jueves, 30 junio 2022

No quieren hablar de Ucrania ni de Putin ni de Rusia. MÁRIAM MARTÍNEZ-BASCUÑÁN

La izquierda y el fetiche de la paz.
No quieren hablar de Ucrania ni de Putin ni de Rusia, no vaya a ser que la realidad les obligue a dudar y a revisar sus impolutos ideales.

¿Cómo es posible desentenderse tan alegremente de asuntos tan ineludibles como la paz o la guerra, la dictadura o la democracia, y hacerlo además en el contexto de una guerra europea? La reflexión no es mía sino del filósofo marxista Étienne Balibar, y pone el acento en un debate que escondemos una y otra vez bajo la alfombra del discurso identitario y el pacifismo de los buenos deseos. Es la pregunta sobre el espacio ético de la izquierda, una vez que ha abandonado las tres patas que legitimaban su propuesta política. Progreso, internacionalismo y defensa de los más débiles: tal era nuestra tríada santa, descafeinada y desacralizada con el paso de las décadas y que hoy, con la invasión de Ucrania, enseña sus costuras a las claras.

Me lo pregunto al recibir en mi móvil el cartel de una convocatoria que parece sacada de otra época: “No a la OTAN. No a las guerras por la paz”. Lo acompaña la fecha de la concentración, prevista para un domingo próximo a la celebración de la cumbre atlántica, que tendrá lugar en Madrid. Pero el mensaje, de aparente claridad, es en realidad extrañamente abstracto. ¿Las guerras por la paz? ¿Cualquier guerra? ¿Cualquier paz? ¿O es que acaso no hay hoy una guerra en nuestro continente? Piensen en todo lo que no dice ese eslogan, en todo lo que silencia de forma deliberada: ¿dónde está Vladímir Putin? ¿Dónde Ucrania? Ausentes, claro. El problema es la OTAN y querer parar una cruenta invasión con una respuesta militar. La paz como fetiche discursivo: un símbolo vacío.

Es extraña esta izquierda tan anclada en los patrones ideológicos de los años ochenta y que, tal vez por eso, cada vez representa a menos gente.

Hay en ella un descorazonador negacionismo que la emparenta demasiado a menudo, y demasiado íntimamente, con la extrema derecha. ¿Cómo entender si no la búsqueda intrincada de argumentos para defender un supuesto derecho de Rusia a tutelar su “esfera de influencia”? ¿Cómo digerir que el pacifismo incluya justificar la guerra con ese cínico “Algo habrán hecho” que les escandalizaría en una violación? Porque defender la paz no puede significar ceder al matonismo de Putin. Aunque lo peor de tamaña desubicación ideológica ni siquiera es su abierta liviandad, que el estatus impoluto de ese pacifismo nuestro, a costa de la vida de otros, impida formular crítica alguna, o que esa izquierda que se reivindica como “auténtica” no intente siquiera buscar aliados en una oposición rusa que se atreve a salir con un cartel contra la guerra de Putin en un telediario ruso.

Lo peor es el silencio de quienes tantas veces nos martillean con su imparable elocuencia ante las injusticias, pero que hoy, cuando las bombas caen en un país amigo, no quieren hablar de Ucrania ni de Putin ni de Rusia, no vaya a ser que la realidad les obligue a dudar y a revisar sus impolutos ideales.

MÁRIAM MARTÍNEZ-BASCUÑÁN
Publicado en: EL PAÍS

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