viernes, 19 agosto 2022

Respuesta global a la desigualdad. Jorge Dobner

La pandemia del coronavirus marca un antes y después en nuestras vidas. En solo unos meses se ha extendido a casi todos los continentes, infectando a millones y matando a cientos de miles.

Se espera que el ingreso per cápita global caiga un cuatro por ciento. El Banco Mundial ha advertido que el virus podría llevar entre 40 y 60 millones de personas más a la pobreza extrema este año. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) también valora negativamente la pérdida de puestos de trabajo en los próximos meses y el coste a la economía mundial de hasta 10 mil millones de dólares.

La pandemia en definitiva expone las debilidades de todas las sociedades y la desigualdad cada vez mayor y persistente como síntoma previo, incluso antes de que estallara el COVID-19.

Que el efecto de la pandemia sobre la desigualdad se sienta durante muchos años o se consiga reducir en el tiempo dependerá de si los gobiernos de los países en desarrollo adoptan ya las medidas concertadas, tanto en el futuro inmediato, en la prestación de programas de apoyo a los ingresos a gran escala para los trabajadores más desfavorecidos como a largo plazo, en educar a sus trabajadores para que se preparen para un mundo digitalmente más avanzado y construir la infraestructura para ello.

También dependerá de cómo la comunidad internacional pueda actuar de manera unificada para proporcionar el alivio de la deuda y la financiación que tanto necesitan los países de bajos ingresos.

La pandemia debería servir para detectar los problemas del sistema que venían colapsando y poner en marcha las soluciones que tanto se habían retrasado.

Es necesario un plan de resiliencia contra la desigualdad que consiga una recuperación inclusiva. Para ello las economías y las personas deben permitir y adoptar los cambios necesarios. 

El capital, la mano de obra, las habilidades y la innovación se trasladarán a un entorno empresarial diferente, posterior a COVID. Esto hace que los trabajadores y las empresas utilicen sus habilidades e innovaciones de nuevas formas en un entorno comercial que probablemente dependa más de las conexiones electrónicas que de los viajes.

Las regiones que a causa del éxodo urbanita ya estaban despobladas son de facto una oportunidad para que las gentes regresen e instalen allí nuevas empresas. En este sentido los gobiernos deberían promover medidas fiscales, de accesibilidad y conexión digital para que la gente que lo desee se instale en estos entornos rurales y pequeños municipios.

Otro aspecto que es urgente es recuperar el dinero que se escapa en el agujero negro de los paraísos fiscales y que en estos momentos podría servir como fondo de inversión a quienes más lo necesitan y pequeñas y medianas empresas.

Desde la Unión Europea se están dando pasos hacia la armonización fiscal con un plan de reforma con el que pretende alcanzar la equidad tributaria, luchar contra el abuso fiscal y acabar con las prácticas de competencia desleal dentro de la UE.

Pero no es una cuestión única europea sino de otros paraísos a nivel mundial. En este sentido el presidente electo de Estados Unidos, Joe Biden, está pidiendo un mínimo global de impuestos de sociedades de al menos el 21%.

La cooperación internacional en materia fiscal se vuelve aún más importante ante los nuevos desafíos fiscales de la economía digital.

La reforma de los regímenes de patentes y un uso más eficaz de la inversión pública y las políticas fiscales en la investigación y el desarrollo pueden ayudar a “democratizar” el sistema de innovación para que sirva a objetivos económicos y sociales más amplios en lugar de intereses limitados de una pequeña élite de inversores.

Asimismo se debe impulsar la inversión en educación y formación, con programas más sólidos para la mejora de las competencias, la reconversión y el aprendizaje permanente de los trabajadores que respondan a los cambios en la demanda de competencias.

Es hora de llevar a cabo un plan global con la intervención de las Naciones Unidas para que los países más reacios por fin se involucren y se tomen medidas eficaces contra la injusticia fiscal. La idea es que una convención de las Naciones Unidas tome forma como herramienta única para poner fin a estos abusos de multinacionales, de ciertas élites y de grandes fortunas en eludir sus responsabilidades fiscales.

Es la hora de una mayor justicia social. Es la hora de una batalla global contra la desigualdad.

Jorge Dobner
Editor
En Positivo

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