viernes, 19 agosto 2022

Rectificar es de sabios. Antón Layunta

A nadie hoy se le escapa que una pandemia puede llegar a ser en poco tiempo un fenómeno planetario sin control viable a corto plazo. Las vacunas acabarán siendo la solución pero en el mientras tanto los equipos médicos y el personal hospitalario se encuentran sin remedio justo en el epicentro de la tormenta. Y los políticos, locales, estatales, europeos,…  la pandemia les despojará de su imagen altiva mostrándolos tan perdidos como cualquier mortal.

En toda esa inesperada situación los medios de comunicación tuvieron una primera reacción de indispensable acompañamiento a las personas confinadas. Nos explicaron que hacer, como comportarnos, los peligros, las seguridades, las normas, los perímetros, las burbujas. Mediante didácticos gráficos durante el confinamiento nos permitieron monitorizar la incidencia actualizada hora a hora a nivel local, estatal y europeo.

Qué duda cabe que en aquella etapa inicial de la pandemia los medios de comunicación fueron indispensables para pilotar en lo posible la reacción social ante la imprevista situación.

Pero una vez las personas nos mentalizamos a vivir un tiempo confinados e incorporamos la repetición del lavado de manos, la utilización del gel hidroalcohólico, lo aprendimos todo sobre mascarillas, desarrollamos conciencia de nuestro espacio de seguridad y aumentamos significativamente el tiempo dedicado a leer, escuchar música, ver televisión, a conectarnos a la red, a escuchar la radio, y entonces la inicial colaboración de los medios cambió y empezó la feroz competición por la audiencia.

Todos los medios de comunicación se lanzaron en tromba a conseguir un share que vender a los anunciantes.  La grave situación económica provocada por la pandemia auguró que por un tiempo los ciudadanos no iban a poder comprar como habitualmente. Ante la imposibilidad de vender los anunciantes dejaron de contratar publicidad o la compraron a tarifas especiales de pandemia.

Anunciantes como líneas aéreas,  compañías navieras, tour operator internacionales, y otros sectores de productos y servicios considerados no esenciales, directamente anularon temporalmente toda la publicidad contratada y cerraron la inversión hasta nuevo aviso.

Ante esta situación los medios tuvieron que improvisar rápido para ofrecerles más a los anunciantes y como mínimo lograr obtener un beneficio que les permitiera cubrir el año. Y con toda esta situación, su modélica tarea social inicial se esfumó definitivamente dejando paso a la cansina competición mediática en busca de share en tiempos de pandemia.

Toda la programación de las cadenas de radio, de televisión, las portadas y contenidos de la prensa estatal y local, en off y on line, se llenó de titulares a cual más inquietante, se invitó a multitud de tertulianos algunos de dudosa aportación y varios de ellos tuvieron su momento de gloria. Salieron científicos que se contradecían en nombre de la Ciencia. Hoy las mascarillas no eran necesarias y mañana resultaban ser obligatorias. Ruedas de prensa militarizadas que cada día generaban una polémica diferente y ajena a la pandemia.

La suma de todos los medios se convirtió en un repetitivo macro tutorial multipantalla de 24 horas sobre síntomas, praxis clínica, anatomía humana, entubaciones, respiradores, comas inducidos,… Todo ello salpicado de alegres bloques de publicidad e informativos de mañana, tarde y noche en los que los partidos políticos, entrando al juego de los medios, los convirtieron en un nada tranquilizador toma y daca entre oposición, gobierno,  científicos, negacionistas,…

Las diarias demandas profilácticas del portavoz gubernamental para combatir la pandemia quedaban desautorizadas al instante justo de finalizar la rueda de prensa, sepultadas por una saciedad de discrepancias, consejos inviables, juicios de poco valor, y demás verborrea retribuida  de la amplia corte de tertulianos agradecidos.

En las primeras semanas de pandemia en los informativos la cifra de fallecimientos diaria por pura humanidad se convertía en la noticia dolorosa del día y los medios ayudaban al consuelo con las cifras de fallecidos de otros países que evidentemente eran superiores.

Pero actualmente se han convertido en protagonistas otros datos como velocidad de contagio, riesgo de rebrote, ingresados en planta, en la UCI y los infortunados finados han pasado al cierre como mera cifra que fríamente sirve para comparar si suben o bajan respecto a la jornada anterior.

Ya no son familias destrozadas simplemente es un número de bajas. Y al finalizar la información necrológica de la jornada inesperadamente por corte puede entrar el bloque publicitario con imágenes de personas felices, sonriendo, brindando, constatando que los muertos han acabado siendo asimilados. Son un simple dato anónimo en los informativos.

Pero aún hay más. Cuando los medios durante meses habían exprimido al límite el inquietante tutorial de 24 horas la industria farmacéutica les echó un cable. Llegó el momentazo de las vacunas. Con un estilo casi futbolístico fuimos asistiendo al “una por una” radiofónico clásico en la aceptación de cada una de ellas. Tantos por cientos de inmunidad, temperaturas de conservación, las mono dosis, las de doble dosis, precios por marca, millones de unidades reservadas de cada una,…

Y de pronto, alguien, aún no se sabe con qué intención, revela  que existe un dato silenciado de casos denominados raros. Es una incidencia ínfima que no llega a una decena por millones y millones de personas vacunadas. Algo irrelevante para ciencia médica. Pero el retraso en la producción y distribución de los pedidos europeos por parte de las farmacéuticas demoró el inicio de la vacunación masiva.

La necesidad de cambiar el relato pandémico ya agotado llevo a los medios de comunicación a alargar necesariamente la utilización de los casos raros a la espera de poder empezar con el relato nuevo, fresco y optimista de la vacunación masiva. La excesiva utilización de los casos raros acabo destrozando directamente la confianza en alguna vacuna y de paso debilitó la de todas en general.

A los ciudadanos esa improvisada mini campaña publicitaria de vacunas anti Covid les activó su Yo marquista y empezaron a elegir marca de vacuna y desconfiar de las demás.

¿De verdad que nadie de ningún medio de comunicación imaginó que una mala utilización de su función en una amenaza a la salud pública podía llegar a generar la situación que han originado?

Desorientación, vulnerabilidad, indefensión, desorientación, y progresiva desconexión física y mental de todos medios de información, públicos y privados, estatales y locales. Sólo hay que mirar el índice de consumo por día y persona.

Hace algunos días que se nota una cierta intención de los medios en desactivar la desconfianza que generaron en las vacunas. Repiten tanto como pueden que son muchísimos más los beneficios que las complicaciones, dan datos que antes ocultaron para que no les estropease el titular, insisten en la reducción de los índices de contagio registrados en los países que lideran el proceso de vacunación masiva.

Hace algunos días que veo que los medios varían su política respecto a la pandemia y rectificar siempre es de sabios.

Antón Layunta
En Positivo

Escritor, dramaturgo y consultor de comunicación. Ha sido pionero en el desarrollo de técnicas publicitarias para el medio televisión y en acciones especiales para grandes marcas líderes mundiales.

 

Leer más:
La todología y los modelos poco edificantes. Jorge Dobner
El negacionismo o los antivacunas se han hecho fuertes en el ‘prime time’. Antón Losada
Nadie debería utilizar los altavoces públicos que la fama otorga gratuitamente para lanzar proclamas incendiarias. Quique Bassat
¿Cómo detectar a los falsos expertos? Teresa Baró
Los medios deciden de qué se habla y cómo se habla de lo que se habla
Sobre la televisión. Cristina Grao
Pedro y el lobo. Antón Layunta

 

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos.
Privacidad