martes, 06 diciembre 2022

Un proceso en bucle incontrolado de desigualdades sociales. JOSÉ BERNAOLA

Lógica del crecimiento y lógica de las necesidades.
Según el informe de Desarrollo Humano de 2014 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), uno de cada cinco habitantes del mundo vive en situación de pobreza o de pobreza extrema. Es decir, 1 500 millones de personas no tienen acceso a saneamiento, agua potable, electricidad, educación básica o al sistema de salud. El Banco Mundial ha establecido dos umbrales de renta diaria de estas personas: 3’10 US$/día para el umbral de pobreza y 1’90 US$/día para el de pobreza extrema.

Las políticas económicas basadas en la desregulación del sistema económico y la demonización de los déficits fiscales (se nos dice que “al igual que una familia, el estado no debe gastar más de lo que ingresa”) han generado millones de desempleados en Europa, tasas de paro juvenil del 50% en nuestro entorno y crecientes índices de desigualdad y de pobreza en todo el mundo. En 1992 se llegó a proclamar (Francis Fukuyama en “El fin de la historia y el último hombre”) que “el ciclo económico estaba bajo control” y que los grandes vaivenes macroeconómicos (recesiones y desempleo masivo) que las políticas fiscales y de gasto público keynesianas habían tratado de combatir, eran ya cosas del pasado.

No cabe pensar que la situación caótica en que nos encontramos es producto de una falta de planificación o de haber dejado todo al azar durante demasiado tiempo. Nada ocurre por casualidad, sino que todo obedece a una lógica o quizá a una serie de lógicas históricamente reconocibles, que llamamos ideología, que en conjunto han conformado un sistema económico tan complejo y enrevesado que resulta difícil construir un relato de síntesis coherente del mismo.

Ahora los responsables de grandes instituciones económicas como el Fondo Monetario Internacional, nos advierten que el mundo está “inundado de liquidez”… lo que equivale a decir que está inundado de dinero. la pregunta obvia es: “entonces, ¿Quién lo tiene?” Y la respuesta más inmediata, sin entrar en detalle, sería: “unos pocos privilegiados”.

Todas las realidades que percibimos actualmente (desigualdad, crisis repetitivas financieras y no financieras, inmigración, cambio climático…) son consecuencia de la misma lógica de acumulación y crecimiento que desde los años 70 se viene instalando en el imaginario global.

El precio del dinero es prácticamente nulo o incluso negativo, debido a las políticas no convencionales de los bancos centrales, que están pagando intereses a los bancos privados por prestarles el dinero que necesitan en sus cada vez más frecuentes crisis de liquidez. Mientras tanto los pequeños ahorradores que depositan su dinero en el banco no perciben interés alguno, una situación hasta ahora desconocida, que erosiona el poder adquisitivo de sus ahorros. Pero al mismo tiempo los intereses a pagar por un crédito hipotecario están bajo mínimos.

No sabemos, porque normalmente no se profundiza en las causas, si eso puede considerarse positivo o negativo. Pero decir “liquidez” es tanto como decir “dinero” y el dinero fiat actual (sin valor intrínseco ni respaldo de una mercancía patrón) que existe desde que en 1971 EEUU abandonó la convertibilidad del dólar en oro, “es confianza inscrita”, como dice el historiador Niall Ferguson. Es sólo convertible en sí mismo.

Por otra parte, como decía Hyman Minsky, “cualquiera puede crear dinero; el problema es conseguir que sea aceptado”. El dinero es por tanto básicamente deuda, una relación social de crédito-deuda basada en la confianza de la comunidad, que proporciona poder social a la parte acreedora al tiempo que significa subordinación y dependencia para la parte deudora. De esta manera, la citada advertencia del FMI se podría verbalizar de otra forma más preocupante y decir que el mundo está “inundado de deudas”. Ello nos permite una visión diferente de la situación y una mayor concreción en la respuesta que dábamos a la pregunta que nos hacíamos. La respuesta ahora podría ser que una minoría de la humanidad constituye la parte acreedora dominante y enriquecida, y una mayoría -que en cada caso habría que cuantificar- la parte deudora y por tanto subyugada y empobrecida.

Concretamente cuando los bancos otorgan un crédito hipotecario crean de la nada un dinero que es básicamente deuda del prestatario con la entidad financiera y a su vez de unos bancos con otros. Si bien el crédito es justificable como motor del crecimiento económico porque el patrón oro ciertamente podía ser un freno para el desarrollo económico, un crecimiento económico como el actual, basado en el endeudamiento ilimitado, es insostenible.

El economista australiano Steve Keen advierte que, cuando con el paso del tiempo crece más el crédito que la economía real, puede llegar una crisis bancaria como la de 2008, con las funestas consecuencias por todos conocidas.

Por otra parte, el crédito por sí solo no crea riqueza, simplemente la redistribuye entre una minoría con activos o derechos, constituida por ciudadanos y también países acreedores, y el resto de la humanidad -incluidas las próximas generaciones- que directa o indirectamente constituyen la parte deudora con pasivos u obligaciones.

Desde el punto de vista político, este proceso de acumulación requiere también la conformación de “grupos de intereses” y la promiscuidad entre el poder político y el económico, que deviene no sólo en crisis, sino también en corrupción y descrédito de las instituciones. En definitiva, se produce una subordinación que resulta evidente del poder político al poder económico. Consecuencia colateral de esta subordinación son en muchos casos el deterioro medioambiental y la creciente “desigualdad por desposesión” (término acuñado por David Harvey) entre clases sociales y también entre países, que a menudo conlleva la conculcación de los derechos humanos de los desposeídos.

Este proceso en bucle incontrolado de desigualdades sociales, acumulación concentrada de recursos y deterioro medioambiental da lugar además, tal y como decíamos, a las sucesivas crisis periódicas que hacen insostenible el actual sistema económico.

Ante esta situación, la ciudadanía, y más concretamente las mayorías populares, parecen conformarse con el papel que les asignan las pautas marcadas por una élite minoritaria habilitada de forma supuestamente democrática para pensar y decidir por todos en base a sus igualmente supuestos mayores conocimientos. De hecho, se nos convoca ya a trabajar en el proyecto de “reconstrucción” en cuanto la actual pandemia se atempere, como si sólo hubiera que reconstruir y no hubiera nada que cambiar.

Las decisiones políticas al respecto se toman al margen de la ciudadanía y muchos conceptos económicos se mantienen fuera de los planes educativos, incluidos los de grado universitario.

Todas estas cuestiones que deberían ser objeto de discernimiento y debate por la ciudadanía para así tener una opinión fundada sobre las políticas económicas de sus gobiernos, se dejan en manos de una élite de supuestos expertos que, representando a lo sumo sólo un 10% de la humanidad, se enriquece sin solución de continuidad a costa del empobrecimiento del 50% más desfavorecido.

Por otra parte, la actual oposición al sistema se dispersa en múltiples propuestas. Se hace necesaria por tanto la elaboración de un discurso transversal que muestre con claridad a la ciudadanía que todos los problemas antes mencionados tienen un hilo conductor común que es la “lógica de acumulación y crecimiento” del sistema que no se compadece con la “lógica de las necesidades” que la humanidad realmente requeriría.

Parafraseando la frase de Rodrigo Rato, cabría decir:
“No es sólo el mercado, amigos. Es el sistema”

JOSÉ BERNAOLA
Licenciado en Derecho económicO. Universidad de Deusto (Bilbao) y MBA (ESTE- Deusto)
Publicado en: ATTAC

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