Sepamos que esta crisis pasará y aprendamos de ella. Marc Murtra

Sepamos que esta crisis pasará y aprendamos de ella. Marc Murtra

Epidemias, procreación y asociación.
Recordemos que hasta hace unos doscientos años las epidemias asolaban regularmente al ser humano, y lo hacían con consecuencias dramáticas. Fue una epidemia la que estocó a la magnífica Atenas clásica. La epidemia eliminó a la mitad de su población y por ello perdieron la guerra del Peloponeso. Atenas, que en una sola ge­neración había sido cuna de filósofos, dra­­maturgos, historiadores, políticos y escul­tores sin igual hasta el Renacimiento, no volvió a brillar.

Los atenienses no entendían el funcionamiento de las epidemias, tampoco los antiguos egipcios, judíos, chinos, árabes, bizantinos o europeos, que no tenían ninguna noción de lo que es un virus o una bacteria. Cuando la peste negra aniquiló al 40% de la población europea en el siglo XIV, muchos pensaron que se trataba de un castigo de Dios o que era obra de supuestas brujas, a las que quemaban vivas. Todo este desconocimiento, especulación, dolor y muerte recurrente sólo acabó con el advenimiento de la medicina moderna.

Porque la especulación e intuición son muy poco útiles para entender el funcionamiento de enfermedades, al igual que tampoco son útiles valorando los riesgos de la vida mo­derna. Nuestro cerebro no es capaz de distinguir entre un riesgo bajo y uno bajísimo y siempre sobrevalora aquello que es más impactante y fácil de visualizar, por eso a muchos les da miedo viajar en avión y tantas personas juegan a la lotería.

El psicólogo y premio Nobel de Economía Daniel Kahneman, siendo muy consciente de este fenómeno, explica como seguía temiendo más a los ataques terroristas que a los accidentes de coche, aun sabiendo que en Israel siempre ha habido más muertes por accidente de tráfico que por ataques terroristas.

Evolutivamente tiene sentido que nuestro cerebro funcione así. Todo lo que provocase avisos salvaba vidas, independientemente de cuántas falsas alarmas se dieran. La selección natural protegía al “yo ya lo dije” y mataba al “perdón, no pensaba que fuese importante”. En el pleistoceno, la única alarma peligrosa era la que no se daba. Es por eso que nuestro cerebro busca noticias alarmantes y se interesa por todo aquello que es diferente, anormal y espectacular e ignora la rutina, por muy fúnebre que sea. Como dice el pensador Nassim Taleb, “nuestras mentes no están diseñadas para entender cómo funciona el mundo, sino para huir del peligro y procrear”.

Es por todo esto por lo que en términos de seguridad y salud pública hay que ponerse en manos de especialistas reputados y solventes y no hacer especial caso de lo que nos dice la intuición.

Tampoco es recomendable, en un país en el que todo el mundo sabe de fútbol, escuchar con exceso a tertulianos, periodistas y tuiteros que extrapolan datos y comparan gráficos.

Son los responsables de salud pública, y los epidemiólogos reputados, los que deben tener la capacidad de actuar, drásticamente cuando lo requieren las circunstancias, y son ellos los que deben velar por encontrar el correcto equilibrio entre riesgo, actuación y consecuencias. Seamos conscientes de que no actuar cuesta vidas, pero actuar también. Esto se observó en el desastre de Fukushima, en la que nadie murió a causa de la fuga radioactiva y unas 1.300 personas murieron a causa de la evacuación.

Apoyemos y hagamos caso pues, con mesura, a los especialistas y pongámonos en manos de las autoridades, no en manos de comu­nicadores ávidos de atención. Seamos solidarios, responsables y sobrios. Seamos conscientes de que aquí no hay un libro de instrucciones, hay ciencia, rigor y personas. Seamos conscientes de que es una situación difícil, ­volátil y muy peligrosa, pero no es el apocalipsis ­zombi.

Aprovechemos también esta crisis para juzgar cuán robusto es nuestro sistema político ante un shock tan contundente. Enjuiciemos tranquilamente la preparación académica de nuestros especialistas, las estructuras organizativas de nuestro sistema sanitario y la eficacia de la administración y, cuando llegue el momento, pasemos cuentas. Pero afinemos correctamente en nuestro juicio, no sea que quememos a supuestas brujas y absolvamos a incompetentes; recordemos lo que también nos dice Nassim Taleb: “Un error no es algo que determinar después del hecho, sino a la luz de la información existente en el momento de la decisión”.

También hagamos introspección. Gobernar es una enorme responsabilidad, lo estamos viendo. Si en el pasado, nublados por la pasión, hemos votado a políticos majaderos, incompetentes e inútiles en el arte de la gestión, somos corresponsables de sus estropicios. También al revés.

Sepamos que esta crisis pasará y aprendamos de ella. Hemos visto como a todos los humanos nos une el amor de los nuestros y el miedo a la enfermedad, que lo que se hace en un lugar afecta a lo que ocurre en otro, que la corresponsabilidad es el ingrediente necesario para toda actuación transformadora y que no hay atajos.

El filósofo Edmund Burke dejó escrito: “Cuando los malvados se conjuran, los buenos deben asociarse; de lo contrario caerán uno por uno”. Los virus no son necesariamente malvados, pero sí son maléficos y lo mismo ocurre con los muchos males que nos acechan. Asociémonos, pues, en la lucha en contra de todos ellos.

Marc Murtra
Publicado en: La Vanguardia

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Lo mejor del ser humano. Jorge Dobner
Agradecimiento a todos aquellos sanitarios que están trabajando estos días en la crisis del coronavirus
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