lunes, 27 junio 2022

Toca escoger: realidad o actualidad. NURIA LABARI

Elige: actualidad o realidad.
La actualidad se está comiendo la realidad a mordiscos, como si la inmediatez fuera una bestia hambrienta capaz de engullir todo lo que existe y que un día fue nuestro.

Estoy preocupada. Y asustada. Porque me he dado cuenta de que la actualidad se está comiendo la realidad a mordiscos, como si la inmediatez fuera una bestia hambrienta capaz de engullir todo lo que existe y que un día fue nuestro. Dices Actualidad y yo me encojo, me vuelvo niña, siento que viene el lobo y que esta vez me va a comer. Pero es así, entre nosotros vive una fiera que se alimenta de novedades y es capaz de tragar ideas, sentimientos, volcanes, cerdos, guerras enteras. Una bestia salvaje capaz de desayunarse el #metoo y merendar un #blacklivesmatter… Un demonio sediento de carne, tendencias y sentimientos, que todo lo mastica a gran velocidad hasta hacerlo desaparecer. Y yo, pobre mortal, esforzada como estoy en habitar una simple vida, me he convertido en esclava de este monstruo omnívoro mientras veo mi mundo triturarse en sus mandíbulas.

La realidad se desangra a dentelladas mientas la actualidad engorda como un enorme cerdo de macrogranja que nos alimenta a todos.

Me atrevo a afirmar, por ejemplo, que la Bestia de la Actualidad se comió el volcán de La Palma. ¿Se acuerdan de Cumbre Vieja? Me refiero a aquellos ochenta y cinco días en que aquel cráter se convirtió en el centro del mundo. De mañanas y noches viendo avanzar la lava minuto a minuto como si no hubiera nada más importante ni urgente sobre la faz de la tierra. Entonces la bestia quería bañarse en furia y fuego, cautivada como estaba por la belleza destructora del volcán. La fiera se enamoró y durante meses nuestro mundo giró en torno a una pequeña isla y hasta los plátanos cambiaron de sentido en el mercado. Y de repente, un día, el volcán despareció. La prensa dijo que se había apagado pero yo creo que dejó de existir. La bestia se lo comió. De hecho, puede que La Palma entera haya desaparecido, hasta los plátanos.

Sobre todo los plátanos, porque ahora el monstruo solo come cerdos engordados en macrogranjas. ¿Quién se acuerda de los plátanos en tiempo de matanza? Hace unas semanas, mi hija mayor me dijo que nunca volvería a comer carne de uno de esos adorables cerditos rosas cuyas imágenes están de pronto por todas partes. Entonces le sugerí, sin demasiada convicción, que a lo mejor el problema de una alimentación sostenible fuera más complejo y afectase a más animales y personas que los inmaculados cochinos. Ella, que solo intentaba apaciguar a la fiera, me miró confundida. Después de todo, aprendemos desde niños que cuando la actualidad ruge, hay que alimentarla sin rechistar. Y si la bestia pide cerdo no podemos ofrecerle ternera o cabrito. Finalmente, esa misma semana escribí en este espacio sobre un hombre al que habían colocado un corazón porcino porque, de repente, nada me pareció más relevante que la mirada humana sobre los marranos. Habrá quien diga que podría haber pensado sobre otras cosas, que incluso podría haber escrito sobre esas otras cosas, pero lo cierto es que no es sencillo pensar por encima de la actualidad. De hecho, empiezo a sospechar que a veces es imposible.

Y si no ya me contarán por qué durante dos años enteros hemos reducido nuestra conversación —y nuestra vida— a un solo tema: la Covid. Así, este virus, además de matar a millones de personas, nos ha dejado sin (otras) palabras y hasta sin (otras) enfermedades. La actualidad del SARS-CoV-2 nos ha simplificado lingüística y patológicamente. Hasta el punto de que muchos llegaron a creer que el cáncer, los problemas coronarios, la atención primaria o la salud mental habían desaparecido y que la historia de la medicina, como la Idea de Hegel, había alcanzado su destino al instalarse en un enfrentamiento cósmico con el virus. ¿Y la vida? ¿Dónde se fue? Ella, cansada y herida se desangra en las urgencias de un hospital colapsado con la ilusión de que alguien vuelva a buscarla. Pero no me entiendan mal. No estoy diciendo que la actualidad no importe. Al contrario, durante muchas noches me he acostado abrazada al periodismo de datos de Kiko Llaneras sin otro consuelo que un gráfico interactivo iluminando la oscuridad.

Mi problema es que necesito que la realidad nos siga importando por encima de la actualidad. Es decir: una cosa es que nos importe la Covid porque amamos la vida y otra que consumamos información tan compulsivamente que lleguemos incluso a olvidar por qué era importante.

Y ya de paso, que dejemos de atender a cualquier realidad que no sea inmediata, como los campos de refugiados o nuestra intimidad, por citar solo dos heridas en penumbra.

Al final, la realidad no es más que una forma eterna de ver las cosas. Lo que pasa es que cuando ya no hay forma de ver las cosas atravesando el tiempo entonces son las cosas las que te ven a ti. Y entonces sucede que es la actualidad la que nos mira, la que nos maneja, la que nos dice sobre qué pensar en cada momento. ¿Se acuerdan cuando nos manifestábamos por la crisis climática? Fue hace mucho ya, había una niña, una tal Greta Thumberg que llevaba un chubasquero amarillo y que se convirtió en pura inspiración. ¿Sabe alguien qué fue de ella? La actualidad la escupió como un hueso atravesado en la garganta.

El problema (y la desgracia) es que cuando la realidad no es capaz de atravesar el tiempo, entonces apenas se puede hablar de ella porque empieza a parecer que cualquiera podría hacerle lo que quisiera. En la práctica, decir que lo real no permanece equivale a decir que no existe. ¡Peor aún! Es como dar patente de corso para cambiar la realidad al antojo, o sea, a los intereses de cada cual. Porque la realidad misma es lo puesto en cuestión —no las evidencias efímeras de las portadas— y la verdad parece antes el haz del foco de gloria que otorga el último minuto trending topic que el producto necesario de los hechos, la historia o las ideas. De la sustancia del mundo, por decirlo de una vez. No en vano estamos construyendo una realidad paralela a marchas forzadas, un delicioso metaverso donde las cosas prometen tener principio y fin, donde podremos establecer acuerdos y pactos nuevos y definir dónde empieza y termina el tiempo. Evidentemente está siendo un gran éxito, porque la realidad ha perdido su sitio en el pensamiento y su espacio en el alma (de hecho, va como alma en pena). Y ahora lo único real es el deseo universal de inventarla o de negarla.

Así que toca escoger: realidad o actualidad.

Y siempre habrá una pérdida en nuestra decisión, siempre nos faltará algo fundamental. Así las cosas, mi único deseo es no elegir siempre lo mismo. Que algunos días gane la vida, esa que es real y aún nos espera.

NURIA LABARI
Periodista y escritora. Ha trabajado en El Mundo, Marie Clarie y el grupo Mediaset. Sus últimos libros son: Cosas que brillan cuando están rotas (Círculo de Tiza) y La mejor madre del mundo (Literatura Random House).
Publicado en: EL PAÍS

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