lunes, 27 junio 2022

La razón de guerra es el exterminio y su motivación la generación de un orden político nuevo. NOELIA ADÁNEZ

La guerra era todo esto: bienvenidos a la guerra.
Cuando la guerra en Ucrania termine -ojalá más pronto que tarde- habrá que promover la depuración de responsabilidades por los más que previsibles crímenes y vulneraciones de derechos que se cometan. Parece imposible que Putin vaya a ser encausado en el futuro y, a pesar de todo, no es algo a lo que haya que renunciar de antemano, si se verifican crímenes de guerra como el que se ha cometido en Bucha.

Días después de conocerse esta masacre, y habiendo asistido estupefacta al intento por cuestionar la responsabilidad del ejército ruso en su perpetración, continúo presa del asombro y la preocupación.

La preocupación porque estas polémicas no hacen sino reproducir la lógica misma del conflicto fuera de los territorios directamente afectados, enervándolo y potenciando su perpetuación, en la medida en la que incitan irresponsablemente a las opiniones públicas internacionales a posicionarse a favor o en contra de hipotéticos amigos o adversarios.

En el momento en el que escribo no hay ninguna razón para creer que la masacre de Bucha no sea atribuible a su ejército. Ninguna razón; a excepción de la versión que ofrece Rusia, destinada a reforzar el argumentario que ha esgrimido para iniciar la ofensiva. Recordemos que, según Putin, Ucrania está infestada de nazis y es por tanto un territorio que amerita “desnazificar”. La ejecución de civiles al grito de “¿dónde están los nazis?” responde a esa motivación. La masacre de civiles es una acción de guerra “lógica” desde la perspectiva de Rusia.

No creo que debamos entrar en debates que desvían la atención de lo que de verdad importa y que solo interesan a quienes viven de ellos. Eso no quiere decir que no nos hagamos preguntas, que dudemos, que cuestionemos, pero no bajo los efectos tóxicos de la propaganda y la desinformación.

Preguntas sobre lo que de verdad importa, preguntas que nos hagan comprender cómo hemos llegado hasta aquí; cómo y por qué Putin ha tomado esta decisión; cuál ha sido la actitud de la OTAN con respecto a Rusia en las últimas tres décadas; cómo es realmente la política en aquel país y qué perspectiva existe sobre el futuro de Putin y su “modelo” de Estado y gobierno en el medio plazo; cuál la cultura política que moviliza a los ucranianos y en qué medida ha cambiado desde 2014; cuáles las respuestas de la comunidad internacional a la guerra de Crimea; cuáles las lógicas que sostienen la relación de Rusia con las repúblicas que integraron la Unión Soviética y de manera particular con Ucrania; qué intereses económicos y geopólitos hay detrás de los actores y el conflicto; qué estaba sucediendo en el Donbass y por qué nadie hizo nada al respecto; qué papel están jugando extremas derechas y neonazis en la agitación política de Rusia y Ucrania y la lucha armada, por poner algunos ejemplos. Preguntas, en suma, que nos permitan profundizar en las claves para entender los derroteros posibles de este conflicto al margen de simplificaciones y alineamientos imaginarios.

Hablando de estos últimos, así como sentir antipatía o desconfianza por Zelenski o por las inclinaciones políticas de una parte de la población ucraniana no nos convierte en pro-rusos, condenar enérgicamente la invasión ordenada por Putin no debería hacer perder la perspectiva de la compleja realidad política ucraniana y de las aristas que presentan su sistema político y su gobierno.

Caer en simplificaciones, pretender que esta confrontación puede reducirse a una clave ideológica de otra época, es cosa de nostálgicos de un mundo que hace mucho que ya no existe; nostálgicos de una izquierda añeja y polvorienta refractaria a los cambios que nuevas realidades le reclaman a su discurso; y de una nueva derecha posmochic que tan pronto utiliza “lo de Hitler” como insulto contra un presidente democrático en un Estado liberal y de derecho, como hace el saludo nazi en el Parlamento europeo.

Las contradicciones de la izquierda añeja y la ultraderecha posmochic son coincidentes y germinan en un mismo manto: el de la confrontación por la confrontación, al que tan bien le sienta un conflicto armado del que extraer munición retórica para sus propias contiendas.

Hasta ahí la preocupación. El asombro me lo causa la sorpresa que, aparentemente, ha provocado la matanza de Bucha entre quienes hace unas semanas nos tachaban de ingenuas por defender la paz a cualquier precio. Ingenuos ellos y ellas, que parecen no entender que la guerra es esto: un discurso de poder hablado en el lenguaje de la violencia indiscriminada, sistemática y extrema sobre los cuerpos y las vidas, también, de civiles.

Se convierte en enemigo todo aquel que es ejecutado por una acción de guerra. El enemigo, en una medida importante, no preexiste a la guerra; es creado por ella, pues solo en ella se hace carne. En el contexto de la masacre de Mai Lay en 1968, durante la guerra de Vietnam, se decía “si está muerto y es un vietnamita, es un vietcong”. Bucha, a buen seguro, puede definirse -bajo la lógica del invasor- como el resultado de ejecutar un mandato de guerra: si está muerto y es un ucraniano, es un nazi.

Y es que herir, violar y asesinar son acciones que requieren de titánicos niveles de energía física y mental por parte de quienes las llevan a cabo. Sobreponerse al agotamiento sin duda precisa de un estímulo permanente en forma de consignas alienantes y bloqueos de la conciencia. Sabemos del uso de alcohol y drogas en combate y de la simpleza de los mensajes que los combatientes reciben: morir o matar cuando se trata de una confrontación entre ejércitos y matar, sin más, cuando el objetivo son civiles.

Porque la razón de guerra es el exterminio y su motivación la generación de un orden político nuevo.

No es cierto que la guerra sea irracional; de lo que acabo de esbozar se deduce fácilmente que es de una racionalidad apabullante y perentoria. Es racional, lo que sucede es que es inmoral y antipolítica. Por eso hay que pararla.

NOELIA ADÁNEZ
Doctora en Ciencias Políticas y Sociología por la UCM y MBA en gestión de Instituciones y Empresas Culturales por la Universidad de Salamanca.
Publicado en: PÚBLICO

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