martes, 06 diciembre 2022

¿Para qué sirven los héroes virtuosos? Antón Layunta

Elefantes, chacales dorados, hienas, jirafas, conejos, leones, búfalos, cebras, ovejas, homínidos,… son sólo algunos de los mamíferos que fundamentan su persistencia en el gregarismo.

Ser gregario consiente el logro de metas y objetivos como el de la supervivencia. Pero, desde un punto de vista psicológico, el proceder gregario comporta por naturaleza una predisposición inconveniente. Los individuos tienden a actuar impulsivamente, por acto reflejo, sin reflexión, arrastrados inevitablemente por la actitud mayoritaria.

Por el bien común el gregario acepta someterse a un líder. Esa es una capacidad o cualidad que el grupo reconoce y acata de forma natural siendo falsa la creencia de que el liderazgo es connatural al macho. Las leonas, las elefantas, las hormigas, las lémures, las orcas, las bonobos, las abejas, las suricatos,… son sólo algunas de las especies en las que el liderazgo y la supervivencia del grupo  lo asumen hembras.

Los primeros grupos humanos también siguieron a un líder. En aquellos tiempos el liderazgo se mostraba esencialmente a través de la gestión directa de las heterogéneas situaciones que la supervivencia planteaba. Cazando, transmitiendo conocimiento, enfrentándose a depredadores o ahuyentando extraños, decidiendo siempre por el bien del grupo,…

El paso de los siglos inevitablemente comportó evolución y con ella el grupo amplificó su sed de conocimiento. Ya no era suficiente mostrar el liderazgo a través de la gestión. Era necesario responder a otro tipo de cuestiones más elevadas, menos cotidianas.  Y la diaria convivencia con el líder ante el grupo le negaba a este la credibilidad necesaria para responderlas convincentemente. Se hizo inevitable encontrar un cómplice necesario con la credibilidad que le faltaba al líder para que respondiera categóricamente a todas las nuevas e inusitadas cuestiones.

Y así surgió la figura del “Héroe“. Tras una previa y cuidada exaltación de su brillante trayectoria, real o inventada, en adelante sobre él recaerá un intangible cometido. Ser el prodigioso y privado oráculo que inspira al líder y le descifra los misterios metafísicos que la natural evolución va despertando entre los componentes del grupo. Su perfil casi siempre reúne rasgos similares. Sea masculino o femenino se le considera valeroso, clarividente, heroicamente fallecido,… Y sus elevados preceptos supuestamente influyen positivamente en la toma de decisiones del líder del grupo.

En el ineludible traspaso de conocimiento el uso de la figura del “héroe” resultó ser un hallazgo tan práctico que paulatinamente lo fueron adoptando todos los poderes que la evolución social fue implantando con el paso de los siglos. Héroes militares, religiosos, deportistas, aventureros, científicos, filosóficos, literarios,… y la sinergia de todos ellos sirvió para concretar un determinado paradigma humano.

Al mitológico héroe ancestral le sucedió el guerrero de epopeya. Al cantar de gesta medieval le suplió el ser idealizado de las novelas sentimentales del renacimiento y del romanticismo. Y es a mediados del siglo XIX cuando empieza a surgir el tipo de héroe moderno. Hombre corriente, de clase media o burgués, protagonista de la novela realista y naturalista muy de moda en ese mismo siglo.

A mediados de siglo XX el éxito del revolucionario invento de los hermanos Lumière ya había promovido la mega fábrica de héroes Hollywood. El cine en aquellos inicios se centró especialmente en permitir verles la cara a los antiguos héroes y presenciar la recreación histórica de sus legendarias epopeyas. Tan sólo unos años después, mediante las seiscientas veinticinco líneas de la pantalla de millones de televisiones, la industria audiovisual se empieza a desplegar imparablemente  propiciando en adelante un lento e insólito proceso de transformación social y amalgama cultural que hoy sigue actuando por todo el planeta.

En un principio la aparición del formato audiovisual reforzó los tradicionales vínculos de los espectadores con los viejos héroes  pero, una vez normalizado mundialmente el invento del cinematógrafo, se hizo necesario alimentar permanentemente las pantallas con nuevas epopeyas y nuevos héroes que no explicasen otra vez el pasado, esa película sabían todos cómo acababa.

Los nuevos héroes habían de ser capaces de permitir entrever el futuro y ayudar al crecimiento personal necesario para afrontarlo con esperanza.

Los héroes cinematográficos desplazaron a los antiguos héroes de leyenda pero los nuevos se seguían moviendo dentro de los mismos parámetros de la moralidad heredada y de valores atávicos a preservar. Los malos seguían siendo castigados y los buenos premiados. La mujeres no bebían alcohol y en las escenas amorosas habían de llevar anillo de casada, los hombres tenían que afeitarse el pecho para poder aparecer en pantalla con el torso desnudo,…

Aquellos fueron años eufóricos con continuos lanzamientos promocionales de nuevos héroes de película. La radio, la prensa y el boca oreja callejero, fueron cómplices necesarios en aquel intenso proceso de saturación de la oferta. Cada vez eran más y más los héroes que las compañías trataban de incorporar al imaginario popular y menor la capacidad real de poder seguir a cada uno de ellos. Por exceso de oferta las audiencias dejaron de ser espectaculares como lo habían sido al principio. Cada vez se hacía más difícil colocar en el mercado un héroe capaz de obtener el seguimiento y la fidelidad necesaria como para reportar el beneficio que la inversión pretendía.

En plena crisis por saturación de oferta y la baja rentabilidad que esta situación comportaba, por primera vez en la ancestral historia de la utilización antropológica del elemento “héroe”, alguien se saltó las líneas rojas no escritas en busca de audiencia y creó, produjo y emitió un producto audiovisual en el que el abiertamente el héroe no cumplía con los estándares morales ni los valores culturalmente aceptados y desgraciadamente fue un éxito indiscutible en audiencia y en beneficio económico. El mercado del producto audiovisual, por taquilla o por  audiencias, está permanentemente monitorizado y ese dato no pasó desapercibido.

A partir de ese desafortunado suceso la tradicional figura del héroe benefactor y ejemplar se ha visto relegada en todas las pantallas y, amparada por la libertad de expresión y el derecho a ganar dinero, la industria audiovisual con el héroe transgresor individualista y mal educado, ha profanado un terreno narrativo que desde siempre se había considerado poco ético su uso. Para justificarlo la industria esgrime argumentos como, la libertad creativa, el derecho a reflejar la sociedad real sin censuras y desafortunadamente las importantes audiencias alcanzadas,… y amparándose en todo ello legalmente ha llenado las pantallas de ejemplos nada ejemplares.

En las películas, las series, las noticias, los programas del corazón, las tertulias, los debates,… salvo muy honrosas excepciones, todo el protagonismo lo acapara una auténtica plaga de héroes ramplones e incultos que, entre risas, hacen gala de su cara dura y ostentación de sus bajas pasiones. Regresión en vez de ilustración y todo con el obsceno objetivo de obtener audiencias para vendérselas a los grandes anunciantes.

Es curioso que desde aquel día en el que alguien se saltó las líneas rojas no escritas en busca de audiencia y la industria audiovisual al completo adoptó sin complejos esa misma estrategia comercial, paralelamente, más o menos por ese mismo espacio de tiempo, la visceralidad de los nuevos héroes coincida con la progresión de la ultraderecha a nivel planetario. El de héroe descarado, incorregible y engreído, es un perfil de personalidad que concuerda con la enfervorizada mayoría de componentes de esa parroquia. Gregaria y condicionada por un líder que les revela cuáles son los héroes a seguir y cuáles no.

La Historia está repleta de ejemplos irrefutables de cómo el elemento “héroe” ha sido un modelo de éxito para mostrar una correcta forma de vivir. Encarnando los ideales a los que todos deberían aspirar y convirtiéndose en un potente referente, especialmente moral. Emocionalmente siempre seguirá resultado práctico tener un héroe predilecto que encaje en el escenario vital que a cada uno de nosotros le ha planteado la vida.

Una sociedad sin la potente tracción que estimulan los héroes es una sociedad paralizada, sin esperanza. Para conseguir despertar lo mejor de cada persona hemos de seguir creando héroes decorosos. Ellos serán la plasmación de nuestras mejores aspiraciones personales y sociales.

La función objetiva de los héroes es la de ofrecer un ejemplo de vida que invite al abandono de la irracionalidad y transitar hacia el utópico horizonte de la racionalidad. Irracional se nace. Racional se aprende mediante el honorable ejemplo que dan los héroes.

Anton Layunta
Escritor, dramaturgo y consultor de comunicación. Ha sido pionero en el desarrollo de técnicas publicitarias para el medio televisión y en acciones especiales para grandes marcas líderes mundiales.

 

 

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