viernes, 01 julio 2022

Messi y el sportwashing de Arabia Saudí. JORGE DOBNER

Recientemente conocíamos como el astro argentino Lionel Messi se prestaba a ser embajador de Arabia Saudí. El futbolista del Paris Saint-Germain se desplazaba hasta Jeddah, junto a su compañero de equipo Leandro Paredes, y fue recibido por el ministro saudí de Turismo. Asimismo el propio ministro saudí se vanagloriaba de la llegada y representación de Messi en redes sociales.

Todo sería correcto de no ser que Arabia Saudí es uno de los países que más violan los tratados de Derechos Humanos. Doblega a sus ciudadanos con la ‘sharia’ y su versión radicalizada del islam hace que las mujeres no sean libres sino presas sin derechos. Su gobierno en el largo conflicto armado de Yemen está implicado en crímenes de guerra y otras violaciones graves del derecho internacional.

Sin embargo para Arabia Saudí el ser tremendamente rico, forrado de petrodólares parece un eximente para salvar bastantes más sanciones internacionales.

Por algo se le considera una dictadura consentida, cuyos agravios son más revisados y no pasan por alto a otros países como China, Venezuela o Cuba.

Messi y Cristiano Ronaldo recibieron sendas ofertas para participar en la campaña ‘Visit Saudi‘ con la que el reino wahabita intenta promover el turismo. A cada uno de los dos futbolistas les propusieron firmar contratos por seis millones de dólares anuales (5,18 millones de euros). La respuesta de Ronaldo fue un rechazo inmediato. No quería aparentemente asociar su imagen a la promoción de un país cuyo hombre fuerte, el príncipe heredero Mohamed Ben Salman, es considerado como el autor intelectual del asesinato del disidente Jamal Kashoggi en 2018.

El dinero parece un buen motivo para Messi para aceptar el encargo de representación aún a pesar de todo. Así es como el jugador compartió una publicación en su cuenta de Instagram acompañada de dos fotografías desde un barco contemplando el mar y junto a Leandro Paredes. “Descubriendo el Mar Rojo en Saudi”.

Está claro que ningún jugador va a salvar el mundo, ni tampoco se les espera, pero cuánto menos es deseable una coherencia con la imagen proyectada a lo largo de una carrera profesional.

De lucir la camiseta con la serigrafía de UNICEF a embajador de Arabia Saudita no es el final deseable de un futbolista ídolo de niños, adultos y mayores.

No es de extrañar que a muchos se nos haya caído el mito al suelo. Esperamos mucho más de Leo, especialmente cuando es un hombre que lo tiene todo y no necesita lucrarse de dinero venido de regímenes dictatoriales. Además de futbolista es lo que ahora se llama ‘influencer’, es decir que sus acciones tienen influencia en quienes lo siguen e incluso idolatran.

Por desgracia el lavado deportivo está en todas partes, pero no es nuevo. Es muy triste pensar que el deporte que inculca tan buenos valores se puede pervertir de tal manera para blanquear dictaduras.

Los regímenes han estado utilizando los deportes para pulir su imagen o distraerse de su comportamiento problemático durante siglos. Los deportes competitivos se basan en el concepto de juego limpio, lo que ayuda a explicar por qué tantos regímenes opresivos ven valor en los juegos. Cualquier forma de diversión buena y saludable puede parecer presentada por personas buenas y saludables, incluso cuando los hechos dicen lo contrario.

El conocido como Sportswashing es el uso de los deportes para presentar una versión depurada y más amigable de un régimen u operación política. El término es relativamente nuevo, pero la práctica es casi tan antigua como los deportes.

Paul Christesen, profesor de historia griega antigua en Dartmouth, dice que se remonta a los Juegos Olímpicos originales.

Christesen cuenta esta historia: “Hay una larga guerra entre Atenas y Esparta. Atenas parece que le están dando una paliza. Y todo el mundo piensa que están abajo y fuera. Y así, un político ateniense llamado Alcibíades llega a los Juegos Olímpicos en 416 [a.E.C.], justo en medio de la guerra, cuando las cosas van mal para Atenas. E inscribe varios equipos de cuadrigas en la carrera de cuadrigas de cuatro caballos y gana el primer, segundo y tercer o cuarto lugar”.

Quizá el suceso más conocido es cuando la Alemania nazi fue sede de los Juegos Olímpicos de verano de 1936, vio el evento como una reunión de ánimo para la raza aria.

Adolf Hitler construyó el Olympiastadion en Berlín, que supuestamente tenía capacidad para 100.000 personas, y los nazis pagaron a la cineasta propagandista Leni Riefenstahl para que hiciera un documental sobre los Juegos Olímpicos. Los nazis también quitaron los carteles que prohibían la presencia de judíos en los lugares públicos, en un esfuerzo por parecer más abiertos, hospitalarios y amables. Nada más lejos de la realidad…

El denunciar esta práctica a día de hoy es más necesario para que los deportistas se lo piensen antes de cometer semejante error.

JORGE DOBNER
Editor
En Positivo

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