martes, 06 diciembre 2022

La revolución cultural de la gobernanza. Jorge Dobner

El shock mundial por una pandemia va más allá de cuestiones sanitarias, aun siendo estas su principal prioridad. Pero el devenir de sus consecuencias socioconómicas también conduce a un cuestionamiento más profundo del status quo, que ha puesto más de manifestó si cabe la obsolescencia de viejas estructuras y la necesidad de reformas profundas.

Durante estos meses simultáneamente a la pandemia siguen sucediendo eventos sociales de calado como las protestas del movimiento BlackLivesMatters en Estados Unidos tras el asesinato en manos de un policía de George Floyd o las movilizaciones – especialmente de mujeres – contra las crueldades, torturas e incluso asesinatos durante el mandato del presidente autoritario de Bielorrusia, Alexandr Lukashenko.

Como opositores las protestas por la democracia en Bielorrusia están costando el empleo a académicos, artistas, profesores, obreros y periodistas de organismos públicos. Y como antes se mencionaba el nuevo papel que están cumpliendo las mujeres que se reivindican como sujetos políticos y de derechos en una sociedad bielorrusa profundamente patriarcal y sin leyes específicas contra la violencia machista en pleno siglo XXI.

Podríamos decir que estos procesos de contra poder cuentan con un nuevo empoderamiento de las minorías y parte de la población que sociológicamente enfrenta más dificultades en la igualdad de derechos y oportunidades (colectivos racializados, LGTBIQ o mujeres).

Previsiblemente estos tiempos de pandemia y post-pandemia estarán marcados por la necesidad de una nueva forma de revolución cultural de carácter pacífico para remover el sistema.

Existe un hartazgo evidente de la población sobre las continuas exigencias de sus mandatarios para pagar siempre “los platos rotos” de las sucesivas crisis y por el contrario ser conculcados sus derechos, vigilados o privados de libertades.
Se da la paradoja que aquellos líderes de corte más o menos populistas (Donald Trump, Jair Bolsonaro, Nicolás Maduro, Boris Jhonson o el propio Lukashenko), que en su día fueron ascendidos en sus países por la sociedad,, se enfrentan ahora a la misma que se rebela frente un exceso de autoritarismo, promesas incumplidas, mentiras o nefasta gestión.

Los populistas hablan como si sus promesas pudieran cumplirse, hablan y actúan unificando a la sociedad bajo un único criterio, una única voluntad, hablan en nombre de todo un pueblo. El problema es cuando el tiempo desmonta esas promesas que la mayoría de los ciudadanos esperaba.

Durante esta pandemia, cuando los problemas obligan soluciones, se está valorando – de acuerdo a los resultados de gestión- la utilidad de los liderazgos llamados eficientes, centrados en cumplir metas, lograr y demostrar resultados.
Por el contrario se desgastan los líderes mesiánicos y desnuda la mediocridad.

En su obra “La República” el filósofo Platón defendía la sofocracia como el mejor sistema. Algo así como un gobierno de los sabios, de los mejores que nuestros tiempos contemporáneos recogería de forma más similar las tecnocracias. Sobran vendedores de retórica grandilocuente y faltan técnicos con conocimientos especiales en funciones de poder.

Sorprende que haya países democráticos donde las exigencias para acceder a una plaza pública se les solicita a trabajadores de base como limpiadores, barrenderos, asistencia o servicios sean requisitos que muchos de los congresistas no llegan a cumplir.

Es cuando existe el peligro de concebir la política como medio de ascensión social y enriquecimiento patrimonial, donde no accederán los mejores sino los más oportunistas.
Se empieza a hablar de la necesidad de unos mínimos necesarios para acceder como representante en las administraciones al igual que el resto de ciudadanos debe cumplir para acceder a una plaza pública de cualquier sector.

Existen ya modelos exitosos que buscan esta excelencia volviendo al concepto de hacer política como servicio a los ciudadanos. El ejemplo sueco es paradigmático como modelo de regeneración política con un código ético exigente, donde ningún miembro del Parlamento sueco está aforado, los sueldos son modestos, los políticos con base electoral fuera de la capital viven en apartamentos para funcionarios carentes de lujos y la única autoridad que tiene un auto estatal particular es el Primer Ministro.

También es ejemplar el caso de Suiza donde ninguno de los parlamentarios vive de la política. Sus tareas legislativas se retribuyen con dietas, por la asistencia a las sesiones de las cámaras federal, cantonal o municipal. Salvo los ministros (en un gobierno reducido a ocho ministros), nadie cobra allí un sueldo ni desempeña en exclusiva labores representativas.
Esta misma semana Italia aprobaba reducir vía referéndum en 345 puestos del Senado y la Cámara de Diputados, un tercio del total

Esto es seguramente, a fuerza de la presión ciudadana cansada de la parasitación de las instituciones, uno de los siguientes pasos que puede replicarse en otros países de forma más o menos similar.

No será otra vez que los ciudadanos toleren las consecuencias de la crisis sin el esfuerzo y sacrificio de sus representantes.

Jorge Dobner
Editor
En Positivo

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