viernes, 19 agosto 2022

La regulación del capitalismo es la única vía para hacerlo compatible con la democracia. ANDREU MISSÉ

Ni arrimar el hombro.
La pérdida de reputación de las grandes corporaciones por su actuación en contra de la sociedad tiene un límite.

Existe un consenso en que esta tercera crisis provocada por el disparo de la inflación, que empezó a mediados del año pasado y se agravó por la guerra de Putin está aumentando las desigualdades. En el plano global, la inseguridad alimentaria afecta a más de 300 millones de personas, de las que 750.000 podrían morir de hambre este verano, según Naciones Unidas. Al mismo tiempo, crece la concentración de la riqueza certificada por numerosos indicadores.

En 2021, las 20 mayores fortunas del mundo aumentaron su riqueza en 440.000 millones de euros, un 30% más. Ahora, los medios de comunicación nos informan de la borrachera de ganancias de petroleras, eléctricas y entidades financieras.

En el ámbito nacional, los últimos datos —referentes a 2021— indican que la población en riesgo de pobreza y exclusión social alcanzó a 13,1 millones de personas, un 27,8% de la población, según la Encuesta de Condiciones de Vida del INE. Es relevante, no obstante, que las medidas implementadas por el Gobierno han reducido notablemente el aumento de desfavorecidos desde un millón que se había previsto a 345.667, según el Observatorio de Pobreza y Exclusión Social.

A pesar de sus límites, la acción de los Gobiernos es determinante. Los impuestos especiales a las energéticas y bancos para garantizar las medidas de protección a las clases medias y a los más desfavorecidos son decisivas para bonificar los carburantes, la electricidad y asegurar las ayudas directas a los más vulnerables. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, lo ha sintetizado con la petición de “arrimar el hombro” a los más privilegiados.

Es inaceptable el rechazo que ha merecido su petición por parte de las empresas afectadas, que precisamente figuran entre las corporaciones que pagan menos impuestos. Una muestra más de su desinterés total sobre la realidad social del país. Bancos y energéticas podrían haber aceptado las necesidades y propuesto una respuesta que incluyera a más sectores beneficiarios de la coyuntura y de escasa contribución fiscal como los gigantes tecnológicos o las comercializadoras de petróleo, metales y cereales.

Existen importantes lagunas sobre la concentración de riqueza. Un valioso libro de investigación, El mundo está en venta. La cara oculta del negocio de las materias primas (Península), de Javier Blas y Jack Farchy, da muchas claves para comprender el desarrollo de las mayores corporaciones del comercio. El trabajo de estos dos periodistas, con una larga experiencia en el Financial Times y en Bloomberg, documenta cómo funciona el mundo moderno “en el que las empresas internacionales pueden permitirse ignorar casi cualquier intento de regulación y en el que los titanes de las finanzas globales tienen más poder que algunos políticos electos”. Se trata de empresas como Glencore, Trafigura, Vitol y Cargill, que dominan el comercio de petróleo, metales y cereales, sobre el que sabemos muy poco.

La regulación del capitalismo es la única vía para hacerlo compatible con la democracia. La pérdida de reputación de las grandes corporaciones por su actuación en contra de la sociedad tiene un límite. Hace poco vivimos un estallido por los abusos bancarios. Veremos cuál será el próximo.

ANDREU MISSÉ
Publicado en: EL PAÍS

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