El virus de la grieta se ha globalizado

El virus de la grieta se ha globalizado

El virus de la grieta se globaliza a toda velocidad.
Lo primero fue el desconcierto. Siguieron el miedo y la rabia. Antes de que las democracias liberales alcanzaran a articular una reacción, la tormenta del populismo se abatió sobre el mundo hasta dejarlo por momentos irreconocible.

De izquierda o de derecha, de los países en desarrollo a las grandes potencias, el poder sucumbe a los profesionales de la división y las respuestas fáciles, mientras el debate político se degrada en el altar de la inmediatez y la repetición, sin apenas recorrido intelectual y una plasticidad ideológica desconcertante.

El virus de la grieta se ha globalizado a un ritmo que hubiera parecido una distopía al empezar la década que está terminando. Después de su temprana expresión latinoamericana (el chavismo en Venezuela, Evo Morales en Bolivia, el kirchnerismo cristinista), la ola se difundió hacia el mundo desarrollado. Cinco años atrás la irrupción de la izquierda radical de Syriza en Grecia y su émulo español, Podemos, convivió con el auge de la ultraderecha xenófoba de Marine Le Pen, en Francia, y de Geert Wilders, en Holanda. Fueron las primeras alertas.

Hugo Chávez protagonizó, con Lula, Correa, los Kirchner, Evo Morales, el auge populista en América latina, precursor de la ola global. Su delfín, Nicolás Maduro, convirtió la Venezuela chavista, vendida por la izquierda como una historia de éxito, en una de las mayores catástrofes humanitarias de la historia.
El tsunami apenas se dejó ver. En Gran Bretaña, la democracia más antigua del planeta acelera desde 2016 en la cruzada aislacionista del Brexit, ahora con el extravagante Boris Johnson al volante. Al año siguiente la primera potencia mundial quedó al mando de Donald Trump, con su cóctel de nacionalismo racial y desparpajo autoritario. El ultranacionalista Matteo Salvini empuja a Italia a la fractura y el resentimiento. España suma millas de desgobierno, afectada por la mezcla corrosiva del independentismo catalán radicalizado y los neofascistas de Vox. Alemania sigue azorada por la paulatina consolidación de los ultras de AfD. En el Este europeo el extremismo divisorio gobierna en Hungría y Polonia. La sombra del inamovible Vladimir Putin planea detrás de cada nuevo embate contra las democracias liberales.

América Latina tiembla. Jair Bolsonaro ensaya su versión del populismo evangelista, ultranacionalista y militarista. Cristina Kirchner resurge, ahora como vicepresidenta, con un discurso renovado de “ellos contra nosotros”. Arden las calles de Santiago, Bogotá, Quito. El golpe en Bolivia sacó a la luz las fisuras con raíces raciales de una sociedad que vivió 14 años en la apariencia de estabilidad de Evo Morales.

Un activismo tan entusiasta como radical va en aumento. Movimientos sin rostro surgidos de las redes sociales derivan en fenómenos incontrolables, como los “chalecos amarillos” que destruyeron París durante semanas en oposición a medidas del liberal Emmanuel Macron.

El hilo que une a los distintos populismos es el rechazo al proceso de globalización, con la ilusión vana de que podrán detener sus consecuencias. Unos rechazan el aspecto económico -el poder de los mercados financieros-; otros, el cultural –la inmigración-.


Es temporada de vendedores de soluciones simples. Sus métodos se van estandarizando: al populista se lo reconoce porque busca la complicidad del “pueblo” en lugar de hablarle a la ciudadanía. Salta a la vista por su aspiración a polarizar a la sociedad en dos grupos antagónicos, a señalar enemigos a los que les atribuye los males que él se ofrece a combatir. Suelen odiar a los medios de comunicación; prefieren el confort de la burbuja de información de las redes sociales, capaz de convertirse en un eficaz factor de radicalización.

GLOSARIO
Ellos/nosotros. El siglo de la polarización, de la grieta. A partir de la necesidad de elegir irreparablemente “un bando u otro”, el eje del debate público pierde la posibilidad de consenso.
Pueblo. No hay populismo sin la figura del hombre providencial que supuestamente resolverá, de una buena vez por todas, los problemas del “verdadero pueblo”, que se contrapone a la “élite corrupta”.
Lawfare. La necesidad constante de apuntar el dedo hacia un “oponente” deriva en un uso abusivo de los procedimientos legales nacionales e internacionales con el fin de provocar repudio popular en su contra.
Inmigrante. La suposición de un “ellos” engendra la construcción del enemigo. Pero mientras muchos países cierran sus fronteras a la inmigración, otras economías la necesitan para asegurar su futuro.
Dios. “Brasil encima de todo, Dios encima de todo”. Los líderes populistas, como Bolsonaro y Trump, se nutren del lenguaje de carácter religioso para convertirse en una suerte de “guías espirituales” de sus “seguidores” o “fieles”.
Twitter. Inmediatez, alcance y horizontalidad. De ser un canal concebido para actualizaciones personales ha pasado a ser el medio predilecto de los líderes mundiales y la concertación política.

Publicado en: La Nación

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