vuelve sectarios, cautivos de unas ideas, individualistas e intolerantes al punto de no compartir espacio con quien piensa diferente, viste, siente, es diferente a lo que somos.

Vemos los peligros de estos procesos al punto de deshumanizar al que no pertenece a nuestro tribu tal y como hemos visto desgraciadamente a lo largo de la historia.

Pero la prueba definitiva viene de Estados Unidos, pionero tanto del individualismo como de la polarización de nuestro tiempo, y es algo tan anecdótico como revelador: las aplicaciones de citas online piden ahora tu ideología política.

Es un amenazador cambio de paradigma cuando se creía que para emparejarse naturalmente tenía que ver la química, la atracción, el compartir gustos y aficiones.

Este nivel de sectarismo nos hace desechar potenciales parejas por prejuicios y sin conocerlas. También puede volver enemigos a aquellos amigos de distintas ideológicas que antes departían amablemente, y ahora se desprecian.

Cognitivamente esto responde al sesgo de confirmación cuando se tiende a favorecer, buscar, interpretar y recordar la información que confirma las propias creencias o hipótesis, dando desproporcionadamente menos consideración a posibles alternativas. Se trata de un tipo de sesgo cognitivo y un error sistemático del razonamiento inductivo.

En última instancia hace sociedades en las que literalmente no se puede convivir porque unos y otros no se soportan, están infectadas de odios absurdos y hacen mermar su calidad democrática.

Todos tenemos una responsabilidad mayor o menor desde nuestro entorno para dar ejemplo en el respeto a todos sin distinciones, mostrar empatía y dar buen trato a nuestros conciudadanos.

Pero más si cabe aquellos representantes públicos que tienen un impacto mediático, y que unos y otros están más pendientes de tirarse los trastos a la cabeza, en vez de dialogar y resolver los problemas de la ciudadanía.

Los talantes respetuosos,  amables y cívicos son los que pueden aportar una tranquilidad tan necesaria en sociedades agotadas de tantos sobresaltos.  Al fin y al cabo muchos de los problemas son compartidos.

No hay que olvidar que respetar al otro es respetarse a uno mismo.

JORGE DOBNER
Editor 
En Positivo

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