miércoles, 07 diciembre 2022

Es el fascinante efecto de lo que solemos llamar conciencia. IÑIGO DOMÍNGUEZ

Cuánto habrá visto esta periodista rusa para hacer esto.
Hay que tener lo que hay que tener para hacer lo que hay que hacer, dicho así para que se entienda. Me refiero a alzar la voz en medio de la tiranía y la injusticia, y a hacerlo de manera inteligente. El obispo de Münster Graf von Galen, por ejemplo, fue uno de los pocos que criticaban el régimen nazi en Alemania en los años treinta. De él se cuenta que un día en misa cargó contra los valores de las juventudes hitlerianas como algo muy nocivo para la infancia y alguien le gritó: “¿Cómo va a hablar alguien sin hijos de la mejor manera de educar a los niños?”. Y él respondió: “¡No puedo tolerar semejante crítica al Führer dentro de mi iglesia!”.

A todos nos ha impresionado el valor de Marina Ovsianikova, la periodista que irrumpió en directo en la televisión pública rusa con un cartel contra la guerra. Son gestos con los que la admiración brota de forma natural y unánime. Hasta sus enemigos deben reconocerlo (y por eso les fastidia tanto), y más que nadie, porque saben lo que le va a pasar. Un portavoz del Kremlin definió su acto como “vandalismo”, con esa ligera alteración de las capacidades semánticas típica de las dictaduras o el terrorismo, por creer que la realidad se somete también a sus palabras. Igual que lo de Ucrania no es una invasión y una cola del pan es un evidente objetivo militar. Lo siguiente que le pasó a esta periodista, el paradero desconocido, también es conocido en Rusia. El Gulag, el puño del Estado, es algo familiar para cualquier ruso desde tiempos inmemoriales. Forma parte del ambiente, como la nieve. Todo ruso más o menos inquieto ha pasado por Siberia, de Lenin o Bakunin a Dostoievski y ahora los disidentes Jodorkovski y Navalni. Por eso hay que apreciar en lo que vale a los 15.000 rusos detenidos por salir a la calle a protestar, aunque parezcan pocos en un país de 145 millones de habitantes, porque saben lo que les espera. Hostias y cárcel.

Marina Ovsianikova lo pensaría muchas veces, desde hace mucho tiempo. Primero como fantasía, quizá luego como broma con amigos ya se hizo un poco realidad, al pasar de la idea a las palabras, y no pudo quitárselo de la cabeza. La verdad es algo turbador cuando se sabe y no se dice. Cuánto habrá visto esta mujer, como periodista, estos años para acabar haciendo esto, pues el umbral del conformismo es muy elástico, difícil de romper.

Cuántas imágenes terribles de la guerra que había órdenes de no emitir. Cuánto se habrá sentido miserable por no hacer lo correcto. En su gesto heroico hay algo que casi requiere aún más coraje, admitir la propia responsabilidad.

Por haber contribuido a la propaganda y a la “zombificación” de los rusos, según sus palabras. Se dijo “avergonzada”. La vergüenza es un poderoso motor, nada desdeñable, para actuar. Hasta que un día se dijo: no aguanto más, lo hago. Y luego lo planeó, buscó el papel del tamaño adecuado, pensó las frases, las escribió, lo escondió. Al salir de comisaría se la veía cansada pero aliviada, como quien se quita un peso de encima, aunque antes el peso insuperable parece el que se tiene delante.

Es el fascinante efecto de lo que solemos llamar conciencia, una lucecita que sigue ahí escondida, pese a todo. Luego la fuerza del ejemplo se propaga como una chispa que salta a otras personas.

Una de las ideas más subversivas, y más esperanzadoras, es la de que una sola persona a veces puede cambiar las cosas.

IÑIGO DOMÍNGUEZ
Es periodista en EL PAÍS desde 2015. Antes fue corresponsal en Roma para El Correo y Vocento durante casi 15 años. Es autor de Crónicas de la Mafia; su segunda parte, Paletos Salvajes; y otros dos libros de viajes y reportajes.
Publicado en: EL PAÍS

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