La felicidad de una persona depende de sus relaciones con las demás. Entrevista a Tal Ben-Shahar

La felicidad de una persona depende de sus relaciones con las demás. Entrevista a Tal Ben-Shahar

Tal Ben-Shahar, consultor empresarial; ha sido profesor de Psicología Positiva en Harvard.
Tengo 49 años y la convicción de que la vida es demasiado corta para tener prisa. Nací en Boston, enseñé en Harvard y voy a fundar en Nueva York una universidad para la filosofía de la felicidad. Tengo tres hijos: no les privo de las frustraciones que son su oportunidad de aprender. He disertado para los Alumni de Iese.

“La vida es buscarle su sentido”.

No hace usted autoayuda?

La misma que hacían Aristóteles y Platón hace 2.500 años. Desde entonces sólo los vamos repitiendo. Ojalá ayude a alguien esta repetición. Gracias.

¿No hemos aprendido algo nuevo?

Hemos desaprendido gran parte de lo ya demostrado. Por ejemplo, Jean Twenge y su equipo revisan la salud mental de los adolescentes americanos cada cinco años y en el último estudio los niveles de depresión se han ­disparado…

Siempre ha sido una edad difícil.

…Antes también, pero hoy se dispara por los smartphones y las pantallas tras las que los adolescentes y la mayoría de nosotros pasamos más tiempo que frente a personas. Pero, dígame:¿qué nos revela ese dato?

Usted es el psicólogo.

Lo que ya sabían los presocráticos: que la felicidad de una persona depende de sus relaciones con las demás.

¿No nos relacionamos más que nunca?

Sí, pero a través de una pantalla: sustituyendo las relaciones reales con personas de carne y hueso en el aquí y ahora por otras virtuales con gente que tal vez no llegues a ver nunca. Y eso, ya lo veremos, es condenarse a la frustración.

Hablar de la felicidad , como usted, venderá, pero es poco científico.

¿De verdad?

¿No sería más riguroso decir bienestar ?

Pues la esencia de la filosofía durante dos mil años ha sido el buen vivir, es decir, la felicidad. Yo podría decir bienestar o realización personal , pero hablo de felicidad, porque quiero hablar de felicidad, como Platón o Aristóteles.

Felicidad vende más que bienestar .

Entiendo que haya quien se canse de los charlatanes del be happy . Yo intento hablar de la ­vida bien vivida, como los clásicos.

¿Dónde lo busca?

De eso hablo; de darle contenido, propósito; de ser conscientes de su valor en cada momento y de abrazar también los momentos desagradables: dolor, tristeza, envidia… Por eso, hablo de felicidad y no de bienestar y de ­aceptar tus límites sin renunciar a superarlos. ¿Tiene hijos?

¿Tenerlos o no me haría más feliz?

Le haría más sabio aprender de los niños, pero más aún aprender con los niños. El otro día a mi hijo se le cayó su Superman de juguete por el hueco del ascensor y berreó como un poseso. Le pedí que se callara; que le compraría otro. Total, cuestan tres dólares.

¿Qué nos enseña su Superman perdido?

Que su madre supo decirle: “No te voy a comprar ningún Superman, porque este lo has perdido tú”. Berreó más, pero fue asimilando que no tendría otro. Y llegó a casa tranquilo.

Y usted se ahorró los tres dólares.

Buenos son, pero sobre todo le di a mi hijo la oportunidad de gestionar su frustración. Yo era un egoísta al comprar barato su silencio y mi tranquilidad, pero le dejaba sin su posibilidad de aprender. No hagas nunca por un niño lo que pueda hacer por sí solo.

¿Lección 1 de felicidad: sufre, sufre?

El primer paso para ser feliz es permitirte no serlo. Sólo los psicópatas y los muertos nunca son desgraciados. Permítase ser un fracaso y deprimirse, equivocarse, pifiarla… a veces.

Lo siento, pero suena a autoayuda.

Pues disfrútela, hombre. La diferencia entre estar deprimido y ser un depresivo es que el deprimido de vez en cuando se permite estarlo y aprende a gestionar sus emociones. Yo he conocido psiquiatras y psicólogos que tendían a deprimirse…

No diría yo que no sean mayoría.

Porque son y somos humanos, pero sabemos que podemos avanzar y gestionar los malos momentos, porque ya hemos superado otros.

¿No es pensamiento positivo banal?

Lo sería si fuera mera autoindulgencia. Y la diferencia es que el autoindulgente se focaliza en el placer: alcohol, sexo, drogas…

Sería muy previsible demonizarlas.

No lo haré. Es cuestión de moderarse, pero el autoindulgente se permite abusar, porque cree –en el fondo de todo pecado está la soberbia– que podrá controlarse cuando quiera. Lo mismo les pasa a quienes centran toda su existencia en el trabajo…

Permiten a otros diversificar sus vidas.

Pero no trabajan como posesos para ayudar, sino también por soberbia; por sentirse imprescindibles. Nos amenazan con su jubilación y cuando al fin se jubilan nadie les echa en falta y ellos se mueren de aburrimiento.

¿Por qué lo que amamos nos mata?

Porque no lo amamos por su sentido, por los demás, sino por nuestra obsesión. Y la vida es buscarle su sentido. Y, sin embargo, nos dejamos llevar por los impulsos, aturdidos de un lado a otro sin saber qué es urgente, qué es importante y qué le da sentido de verdad a cuanto hacemos.

Defina sentido.

Podemos dar sentido a la vida por tres vías: las relaciones con los demás; el trabajo que hacemos para los demás; o el sufrimiento y las penalidades a las que damos sentido para ayudar a los demás.

Tres vías y un sentido
Ben-Shahar lleva en la ­maleta el Walden de Thoreau, porque aquellos dos años solitarios del filósofo junto al lago demuestran que el único modo de perder el tiempo es tener prisa. Y a él le encanta memorizarlo en las colas de los aeropuertos, porque le relaja darse cuenta de que toda urgencia es imaginaria. Su otra fuente de consolación es El hombre en busca de sentido de Viktor Frankl, porque los supervivientes de Auschwitz le recuerdan las tres vías ­para darle sentido a nuestro paso por este mundo: “Las relaciones con los demás; el trabajo que ha­cemos por los demás, y el sufrimiento y las pena­lidades que son horribles sin ­propósito, pero dejan de serlo cuando los asumimos para ayudar a otras personas”.

Lluis Amiguet
Publicado en: La Vanguardia

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Permitirnos ser felices. Jorge Dobner
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