martes, 06 diciembre 2022

Una ilusión que nunca muere y se llama fútbol. JORGE VALDANO

Año I después de Messi
El argentino se fue a París y parece haberse llevado consigo al fútbol mismo.

El comercial y la leyenda. Messi lloró por su marcha, en lo que fue el mensaje más concluyente y su mejor homenaje al Barça. Leo, tan expresivo en sus silencios como Maradona lo era hablando, no le tiró un solo hueso al presidente del Barça en su impecable discurso de despedida. Ni siquiera se dignó a mirarlo. Siempre tuve a Joan Laporta como un buen comercial, pero en esta ocasión no lo podemos considerar empleado del mes.

Le vendió al barcelonismo, y también a Messi, una esperanza infundada.

El resultado fue nefasto: en cuarenta y ocho horas, el mejor jugador del Siglo XXI se secaba las lágrimas en la sede del PSG y cambiaba el eje del fútbol que, desde ahora, tiene su epicentro en París. Hay decisiones que marcan una temporada y otras que marcan la historia de un club. Dejar tirada a una leyenda pertenece al segundo grupo.

Malcriados. La marcha de Messi deja un vacío futbolístico y otro existencial para las generaciones más jóvenes del Barça. Se va alguien que los acompañó triunfalmente durante 17 años, que los hacía sentir poderosos en cada trofeo que levantaba, que los consolaba, solo por estar, en cada derrota. Acaban de saber, por esa repentina sensación de vacío que sienten, por el colosal impacto en redes y por la convulsión que vive París, que Messi no solo era Messi por lo que producía su talento futbolístico, sino por lo que significa para el mundo. No importa si está bien o mal. Importa que es así. Ese ejemplar único (irrepetible), anfibio (nacido en la calle y pulido en la academia) y de abusiva superioridad, les daba un poder aristocrático a todos los barcelonistas por la calidad representativa del fútbol.

Con Messi parecía más fácil incluso la independencia.

‘Shock’ postraumático. No acaba ahí el impacto. Por la fuerza de la percepción, ni la Eurocopa ni los Juegos, que pasaron con más gloria que pena, han logrado competir con Messi, que se fue a París y parece haberse llevado consigo al fútbol mismo. Nos dejó desamparados, sin artista al que admirar, sin enemigo al que temer, sin genio del que presumir. Es un golpe inesperado al crédito de la Liga, que tendrá consecuencias económicas muy superiores al ahorro que llevó al Barça a esta dolorosa decisión. Ni siquiera el Madrid puede estar contento, porque la grandeza de un club también se mide por el tamaño y el prestigio de sus rivales. Ganarle al mejor te hace sentir mejor. De modo que no solo el Barcelona y Cataluña tienen que salir de este shock postraumático, sino todo el fútbol español, que deberá resetearse para evitar que su gran capital, que son los jóvenes talentos, también tome las de Villadiego para escapar de esta sensación de decadencia.

La Liga. La estruendosa marcha de Messi no apagó el ruido de otros conflictos. Tebas y Rubiales siguen enfrentados como niños tercos. Los equipos grandes ven en un fondo de inversión que apuesta por el futuro de la Liga un problema, donde los equipos modestos ven una solución. El mercado, en comparación con los alardes de la Premier o del PSG, nos advierte de que somos pobres, al tiempo que comprobamos que el Fair Play Financiero es un cuento chino. Y bajo este idílico panorama, empieza la Liga. ¿Qué nos queda? Técnicamente, el mejor fútbol del mundo, con algunos jugadores de gran clase y un nivel medio de altísima calidad (¡bravo Villarreal!).

Messi ya no volverá ni tampoco, de momento, los tiempos en que la Liga deslumbraba al mundo.

En compensación, poco a poco regresará la gente a los estadios y, con ella, la renovación de una ilusión que nunca muere y se llama fútbol.

JORGE VALDANO
Publicado en: EL PAÍS

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