viernes, 19 agosto 2022

El periodismo tradicional se ha convertido en una profesión muy deteriorada y empobrecida. Wolfgang Münchau

¿Qué ha pasado con el cuarto poder?
Para sobrevivir en un contexto de transformación y crisis los medios deberían centrarse en la información

Que el príncipe Guillermo acusara efectivamente a la BBC de conspirar en la muerte de su madre fue una declaración sorprendente a muchos niveles. Es difícil exagerar las repercusiones que el caso Martin Bashir tendrá para los medios de comunicación de Reino Unido, y no solo para el servicio público de radiodifusión.En mis 35 años como periodista he sido testigo de la caída de los baremos tanto en la radiodifusión como en los denominados periódicos de calidad. Ambos tienen algo más en común: una base económica en declive. Lo primero y lo segundo están relacionados. De hecho, creo que la mejor manera de contar la historia es desde una perspectiva económica.

El servicio público de radiodifusión constituye un monopolio, por ejemplo, en Reino Unido, y un oligopolio en muchos otros países. Los periódicos solían ser un cartel con características de oligopolio. Lo trágico es que ambos siguen comportándose de la misma manera, aunque su entorno haya cambiado. Antes, los periódicos vendían historias a los lectores por un módico precio o una cuota de suscripción, y vendían lectores a los anunciantes. Tanto los lectores como los anunciantes eran audiencias cautivas. No tenían alternativa a la que acudir.

Todos sabemos lo que pasó cuando aparecieron Google y Facebook. Hace 20 años, había que ver las noticias políticas antes de que llegaran los deportes. Hoy en día uno mira lo que quiere cuando quiere.

Mi experiencia en los medios de comunicación me ha enseñado que los que prosperan en los carteles oligopólicos no son los mismos que triunfan en los mercados competitivos. En los primeros, como los medios de comunicación y la industria cinematográfica, codearse con los jefes es lo que permite llegar a lo más alto. Los medios de comunicación reclutan su personal en un pequeño número de universidades de élite. La mayoría de las veces, la selección y los ascensos no son transparentes. El jefe decide. Los economistas han acuñado una expresión para esta práctica: selección adversa.

La decadencia de los periódicos empezó antes de la era digital. En Reino Unido y Estados Unidos yo la dataría en la década de 1970, cuando la época del editor de periódicos rico y poco dado a involucrarse llegó a su fin. Ese momento quedó bien retratado en la obra teatral Ink. La era digital aceleró en gran medida el declive, y representó un desafío que la mayoría de editores y directores de periódicos no comprendieron intelectualmente. Desde entonces, muchas publicaciones locales han desaparecido. Las grandes cabeceras nacionales siguen resistiendo. Tienen menos lectores que antes, les resulta más difícil hacer trampas con sus cifras de tirada que antes, y pagan sueldos bajos. Hoy en día, los jóvenes periodistas viven en pisos compartidos o en las zonas residenciales de la periferia de Londres.

El periodismo tradicional se ha convertido en una profesión muy deteriorada y empobrecida, por debajo del nivel de las superestrellas de los medios de comunicación y de los empresarios del sector.

En los viejos tiempos, las cadenas determinaban la agenda. Cuando era un joven periodista en Londres, solía seguir casi religiosamente la programación de noticias de la BBC, que por lo general consistía en el telediario de las nueve y las emisiones Newsnight, Panorama y Question Time. No estoy seguro de si han cambiado los programas, he cambiado yo, o hemos cambiado los dos, pero ahora casi todos me parecen infumables. Y lo mismo se puede decir de los periódicos. No conozco a muchos jóvenes que sigan leyéndolos, pero incluso para los adictos a la información como yo, no tienen la importancia que tenían antes.

Lo que ocurre es que los antiguos medios de comunicación siguen cultivando el mismo modelo de venta de historias, cuando lo que deberían hacer sería ofrecer información, es decir, contenidos de interés para el público que, de otro modo, nadie contaría.

La mayoría de las primicias no entran en esta categoría. Son filtraciones. O peor aún, son globos sonda. ¿Por qué pagar dinero por falsas primicias o por noticias para entretenerse si las hay gratis en abundancia? La gente todavía está dispuesta a pagar por información política o financiera de calidad, o por análisis que pongan en entredicho las opiniones convencionales en contraposición a los editoriales anónimos redactados por comités.

Esto es lo que yo aconsejaría hacer a los directores y editores de periódicos:

1. Dejar de recompensar las primicias. Recompensar la información.

2. Dejar de aceptar premios de periodismo. Establecen los incentivos equivocados.

3. Dejar de mezclarse con los ricos y famosos en sitios como Davos.

4. Hacer su trabajo.

Este sería solo el principio de una larguísima lista de tareas. Unos pocos lo pondrán en práctica. La mayoría, no. La vieja guardia sigue empecinándose. Hay más premios periodísticos que nunca. La cultura de las falsas primicias perdura.

Se aferran a un mundo que hace tiempo que pasó. En vez de buscar nuevas fuentes de ingresos, el sector de la prensa suplica a Facebook y a Google que compartan parte de los suyos. El camino que separa la arrogancia oligopolista de la autocompasión y la nostalgia es increíblemente corto.

Hay un famoso dicho de la era digital atribuido a Bill Gates, según el cual solemos sobreestimar la velocidad a la que cambian las cosas, pero en última instancia subestimamos sus repercusiones globales. La observación es un poco demasiado simplona para mi gusto, pero encaja con el cambio en el sector de los medios de comunicación.

Gran parte de los servicios de radiodifusión públicos y de los periódicos seguirán haciendo lo que hacían antes, pero con menos dinero y menos audiencias y lectores. Poco a poco irán difuminándose en nuestra conciencia colectiva.

Un día, todavía lejano, desaparecerán, y nadie se dará cuenta de nada.

Wolfgang Münchau
Director de eurointelligence.com
Publicado en: EL PAÍS

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