viernes, 19 agosto 2022

Enrique Piñeyro, un Robin Hood moderno que defiende la tesis de que debería de estar prohibido acumular tanto dinero

El Boeing más solidario del mundo trae al Barça a casa.

En el asiento que Joan Laporta ocupará mañana en el vuelo chárter Nueva York-Barcelona que le devolverá a casa, junto al resto de expedicionarios culés que dará por concluida la gira por Estados Unidos, estuvo sentado, hace pocos meses, alguno de los refugiados somalís rescatados en Niger.

En el asiento que ocupará Xavi Hernández en el majestuoso Boeing 787 capitaneando su renovada y aún inacabada plantilla con vistas a la nueva temporada se sentó, hace pocas semanas, uno de los muchos ucranianos recogidos por ese mismo avión en Varsovia y trasladados a Madrid.

En el asiento en el que, seguro, se sentará el gran goleador Robert Lewandowski viajó, el pasado miércoles, una de las varias decenas de mujeres afganas rescatadas de la barbarie que se vive en su país y trasladadas hasta Roma, junto a 217 personas más de ese país aterrorizado por los talibanes.



La generosidad de Piñeyro

Y es que la exitosa expedición barcelonista, que esta tarde-noche concluye su periplo por el país de las barras y estrellas en NY volverá a casa en el Boeing 787 de la oenegé Solidaire del millonario argentino Enrique Piñeyro, convertido desde que estalló la pandemia en el avión más solidario del mundo. El Barça ha alquilado este majestuoso 787 para regresar a casa y el pago de este costoso viaje servirá para financiar una parte, pequeña, cierta, de los muchos proyectos humanitarios en los que trabaja el desprendido Piñeyro, hincha de Boca Júniors.

El 787 que ya se encuentra en NY y recogerá mañana a la expedición culé está decorado en su inmenso morro por la imagen histórica de la vietnamita Kim Phúc, de 59 años, ‘la niña del Napalm’, a la que Piñeyro pidió autorización para convertirla en símbolo de uno de sus dos aviones solidarios, pues este filántropo, cineasta, defensor de causas perdidas, que suele ganar, y amigo de Óscar Camps, al que le acaba de ceder (regalar) un nuevo Open Arms Uno, construido en Noruega, de 66 metros de eslora, 26 camas y capacidad para 300 personas, también posee un 737, ahora en revisión.

Cuentan que fue la amistad que mantienen desde hace años Piñeyro y Camps lo que contribuyó a que el magnate argentino tomase la decisión de cambiar, por completo, el rumbo de su vida y se dedicase a poner su dinero, los beneficios de sus inversiones, sus ideas y las de su gente “al servicio de…” Y al “servicio de…” significa al servicio de los más necesitados, especialmente atendiendo las crisis humanitarias, ayudando a los refugiados y, en el fondo, convirtiéndose en la mejor ayuda, a nivel de despliegue aéreo, de Open Arms.

Es más, la primera idea de Piñeyro, que pilota su propio 787 donde el rigor a la hora de confeccionar los planes de vuelo, tripulación, estado del avión, es sumamente exquisito pues, según cuenta, ha vivido y sufrido como algunas compañías aéreas no cumplen con las debidas medidas de seguridad, que él mismo denunció en su momento, fue ofrecer ayuda aérea a Camps para detectar, desde el aire, las posibles movilizaciones de emigrantes, la presencia de pateras en el Mediterráneo, fórmula que fue descartada pasando, inmediatamente, a idear la compra de los dos Boeing que posee Solidaire para abrir corredores humanitarios aéreos de todo tipo.

Aviones que, como en el caso actual del Barça, cuando no son utilizamos en alguna de las operaciones humanitarias (han llevado material sanitario a todos los rincones del mundo en tiempo de pandemia, alimentos, rescatados refugiados o represaliados políticos…) pueden ser alquilados como chárter para multitud de servicios, varios de ellos, sí, vinculados al fútbol, pues ya llevaron al Bayern de Munich hacia EEUU hace poco o, a mitad de temporada, recogieron a todos los futbolistas brasileños («eso fue una traición», señala Piñeyro, entre risas) que juegan en Europa para trasladarlos a Brasil.

Es evidente que los vuelos y servicios de Soldaire son deficitarios y es evidente que el equipo que lidera Piñeyro intenta cuadrar sus números de múltiples maneras, no solo con la fórmula de convertir sus aviones en chárters sino, también, por supuesto, echando mano de los beneficios que producen las inversiones que el propio magnate argentino ha realizado a lo largo de los últimos años.

«Yo no dono, prefiero involucrarme en los proyectos, explica Piñeyro a EL PERIÓDICO desde su escala en Madrid. Los proyectos no son solo sus aviones humanitarios, también está su productora cinematográfica que trata, con películas, documentales y series denunciar todo lo denunciable que se produce en el mundo. También está su equipo de abogados agrupados en otra ONG, Innocence Project, que ya ha librado de la cárcel y hasta de la muerte a presos inocentes en distintos países.

El nieto de un rico
Comportarse así no le parece a Piñeyro nada especial, ni gesto de héroe alguno aunque, en alguna ocasión, se haya hasta disfrazado de ‘Batman’ para escenificar ese espíritu de ayuda desinteresada hacia el necesitado. «Lo que hago, en lo que ayudo, los que me ayudan, consideramos que esto es lo más normal del mundo. Es pura empatía. La humanidad es algo a lo que pertenecemos todos y que está angustiado, está angustiado y algo debemos hacer para tratar de ayudarle o, al menos, intentarlo».

 

Es evidente que la pregunta que debe hacerse en estos momentos todo el mundo es pero ¿de dónde saca tanto dinero este hombre como para poder desprenderse de él y/o utilizarlo de forma tan desinteresada y humanitaria? La respuesta la suele dar, sin demasiados tapujos ni rumor, el propio Enrique Piñeyro: «Elegí bien a mi abuelo». ¿Quién era su abuelo materno?, Enrique Rocca, hermano y socio de Agostino Rocca, el fundador de Techint. ¿Qué es Techint?, pues, nada más y nada menos, que una de las compañías más importantes del mundo en diseñar, construir y poner en marcha obras de gran envergadura, brindando servicios globales para segmentos como oil&gas, energía, minería, petróleo, plantas petroquímicas e industriales, más obras civiles de infraestructuras. En definitiva, se trata de la tercera familia más rica de Argentina, según el ranking de la revista ‘Forbes’ 2021.

A Piñeyro no le gusta el acumular dinero por acumular dinero. Es más, defiende la tesis de que debería de estar prohibido acumular tanto dinero o, al menos, ciertas cantidades escandalosas de dinero. «Me gusta el modelo de sociedad de los países nórdicos. Tienen un sistema productivo capitalista, pero un sistema fiscal totalmente socialista. Me gusta eso, me gusta». Pero este filántropo argentino vive atrapado en la contradicción, aunque parece muy capaz de sortearla siempre que consiga fondos para sus causas.

«Simpatizo con la izquierda, pero estoy en una posición contradictoria porque he entendido a la perfección cómo funciona el sistema capitalista y he aprendido a gestionarlo para que me rinda los beneficios que preciso para mis proyectos». Así que a Piñeyro no le interesaba seguir perteneciendo a una de las familias más ricas de Argentina y vendió todas sus participaciones en las empresas de los Rocca y, a partir de ahí, empezó a crear sus propias inversiones y ganar dinero para reparar injusticias.

El dinero no lo da todo

A Enrique Piñeyro le encanta ser reconocido como un Robin Hood moderno, porque aprendió a sacarle el dinero al sistema capitalista, a buena parte de los ricos y/o las compañías ricas y a distribuirlo, poco, sí, pues si tuviese más, más haría, a los que lo necesitan. Cuando le dices, mientras conversas con él antes de pilotar su 787 hacia NY, que otros enseñan sus yates y él muestra su Boeing lleno de mujeres afganas rescatadas, te suelta «no, no, perdone, yo también muestro mi yate, es el Open Arms Uno, ese es mi yate».

Piñeyro, que supo que sería piloto de aviones a los tres años, solo siente un placer superior a conducir su 787 «sin duda, el avión invencible, el avión que toma aire fresco, que jamás te cansas de pilotar, ni te provoca temor alguno» y es comprobar que «al ser la vida tan generoso conmigo, me puedo permitir el lujo de repartir todos mis beneficios en hacer que otras gentes mejoren, que otros pueblos obtengan pequeños beneficios y, sobre todo, que mezclarme con ellos me permita conocerlos mejor, conocer sus países, sus sociedades, lo que, posiblemente, me permitirá crecer como persona».

El creador de Solidaire, que para él «es una especie de ‘doctor Jekyll y Mr. Hyde’, pues durante el día transportamos al Barça, eso sí, sin Leo Messi, una pena, y por la noche contribuimos a todo tipo de ayuda humanitaria y demás», reconoce que «el dinero solo compra tiempo, pero no te compra el respeto de tus hijos y, ni siquiera, el amor de tu familia. Tú puedes comprarte una isla, pero a las tres semanas te preguntas qué haces y, a las seis semanas, te vuelves loco. No, no, no quiero esa vida».

Emilio Pérez de Rozas
Publicado en: EL PERIÓDICO

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