lunes, 27 junio 2022

Parar la salvajada. JORGE DOBNER

La guerra acontecida en Ucrania debido a los delirios belicistas de Vladimir Putin es imperdonable, pero ha sucedido. Estos barbaros del siglo XXI han dañado o destruido  cientos de escuelas, decenas de hospitales y más de 1.500 edificios residenciales.

Más de 900 asentamientos están privados de luz, agua, calor. El ejército ruso no sabe cómo luchar contra los partisanos ucranianos que aún resisten heroicamente, pero es bueno matando civiles.

Las tropas rusas dejan una marca espeluznante en ciudades y pueblos ucranianos. Con  tal soberbia los tanques asedian a pequeñas – y hasta ahora tranquilas localidades – para amenazar la vida de sus residentes y ocupar sus edificios.

A pesar de los eufemismos de Putin, quien ha querido enmascarar la guerra como una “operación militar especial”, todo el mundo ha podido presenciar en vivo gracias a los avances de las redes y tecnología el mayor ataque por un estado a otro en el continente europeo desde la Segunda Guerra Mundial.

La sed de sangre de Putin va en contra de los principios fundamentales de la  sociedad moderna y constituye el mayor crimen desde los Juicios de Núremberg.

Como  líder de un gran, poderoso y poblado país es más responsable que otros sobre sus acciones a terceros y el mantener la paz que desde hace años venía reinando en  Europa.

Con su invasión bárbara se quería coronar como el gran zar ruso, pero su tendencia dictatorial ha sobrepasado todos los límites morales para mostrarse como lo que es: un vulgar matón de vecindario, incapaz de resolver las diputas por vía diplomática y que manda a su ejército el cobrarse la vida de inocentes. La maté porque era mía.

Maniobrando así la destrucción de un bello país a la vista de todos. Parece que aún hoy en día hace falta decir y repetir que ninguna guerra es solución a las disputas. Como ya dijera Albert Einstein en su ensayo “Armas de destrucción masiva” el deseo de guerra entre naciones ha infringido un sufrimiento y destrucción indescriptibles para la humanidad, que “una y otra vez ha depravado el desarrollo de los hombres, sus almas y bienestar”. Por eso los belicistas de cualquier país del mundo merecen ser aislados y arrinconados.

Los daños colaterales de la guerra son primero las muertes, y luego viene la pobreza y el aumento de la desigualdad. En la salida de una pandemia los esfuerzos y recursos deberían destinarse a que las personas y ciudadanos puedan recuperar su vida normal.

Pero en su lugar el enriquecimiento exorbitante se produce en cuatro sectores: armas farmacéuticas, energía y monopolios tecnológicos, produciendo graves desequilibrios económicos para una población ya bastante castigada en los dos últimos años.

Sin embargo y a pesar de las graves pérdidas, aún podrían haber sido peor de no ser por la diligencia y rápida actuación del gobierno ucraniano de la mano de su  presidente Volodymyr Zelensky.

Se declaró la ley marcial, emigraron miles de ucranianos e hizo un llamado a los líderes mundiales para castigar a Rusia.

Según los expertos las sanciones económicas gracias a la acción conjunta a nivel mundial de los países está siendo más efectiva que la militar. Lo cual está devaluando su economía a un ritmo sin precedentes para una potencia nuclear y en estos momentos es un elemento clave disuasorio para poner fin a la guerra. Incluso en esta situación sorprende la mano tendida de Zelensky porque el hecho de prorrogar la guerra sigue siendo el peor de los escenarios.

Tal como dicen Steven Pinker, Hans Rosling y otros expertos de datos, las guerras de los últimos 100 años son mucho menores que los siglos anteriores cuando vivían permanentemente en conflicto.

Hasta hace muy poco seguíamos  viviendo un escenario favorable que Putin nos quiere arrebatar.
Ojalá parar esta salvajada cuanto antes. Nunca es demasiado tarde para poner fin a la  guerra.

JORGE DOBNER
Editor
En Positivo

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