lunes, 06 febrero 2023

Líderes paranoicos y la “iluminación interpretativa”. HÉCTOR M. GUYOT

La lógica delirante del líder paranoico.

Áyax, protagonista de la tragedia de Sófocles del mismo nombre, es considerado el guerrero más importante de la guerra de Troya después de Aquiles. Tenía una sola obsesión: ser reconocido como el más fuerte. Pero a su brazo no lo movía el corazón, sino su mente. Agitada por pensamientos mascullados en soledad, su mente se dejaba guiar por las sospechas. “Quien vive en medio de la desconfianza no vive entre hombres, sino entre adversarios. Y el único deber en relación con los adversarios es vencerlos”, escribe el psicoanalista italiano Luigi Zoja en su libro Paranoia. La locura que hace historia, un impresionante estudio sobre los líderes que, incapaces de mirar en su interior, carentes de sensibilidad moral, atribuyen todos los males a los demás con una lógica perversa revestida de racionalidad, que tiene sin embargo un enorme poder de contagio social: la patología individual del líder paranoico se vuelve colectiva cuando, desbocada, es capaz de estimular la paranoia latente de la gente común.

La primera frase del libro hace justicia a la tragedia griega, pero tiene una actualidad inquietante: “Cuando se inicia el drama, lo irreparable ya ha sucedido”. Esto vale para cualquier latitud, incluida la nuestra. Volví al libro de Zoja tras leer la nota de Luisa Corradini, publicada ayer en este diario, en la que autorizados expertos analizan el aislamiento de Vladimir Putin, aparentemente envuelto en una “burbuja de paranoia” que se habría intensificado antes de lanzar su invasión a Ucrania.

La locura de Áyax, dice Zoja, es la de la soledad y la sospecha, que no tanto descubre enemigos como los inventa. Hipocondríaco, con miedo a las enfermedades infecciosas, Putin vivió los años de pandemia recluido en sus apartamentos privados del Kremlin o en alguna de sus lujosas residencias de las afueras, en las que recibía solo a sus colaboradores más cercanos. En ese estado de aislamiento pergeñó la invasión a Ucrania, a la que imaginó, en su mente afiebrada, casi como un paseo en el que sus ejércitos liberarían al país vecino del mal (el régimen “nazi” de Volodimir Zelensky). La realidad resultó ser otra. A poco más de un mes, sus fuerzas perdieron unos 15.000 hombres y en varios frentes no consiguen avanzar ante la heroica resistencia del ejército y los voluntarios ucranianos. “Por temor a padecer un ataque de ira, ninguno de sus consejeros se atrevía a confesarle la verdad”, dice una alta fuente del Pentágono que Corradini cita en su excelente nota.

“Cuando una verdad contradice su relato, los líderes paranoicos se descargan con quienes tienen a mano y los culpan de que la realidad no respete sus alucinaciones”

Nosotros lo sabemos: al aislamiento, más aislamiento. A la irrealidad, más irrealidad. Y cuando alguna verdad incontrastable resquebraja su relato, estos líderes tocados por la paranoia se descargan con quienes tienen a mano, atribuyéndoles la culpa de que la realidad no respete las alucinaciones de su mente, tal como un Putin iracundo castigó o sacó del mapa a ministros, oficiales de inteligencia y comandantes que hasta allí habían sido estrechos colaboradores suyos, según cuenta Luisa.

En su libro, Zoja cita varias definiciones de paranoia. “Trastorno psicótico caracterizado por delirios sistemáticos, sobre todo de persecución y de grandeza”, dice The American Heritage Stedman’s Medical Dictionary. Otra acepción de ese diccionario la describe como “una forma de desconfianza hacia los demás extrema e irracional”. Entre los rasgos típicos de esta patología, el psicoanalista italiano menciona la “proyección persecutoria”, en virtud de la cual el paranoico le atribuye al “enemigo” su propia destructividad.

“Toda forma de paranoia completa es una construcción lógica edificada a partir de un núcleo delirante y de un presupuesto de base falsificado”, señala.

Al paranoico se le cree porque se le atribuye una suerte de “iluminación interpretativa”. Así, la idea delirante es una verdad irrefutable dado que tiene “las mismas características de una revelación religiosa”.

Y el delirio contamina a tantos porque esa certeza maniquea los rescata de la incertidumbre y los exime del esfuerzo de abordar la complejidad de lo real, que queda reducido a una sola premisa. Como quería Laclau, la presencia del enemigo lo explica todo.

¿Y el origen? “La psiquiatría supone que ceden a la paranoia personas en apariencia adaptadas pero interiormente frágiles. Una fragilidad que podría remontarse a una primera infancia donde reinaron la frialdad afectiva y los conflictos: algo que encontramos en la vida de Hitler y Stalin”, dice Zoja.

Como arquetipo, la paranoia es una posibilidad presente en todos nosotros, previene el italiano, que estudió en el Jung Institut de Zurich. Pero no hay duda de que se muestra a sus anchas en las personalidades de muchos de los líderes populistas del siglo XXI. Pensemos, por ejemplo, y para tomar a dos presidentes de signo contrario, en Hugo Chávez y en Donald Trump.

Por último, vale la pena rescatar una frase de Zoja que describe el estado de alienación en que vive el paranoico y en el que hace vivir a la sociedad que cae bajo su influjo. “El pensamiento paranoico es, al mismo tiempo, lógico e imposible, coherente y contradictorio, humano e inhumano”. ¿Les suena?

HÉCTOR M. GUYOT
Editor jefe del suplemento Ideas del diario La Nación y escribe, desde 2013, una columna semanal. Es miembro de número de la Academia Nacional de Periodismo.
Publicado en: LA NACIÓN

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