domingo, 14 agosto 2022

El otro virus que nos aflige hoy en día es el que llamamos la polarización.JOHN CARLIN

Un saludo a los covidiotas.
El otro virus que hoy nos aflige es el de la polarización. Incluso el terreno de la ciencia es un campo de batalla.

Ya pasaron dos años desde que el virus se escapó de un laboratorio, o saltó de un animal a una persona, y probó carne humana por primera vez. ¿Qué aprendimos?

Bueno, hemos expandido nuestro vocabulario. Palabras antes desconocidas o en desuso salen en todas las conversaciones. Por ejemplo covid, pandemia, brote, variante, antígenos, barbijos, desescalada, teletrabajo, Zoom, intubar, cuarentena, distanciamiento social, pangolín, Wuhan y covidiota.

Sí, “covidiota” ya recibió la bendición de la Real Academia Española. La biblia de la lengua castellana dice que significa una persona “que se niega a cumplir las normas sanitarias dictadas para evitar el contagio de la covid”.

O sea, covidiotas son los que se niegan a confinarse, vacunarse, enmascararse. Yo me atrevería a decir que se quedan cortos los sabios de la RAE, porque una de las cosas que hemos tenido que aprender es que el virus nos ha visto la cara de idiotas a todos.

Tantos avances humanos, tantas maravillas del arte, de la filosofía, de la ciencia, tanto Sócrates, Einstein, Da Vinci pero durante dos años este bichito invisible nos ha superado. Nos ha paralizado, aterrado y asesinado. Y se sigue inventando nuevas jugadas para jodernos. Aparece la variante Ómicron y las bolsas se desploman, los viajes se cancelan, más tests, más vacunas, más frenesí, más pánico general.

La pandemia vuelve a las portadas, los gobiernos se reúnen de emergencia y seguimos en la ignorancia. No sabemos cuanto peligro representa el (¿o es “la”?) Ómicron, si las vacunas que tenemos la podrán frenar o habrá que buscar otras, si entretanto se volverán a llenar los hospitales, si llegarán más confinamientos.

Yo soy optimista siempre, covidiota a ratos, y me agarro a las noticias que dicen que el impacto de la nueva variante será leve, especialmente para los vacunados.

Quiero creer, como pensábamos hace apenas un par de semanas, que esto se acaba. Pero mi debilidad, como la de muchos, es que quiero creer demasiadas cosas.

Los optimistas nos hemos equivocado tanto como los agoreros del apocalipsis. Yo menosprecié absurdamente la letalidad del covid cuando todo esto empezó. Me consuelo al ver que no fui el único y que, por otro lado, eminentes científicos pronosticaron cifras de muertes diez veces mayores de las que hemos tenido. Si no hemos aprendido humildad de esta experiencia no hemos aprendido nada.

Como también deberíamos haber aprendido, los muchos que aparentemente no nos habíamos enterado, de que la gente se enferma y se muere y de que la gente grande tiene más posibilidad de enfermarse y morir que la gente joven.

¿Qué mas? Puse la frase en inglés “lessons from covid” (lecciones de la covid) en Google y me salieron 1.460 millones de respuestas. No las he leído todas, lo siento, pero sí he consumido suficientes artículos y estudios científicos como para poder concluir que hay media docena de temas que predominan. Las virtudes o no de los confinamientos, de los barbijos, de los protocolos hospitalarios, de los gobiernos autoritarios, de trabajar desde casa, de limitarse para siempre a vivir vidas monjiles o lanzarse a la fiesta, que son dos días.

Llama la atención la ausencia de consenso. El otro virus que nos aflige hoy en día es el que llamamos la polarización. Nos hemos vuelto tan adictos a la discordia, tan aferrados a nuestras particulares certidumbres, que incluso el terreno de la ciencia se ha convertido en un campo de batalla.

Grandes cerebros no se ponen de acuerdo sobre la utilidad de los confinamientos o de taparse la nariz y la boca en lugares públicos. Peor es que exista una proporción importante de la humanidad que cuestione la efectividad de las vacunas y se niegue a ponérselas, lo que delata una vez más lo locos que nos hemos vuelto. Si los hay que piensan así, ¿cómo no va a ver tantos que votan por Donald Trump?

Los anti vacunas nos ofrecen una metáfora de cómo está el mundo. Son el ejemplo perfecto de la maravillosa tendencia del ser humano a optar, muchas veces con fanática convicción, por alternativas que van manifiestamente en contra del bien común.

En cuanto al covid, la gran lección que nos da es que es el espejo de nuestra condición, de lo vulnerables que somos, de lo pasajeras que son nuestras vidas, de que estamos a la merced de fuerzas que luchamos por controlar pero al final no podemos, porque nos morimos.

Pero no tenemos más remedio que seguir luchando, como dijo no sé quién, “contra nuestra contingencia”. Contra enfermedades como el covid, contra la posibilidad de que el sol nos achicharre y contra virus endémicos como la pobreza y la estupidez. La batalla para frenar la pandemia nos ha visto dar repetidos palos de ciego. Hicimos el ridículo, como está bien demostrado, al creer que nos contagiaríamos de restos de virus en las superficies. Pero acertamos con las vacunas, y seguramente con los barbijos y los confinamientos, por lo que tenemos alicientes para seguir en la causa contra males que hoy parecen irremediables.

Los covidiotas, los que lo son según la definición de la RAE, tienen su causa también. Se niegan a cumplir las normas que dictan los gobernantes. Confieso que hay un impulso rebelde ahí que no me desagrada. Se niegan a asustarse. “¿El Ómicron? Bah, me río.” Conviven con el covid como si nada. Hasta que acaban en el hospital y se arrepienten, claro.

Pero algo del espíritu covidiota no nos vendría mal a todos ahora. Si los gobiernos reprimen la tentación de querer seguir coartando nuestras libertades quizá alcancemos el deseable objetivo de aprender a convivir con el virus, no sin tomar precauciones básicas, pero sí partiendo de la lección que ojalá hayamos aprendido todos de que vivir con miedo es vivir media vida. Quiero creer que de covidiotas y de locos todos tenemos un poco. Y que, pese a todo, somos mejor así.

JOHN CARLIN
Publicado en: CLARÍN

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