lunes, 27 junio 2022

Se puede vivir sin el estrés constante de tener que rendir, cumplir, ascender, progresar. ELIA BARCELÓ

Pensar en la muerte.
En nuestra sociedad actual da la impresión de que nos hemos vuelto infantiles, ridículos. Somos adultos pero, como un bebé de pocos meses, nos tapamos los ojos con las manos porque, al no ver el peligro, pensamos que el peligro tampoco nos verá a nosotros.

Hubo un tiempo -un tiempo muy largo- en el que la muerte formaba parte de la vida. Todos los seres humanos eran dolorosamente conscientes de que la vida era breve y la muerte acechaba sin descanso. Morían los niños antes de cumplir los dos años, morían las mujeres en el parto, los hombres en batalla, en cualquier estúpido accidente en el que se infectara una herida, los “viejos” morían a los 50 años, de vejez, ya débiles y desdentados; todo el mundo, desde muy joven, había visto cadáveres y había visto morir a algunas personas a su alrededor. Los velatorios eran habituales. Las mujeres cosían y preparaban sus propios sudarios y los de su familia. Muchas oraciones, cada noche al acostarse, pedían a Dios una buena muerte y, desde pequeños, todos se acostumbraban a pensar en que les llegaría el momento y había que estar preparados.

En la época del Barroco, durante de la Guerra de los Treinta años, que mató a un tercio de la población europea, la obsesión con la muerte se hizo tan intensa que en la mayor parte de las obras de arte tenemos recordatorios de lo efímero de nuestra existencia sobre la tierra: hay calaveras, relojes, esqueletos con guadañas, flores que se deshojan y, en muchos cuadros, escondida entre la belleza de un bodegón radiante, con sus frutos maduros, una mosca como recuerdo de la podredumbre que nos espera a la vuelta de la esquina. Era una cultura del placer y, a la vez, del memento mori –“recuerda que has de morir”, insistían-, del tempus fugit, para que no olvidaran que hay que aprovechar la vida -carpe diem-, preparando el camino hacia la muerte.

En nuestra sociedad actual da la impresión de que nos hemos vuelto infantiles, ridículos. Somos adultos pero, como un bebé de pocos meses, nos tapamos los ojos con las manos porque, al no ver el peligro, pensamos que el peligro tampoco nos verá a nosotros.

Hemos relegado todo lo que tiene que ver con la enfermedad, la degeneración y la muerte a lugares apartados donde solo vamos si no hay más remedio o si nos afecta personalmente -hospitales, geriátricos, tanatorios, cementerios-, y el contacto con esas verdades desagradables lo hemos dejado en manos “profesionales” precisamente para no tener que recordar que a nosotros también nos llegará el momento y, en cuanto llegue, todo el mundo se olvidará de nuestra existencia (aunque sigamos vivos), nos apartará, y solo volverá a recordarnos para hablar bien de nosotros en las redes sociales durante uno o dos días cuando llegue por fin el momento de nuestra muerte.

Personalmente, encuentro absurdo que nadie quiera hablar seria e intensamente de la muerte, que es lo único que tenemos asegurado desde el momento de nacer, que nos alcanzará a todos y que a todos nos preocupa. En cuanto alguien, en una reunión social, saca el tema de una enfermedad grave y de la posibilidad de la muerte, siempre hay otra persona que dice “¡ay, dejémoslo, hablemos de cosas más alegres!”. ¿Por qué? ¿Es simple miedo? ¿Es pensamiento mágico, el que dice: si no se nombra, no existe; si se nombra, se le convoca? ¿Por qué la mayor parte de la gente no se preocupa de hacer un testamento que ahorre a sus descendientes muchos problemas? ¿Por qué no nos gusta pensar en dejar cartas, o grabaciones de audio o de vídeo, para nuestros seres queridos, para cuando ya no estemos? ¿Por qué nos parece de mal agüero escribir nuestra propia esquela y dejar dicho qué queremos que hagan con nuestro cadáver, con qué rito nos gustaría que nos despidieran, si queremos unas flores concretas o una música determinada? Si lo hiciéramos cuando aún nos va bien, nos ahorraríamos la angustia de querer hacerlo cuando ya no sea posible. Y, sin embargo, preferimos postergarlo, porque la sociedad en la que vivimos nos ha inculcado que eso de la muerte es una cosa muy fea, de mal gusto; algo que le sucede a los demás y que nos coloca en una situación incómoda porque nos recuerda que quizá, a lo mejor, tal vez… también nos pasará a nosotros y seremos nosotros quienes, un día, estaremos en ese tanatorio rodeados de gente que está deseando que pase todo pronto y poder volver a salir a la calle a disfrutar del sol o de la lluvia, porque ellos aún están vivos.

Últimamente he tenido ocasión de charlar con amigos y conocidos que están pasando por una enfermedad grave y, de repente, al ver de cerca el espectro de la muerte, se han dado cuenta en su propia carne de que la vida es efímera. Y valiosísima. Todos me han dicho que han cambiado su forma de vivir y de apreciar las cosas. Su escala de valores ya no es la misma, tampoco sus prioridades. Se ha reducido su ambición, su egoísmo, su prisa.

Se han dado cuenta de que se puede vivir sin el estrés constante de tener que rendir, cumplir, ascender, progresar.

Cuando sabes que te queda poco, no quieres malgastar lo poco que te queda en tonterías como pelearte con los colegas, subir en el escalafón cueste lo que cueste, pasar todo el tiempo trabajando, aunque eso signifique apartarte de tu familia y tus amigos…

Me resulta esperanzador, pero muy triste, que hayamos llegado al punto en que tienes que estar literalmente muriéndote para darte cuenta de la cantidad de cosas buenas que la vida ofrece y que no aparecen ni en las redes sociales ni en esos anuncios que marcan nuestros deseos y ambiciones.

Si tuviéramos a la muerte más presente en nuestro pensamiento desde siempre, desde niños, sabríamos que la vida es un regalo que se nos va a arrebatar muy pronto y que hay que llevar cuidado con ese breve tiempo que tenemos, elegir bien en qué queremos usarlo.

Siempre encuentro llamativo (y a mí también me pasa, lo reconozco) cuando oigo decir a alguien “no puedo tomarme ahora unas vacaciones” y, sin embargo, en el momento en que tienes un accidente o te diagnostican una enfermedad que requiere toda tu atención, en ese mismo momento, lo que no era posible resulta que sí se puede hacer. Solo que, en lugar de pasar unos días de descanso, cuidando de tu vida y de tu salud pero en posesión de todas tus facultades y compartiendo ese tiempo con personas queridas y alegres, tienes que dedicarlo a cosas bastante menos apetecibles. Entonces sí que dejas de aceptar más trabajo, de contestar mails, de liarte con nuevos proyectos… porque la muerte acecha y hay que intentar burlarla mientras se pueda.

Pero la muerte acecha siempre, desde que naces. Solo que ahora, de repente, lo notas porque te pasa a ti.

De modo que, si pensáramos más en ella, cabría la posibilidad de modificar nuestra forma de vivir para ser más felices, estar más tranquilos y fastidiar menos a quienes nos rodean.

Morir es necesario. Es la otra cara de la vida. Y la simple conciencia de ello podría mejorar nuestras relaciones, nuestra forma de ver el mundo.

ELIA BARCELÓ
Escritora española. Doctora en literatura, ha sido profesora de estudios hispánicos en la Universidad de Innsbruck (Austria) durante muchos años. 
Publicado en: ELDIARIO.ES

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