El coronavirus devuelve a los gobernantes la oportunidad de ejercer como padres protectores. Josep Ramoneda

El coronavirus devuelve a los gobernantes la oportunidad de ejercer como padres protectores. Josep Ramoneda

De la patria a la vida.
El coronavirus permite a la política compensar el desprestigio acumulado y devuelve a los gobernantes la oportunidad de ejercer como padres protectores de una ciudadanía que se siente amenazada en su existencia

En unas sociedades que se llaman complejas parece que la realidad transformada en actualidad se sitúa inevitablemente en modo simplificación. Sin apenas darnos cuenta, en este país, hemos pasado de un monotema a otro. De una escena pública dominada obsesivamente por la cuestión catalana a la ocupación plena del escenario por el coronavirus. O sea de la cuestión patriótica a la preocupación sanitaria. De la tierra propia a la vida propia, del nosotros al yo, del sentido de grupo a la radicalidad del individuo, solo ante la precariedad de su condición.

De golpe, el miedo al virus ha borrado al procès de la actualidad y de las conversaciones cotidianas presenciales o telemáticas. Un ejemplo: los programas río de TV3 han dejado de tener al procés como protagonista para pasarse al coronavirus. Más de tres horas monotemáticas le dieron el pasado lunes un apabullante record de audiencia. ¿No da la comunicación moderna para más de un tema a la vez? Es una de las muchas preguntas que plantea esta experiencia.

Y en buena parte la clave está en la imparable actualización de la información en el universo digital que permite transmitir los acontecimientos al minuto.

Con lo cual, cuando una noticia prende en la opinión puede con todas las demás. Y prende cuando tocan cuestiones tan sensibles como las fabulaciones identitarias (nosotros y vosotros) o como el cuerpo de cada cual, que es lo único que somos. ¿Cuál será el próximo acontecimiento que desplazará al virus omnipresente?

El coronavirus incorpora además un valor añadido: permite a la política —en función de protectora de lo más preciado que tenemos, la vida— compensar el desprestigio acumulado en los últimos años por la sensación que transmite de impotencia ante los más poderosos de este mundo (los que manejan los dineros y los algoritmos).

El coronavirus devuelve a los gobernantes la oportunidad de ejercer como padres protectores de una ciudadanía que se siente amenazada en su propia existencia.

La ciudadanía se achanta cuando cunde la idea de que la vida está en juego, hasta el punto de que cualquier apunte critico es objeto de sospecha. Y, sin embargo, quedan muchos interrogantes sobre la mesa a los que habrá que dar curso. La política recupera autoridad, aunque sea precaria por estar montada sobre el miedo. Hasta nueva orden. Es decir, hasta que la angustia amaine y otro tema eche al virus de las portadas. Con el tiempo veremos las consecuencias psicológicas de la cultura del monotema: cualquier conflicto se vive con más gravedad cuando la presencia mediática desborda abrumadoramente la experiencia real.

Y, sin embargo, la vida sigue. Y hay que agradecer que Trump nos lo recuerde. Sus formas salvajes le impiden, incluso en estas circunstancias, controlar el odio y el resentimiento.

Corta los vuelos entre Estados Unidos y Europa porque, a su insano juicio, los europeos somos los culpables de que la enfermedad haya alcanzado a los ciudadanos americanos. Gracias a este exabrupto asoma por un instante lo que en otras circunstancias seria tema dominante de la actualidad: las elecciones americanas.

El coronavirus es un serio obstáculo en el camino de una reelección que Trump tenía casi asegurada por la incapacidad del partido demócrata de retarle con un adversario de envergadura.

Pero hay otras urgencias escondidas bajo la nube del coronavirus como la tragedia de los desplazados de Siria, abandonados a su suerte por la Unión Europea. Y la pugna entre Rusia y Arabia Saudí, entre Putin y Bin Salman, por el petróleo y la hegemonía en Oriente Próximo, ante la dejadez de Europa y de Estados Unidos. Y, por supuesto, el sinfín de cuestiones pendientes en la agenda del gobierno PSOE-Unidas Podemos que vive ahora en estado de suspensión por la inesperada emergencia. La situación de excepción no puede ser indefinida. O las medidas adoptadas tienen éxito en un tiempo limitado o habrá que aprender a convivir con el coronavirus. Pero en cualquier caso, en la nueva fase, sea la que sea, habrá que sacar las lecciones de esta experiencia.

Lo ha dicho el presidente Macron: “Lo que revela esta pandemia es que hay bienes y servicios que deben ser situados fuera de las leyes del mercado”. Habrá que recordarlo a todos los gobernantes el día después.

Y seria hora de que los europeos nos planteáramos seriamente que queremos hacer con Europa, porque ahora mismo hay razones para preguntarse si todavía existe.

Josep Ramoneda
Publicado en: El País

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