miércoles, 07 diciembre 2022

La acumulación de riqueza y las grandes desigualdades son una amenaza para la libertad de la mayoría. JULEN BOLLAIN

Derribando los mitos del neoliberalismo.
La teoría geocéntrica prevaleció durante siglos como dogma, asentado como principio innegable, debido a la repetición y la recreación de la misma por parte del clero y la represión de la evidencia científica que mostraba la nulidad de pilares fundamentales para su sustentación. De la misma manera, desde finales de los años setenta y, sobre todo, desde la llegada de Reagan a la presidencia de los Estados Unidos y el nombramiento de Thatcher como primera ministra del Reino Unido, el neoliberalismo se establece como el nuevo dogma indiscutible en la economía mundial. Libre comercio, Estado mínimo, privatizaciones, reducción del gasto público, desregulación financiera y, ante todo, reducción de impuestos a los ricos con el fin de dar rienda suelta a la famosa teoría del goteo –trickle-down economics–. Unas políticas económicas que, además, fueron ampliamente impuestas a través de técnicas de psicología social, amparadas en desastres y contingencias que han conseguido legitimarlas. La doctrina del shock es, indudablemente, gran parte de la contrahistoria del neoliberalismo.

Sin embargo, dicha contrahistoria va más allá del capitalismo de los desastres. Y es que los mitos del neoliberalismo van cayendo como una torre de naipes cuanta más evidencia empírica conocemos.

Los nuevos datos sobre meritocracia, impuestos o riqueza permiten derribar a marchas forzadas los pilares conceptuales que han sustentado el dogma neoliberal por más de cuatro décadas.

En este artículo trataré de explicar brevemente por qué las bajadas de impuestos patrocinadas por la teoría del goteo no han derramado más que desigualdad y concentración de la riqueza en pocas manos. Como ejemplo, Reino Unido y Estados Unidos.

En el Reino Unido, desde la década de los cuarenta hasta el primer mandato de Thatcher como primera ministra a finales de los setenta, se mantuvo una tasa marginal máxima sobre la renta de las personas en niveles superiores al 90%. Para ser más exactos, la modificación de 1979 redujo la tasa marginal máxima del 98% que estaba establecido hasta entonces sobre las rentas de las personas –83% para las rentas de trabajo más un 15% adicional a las grandes rentas de capital– hasta el 60%. Posteriormente, unos meses después de que Thatcher revalidara su cargo tras las elecciones generales de 1983, se eliminó el 15% aplicable a las grandes rentas de capital y, ya en 1988, la tasa marginal máxima sería reducida hasta el 40%. Es decir, en apenas una década, la tasa marginal máxima sobre la renta de las personas se redujo del 98% al 40%.

Si bien desde 1945 hasta 1970 se aprecia una gran reducción en la participación del 1% más rico de la población sobre la renta bruta nacional y una clara mejora de los índices de desigualdad en el Reino Unido, esta tendencia se invierte a partir de 1979. Será ya en el año 2000 cuando la participación del 1% en la renta nacional supera por primera vez a la de 1945 y el aumento de la desigualdad después de impuestos es aún más marcado que entonces.

La evolución en Estados Unidos es similar. En 1936 la tasa marginal máxima del impuesto sobre la renta se elevaba hasta el 79% y, ya en 1940, hasta el 81%. No obstante, Roosevelt quería ir más allá y gravar al 100% los ingresos netos superiores a 25.000 dólares al año –equivalentes a aproximadamente 420.000 dólares actuales–. Si bien no consiguió su propósito inicial de establecer una renta máxima, sí se implantó una tasa marginal del 94% para rentas por encima de los 200.000 dólares –unos 3.350.000 dólares actuales–. Estas tasas marginales máximas se mantuvieron durante décadas, alcanzando un promedio del 81% desde 1944 hasta 1981 y excediendo, entre 1951 y 1963, el 90%. Como consecuencia, los estadounidenses más ricos pagaban entonces muchos más impuestos de los que pagan actualmente y, sin embargo, la clase trabajadora, la clase media y la clase media-alta pagan hoy en día más impuestos –en proporción– que los que pagaban durante el transcurso de esas décadas.

Roosevelt quería ir más allá y gravar al 100% los ingresos netos superiores a 25.000 dólares al año –unos 420.000 dólares actuales–

Entre 1946 y 1980 se vivió en Estados Unidos un crecimiento alto y equitativo. Un crecimiento compartido, donde la renta nacional media estadounidense se incrementaba un 2% por persona adulta. Una de las tasas de crecimiento más altas registradas a lo largo de una generación completa. Solamente el 1% de las rentas más altas no crecían al 2%, sino que lo hacían más despacio que la economía en general. Sin embargo, la tendencia cambia a raíz de la llegada de Ronald Reagan a la presidencia de los Estados Unidos en 1981. El proceso se daría en dos pasos. En primer lugar, con la aprobación en 1981 de la Economic Recovery Tax Act que reduciría el tipo marginal máximo del 70% al 50% y, en segundo lugar, con la aprobación en 1986 de la Tax Reform Act, que reduciría el 50% anterior hasta el 28%. Es en este año, en 1986, cuando se ilustra la muerte definitiva de la fiscalidad progresiva.

Tras dichas reformas, la renta nacional por adulto crece un 1,4% desde 1980 y tan solo un 0,8% anual desde comienzos del siglo XXI. Pero, lo que es aún más importante, la mayoría de los grupos sociales ni siquiera se han acercado a la tasa de crecimiento promedio del 1,4%. Solamente el 10% más rico tiene un crecimiento mínimo del 1,4%. Así, desde 1980 los ingresos del 0,1% de los estadounidenses más ricos han crecido un 320%, los del 0,01% un 430% y, los del 0,001% –es decir, los 2.300 estadounidenses más ricos– más del 600%. Al contrario, como bien afirman los economistas Emmanuel Saez y Gabriel Zucman, durante esas mismas cuatro décadas la clase trabajadora –la mitad de la población– ha tenido, en promedio, un crecimiento anual del 0,1%.

Además, y por si estos datos fueran poco relevantes, un estudio realizado por investigadores de la London School of Economics y el King’s College de Londres con datos de las últimas cinco décadas provenientes de 18 países de la OCDE y publicado en 2020, evidencia que las reducciones de impuestos a los ricos han aumentado sus ingresos, pero no han tenido efectos en mejorar el crecimiento o la empleabilidad.

En palabras del Dr. Hope, profesor de Economía Política, el “estudio muestra que los argumentos económicos para mantener bajos los impuestos a los ricos son débiles. Las grandes reducciones de impuestos para los ricos desde la década de los ochenta han aumentado la desigualdad de ingresos, con todos los problemas que ello conlleva, sin que se hayan compensado los resultados económicos”.

Pero, ¿cuál es el tipo óptimo que maximizaría la recaudación y en el que se debería gravar a los más ricos en el impuesto sobre la renta? Si seguimos los cálculos de Saez y Zucman, basados en numerosos estudios empíricos que se han llevado a cabo durante los últimos 20 años, la tasa impositiva marginal máxima que recaude los máximos ingresos posibles del 1% más rico de la población ronda el 75%.

Vivimos en un mundo en el que el 10% más rico de la población mundial posee el 76% de la riqueza. El 50% más pobre, por su parte, tan solo el 2%.

La situación española no dista mucho de la realidad mundial: el 1% más rico concentra el 24,4% del total de la riqueza y el 10% más rico tiene más riqueza –el 55%– que el resto de la población. Asimismo, el 50% más pobre se tiene que repartir 7 de cada 100 euros –7%–. Y te hablarán de meritocracia porque, como todos sabemos, ese 1% más rico se ha esforzado mucho más que el resto. Un modelo meritocrático que permite que quienes dan forma a las reglas económicas, sociales y políticas que estructuran la totalidad del sistema –y que han sido las grandes beneficiadas– legitimen estas enormes desigualdades. Una ideología que ha asentado las bases para la creación de un discurso de odio, juicio y rechazo al pobre. Una falsa meritocracia que permite estigmatizar y culpabilizar a las personas en situación de pobreza. Porque claro, si eres rico es porque te has esforzado mucho, pero si eres pobre es porque no lo has hecho lo suficiente.

Sin embargo, este pernicioso discurso meritocrático no se sustenta en la realidad. El 66% de la desigual distribución de la riqueza en España proviene de las herencias y 74 de las 100 personas más ricas de España, según la revista Forbes, lo son por haber heredado. Si además tenemos en cuenta que ocho de cada diez niños que nacen pobres morirán pobres, queda bastante claro que tanto la riqueza como la pobreza son hereditarias.

74 de las 100 personas más ricas de España, según la revista Forbes, lo son por haber heredado

Finalmente, me gustaría dedicar un pequeño párrafo a la acumulación de la riqueza. Los 2.153 milmillonarios que hay en el mundo poseen más riqueza que 4.600 millones de personas –un 60% de la población mundial–. Las tres personas más ricas del Estado español acumulan tanta riqueza como 14,2 millones –el 30% más pobre–. Una concentración de la riqueza que se ha visto agravada durante la pandemia. Tan solo en lo que ha durado el estado de alarma, y mientras la gran mayoría social veía empeorar sus condiciones materiales, los 23 ultrarricos españoles aumentaron su fortuna en 19.200 millones de euros.

La acumulación de riqueza y las grandes desigualdades son una amenaza para la libertad de la mayoría. Una concentración extrema de la riqueza significa una concentración extrema de poder que permite inclinar a nuestro favor la distribución de la renta en el mercado, en los gobiernos y en los medios de comunicación. Es decir, la concentración de riqueza en manos privadas es también un peligro para la propia democracia.

Porque tal y como certeramente dijo Louis Brandeis, juez de la Corte Suprema de Estados Unidos de 1916 a 1939, “podemos tener democracia o riqueza concentrada, pero no podemos tener ambas”.

JULEN BOLLAIN
Economista, profesor e investigador español especializado en estudios sobre desarrollo y renta básica incondicional.
Publicado en: ATACC

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