martes, 06 diciembre 2022

La toma de tierra que evita el incendio. PABLO ORDAZ

Gente a la que le gusta la gente.
No son tendencia en las redes, pero sus tuits buscan lo mejor de la condición humana. Son la toma de tierra que evita el incendio.

Mercedes Gallizo publicó el martes por la noche un tuit que decía: “Lo mejor de Twitter es que personas que están en un tratamiento de quimioterapia publiquen buenas noticias: que lo han terminado, que el cáncer ha remitido… Quienes hemos pasado por ahí leemos esos tuits con emoción. Aunque no conozcamos a los protagonistas, les abrazamos”. Tal vez esa sea la clave.

Twitter está repleto de buenas historias, algunas alegres y otras tristes, pero de las que se puede sacar algo en claro, una historia de éxito, otra de superación, un fracaso bien llevado o incluso un rendirse ante la muerte con gallardía, diciéndole está bien, tú ganas, pero espera un par de días que me voy a casar y voy a ser la novia más guapa. La historia de K., por ejemplo. La contó el otro día Víctor Albarrán Fernández, que es un médico residente de Oncología Médica: “Boda en la planta de Oncología. K, 31 años, ingresada en la fase final de una enfermedad cruel y caprichosa. De esas personas con las que empatizas más de lo que deberías. De esas que te sonríen y no sabes si te lo mereces, ni de dónde sacan fuerzas”. El doctor Albarrán incluía una foto tomada desde el pasillo, en la que no se identificaba a nadie, pero se intuía toda la emoción contenida en esa habitación. Era difícil leer aquel hilo de Twitter sin que se encogiera el corazón.

Hay otros tuits, no necesariamente tan conmovedores, que también lo reconcilian a uno con el personal. Dani Álvarez, de EITB, publica uno que tiene como protagonista a un maestro: “29 años como profesor de Filosofía. Se jubila, y le despiden con una ovación monumental alumnos y profesores. Pasillo incluido. Se llama Koldo Ansa. Instituto Alaitz de Barañain, Navarra”. El vídeo merece la pena. Dos minutos y 22 segundos de aplausos, de sonrisas y emoción. El profesor, entrevistado por Radio Euskadi, deja dos enseñanzas tras una vida en las aulas. La primera: “Los alumnos son lo mejor de este negocio. Te devuelven todo multiplicado por 10″. La segunda, un aviso para navegantes: “Los nuevos profesores tienen que tener muy claro que les pagan por su paciencia, no por lo que saben”.

No conozco al joven doctor Albarrán ni al profesor Ansa, pero sí a Mercedes Gallizo, y si les doy un par de detalles coincidirán en que hay una línea que los une a los tres.

Gallizo fue, desde 2004 hasta 2011, secretaria general de Instituciones Penitenciarias, uno de esos puestos en los que la mejor noticia es no salir en los telediarios, pero decidió complicarse la vida para mejorar la situación de las cárceles. Sé, porque tuve ocasión de comprobarlo como reportero, que Gallizo se preocupó por la situación de los internos en los psiquiátricos penitenciarios, de las reclusas con hijos pequeños, de fomentar los módulos de respeto como un ensayo de convivencia en la sociedad, y además puso las bases para que los presos de ETA que quisieran abandonar la banda terrorista y reconocer el daño causado pudieran encontrarse con las víctimas. Solo hace falta leer los tuits del doctor Albarrán y ver el aplauso al profesor Ansa para comprender que también ellos abrazaron sus respectivas profesiones no solo como una manera de ganarse la vida, sino de mejorársela a los demás.

No, no suelen ser tendencia en Twitter, ni falta que les hace, pero son un consuelo entre tanta podredumbre.

Son gente a la que le gusta la gente, la toma de tierra que evita el incendio.

PABLO ORDAZ
Publicado en: EL PAÍS

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