Willy Brandt había hecho comprender que la palabra alemán no significaba Hitler. Albino Gómez

Willy Brandt había hecho comprender que la palabra alemán no significaba Hitler. Albino Gómez

Willy Brandt, un político brillante.
El canciller que levantó a Alemania tras ser perseguido por el régimen nazi.
Dedicado casi siempre a rememorar líderes de la talla de Roosevelt, De Gaulle, Churchill, o Kennedy, no puedo negar que gracias a quien considero la más inteligente periodista y entrevistadora del siglo XX, Oriana Fallaci, pude descubrir el extraordinario valor de Willy Brandt y considerar su olvido como una gran injusticia histórica. Yo solo lo vi varias veces, más de lejos que de cerca, en el edificio de las Naciones Unidas, cuando él concurría como canciller de Alemania Federal a algunas de las Asambleas Generales anuales de ese organismo internacional.

Oriana Fallacci, que difícilmente admiraba a importantes líderes mundiales, y solo caracterizaba a muy pocos como grandes estadistas y/o grandes personas, como Indira Ghandi o Golda Meir, no en todo caso a Henry Kissinger, a quien le hizo pasar un enorme mal rato entrevistándolo, no dudó en considerar a Willy Brandt, como un gran estadista y un gran hombre.

Creo que estando cerca de la fecha de su nacimiento, en la ciudad de Lubeck ,el 18 de diciembre de 1913 –murió el 28 de julio de 2006- vale la pena compartir algunas de las opiniones de Oriana Fallaci, cuando lo entrevistara en Bonn en dos sesiones: el 28 de agosto y el 3 de septiembre de 1973. Este hijo de una joven sindicalista sin marido, que nunca reconoció ser su padre, solo hacia los trece años oyó su apellido –Herbert Ftahm-, que le sonaba a sueco o a noruego o danés. Y revela la periodista que se quedó paralizada cuando le confesó que siempre había sabido quién era su padre, que vivía aún después de la guerra, pero que tampoco había querido verle. Y agrega Fallaci que debe recordarse que la impronta de “hijo ilegítimo” lo acompañó durante toda su carrera política. De manera vergonzosa, ya que sus adversarios se sirvieron de ella incluso durante las campañas electorales.

De todos modos, para Fallaci, ya al entrevistarlo, consideraba que como líder, había sido el único gran personaje de la Europa occidental posterior a la guerra, además de subsistir el hecho de que fuera él quien durante años dirigiera una Alemania nueva, que ya no inspiraba odio o miedo y que era objeto de envidia de los demás países.

Porque entre sus méritos, había hecho comprender que la palabra alemán no significaba Hitler.

A quien combatió desde la edad de catorce años, dicho por él “con la palabra y con los puños”, hasta tener que huir para refugiarse en Escandinavia, desde donde continuó su lucha. Agrega Oriana Fallaci que no le correspondía a él, ciertamente, hincarse de rodillas en Varsovia, ante las tumbas de los judíos exterminados por el Tercer Reich. Ni tampoco le correspondía leer el salmo del perdón en Jerusalen y, sin embargo, hizo ambos emocionales gestos, que no le parecieron a Oriana Fallaci, que semejantes expresiones de solidaridad, fuesen menos importantes que su Ospolitik, su europeísmo, y su socialismo, que para ella, más que un socialismo, era tal vez, una investigación del socialismo. Pero quienes lo criticaron desde esa misma ideología, ignoraban cómo había servido a los obreros alemanes, mejor que tantas utopías, y sin cancelar la libertad, de la que hizo un verdadero culto, por lo cual fue siempre respetado. Así creció, se hizo periodista, escritor, alcalde de Berlín, canciller de Alemania Federal, y siempre con una postura absolutamente definida.

Porque fue el único jefe de Estado que se expresó siempre con la misma claridad y con la misma fuerza, contra los coroneles griegos que contra los funcionarios soviéticos que enviaban al manicomio a cuantos no compartían sus opiniones.

Sigue diciendo Oriana Fallaci, que Willy Brandt no se parecía en nada a sus connacionales, porque durante doce años fue noruego y admitió con candor, incluso con temeraria sinceridad , que aun llevaba a Noruega en la sangre. Porque no solo aprendió su cultura y su lengua prontamente, y habiendo perdido su patria encontró en Noruega su segunda patria. Finalmente, según su decir, escribía mejor en noruego que en alemán, Y solo recuperó su ciudadanía alemana en 1946. Cuenta Oriana Fallaci, que no pudo entrevistarlo a solas, porque en las dos sesiones asistió su consejero Klaus Harpprecht, el director de su oficina de prensa y su taquígrafo, que no contento con tomar apuntes, registraba toda la conversación en un magnetófono, al lado de su propia grabadora. Por eso, más que una entrevista parecía un encuentro en la cumbre, una reunión de Estado; Pero fue él quien lo quiso así, Y aunque al principio, eso le fastidió a Oriana Fallaci -muy dificil de conformar y adaptarse- luego le inspiró un profundo respeto. Porque le resultó consolador estar entre gente que –como pocas- hacía las cosas muy seriamente.

Albino Gómez
Periodista, escritor y diplomático. Premio Pluma de Honor de la Academia Nacional de Periodismo de la Argentina.

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Viejas castas, nuevas sectas
La meritocracia de la clase política
Confrontación vs. Solución

 

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