La celeridad con que vivimos es indicio de la ansiedad que nos devora. Santiago Kovadloff

La celeridad con que vivimos es indicio de la ansiedad que nos devora. Santiago Kovadloff

La intolerancia a la espera, el desvelo ante lo que puede tardar.
Gracias a la tecnología digital, para muchos la más mínima demora en todo se ha vuelto intolerable; la celeridad con que vivimos es indicio de la ansiedad que nos devora.

Quienes están reñidos con la paciencia subestiman los procesos de comprensión y desarrollo que exigen tiempo, persistencia, tolerancia a la frustración. No tienen aptitud para la espera.

En la historia de nuestra especie, el hombre sedentario, el que se afinca, es aquel que se ha liberado, al menos en aspectos esenciales, de los apremios que imponen la necesidad de soluciones inmediatas y las demandas perentorias. Es el que aprendió a prever, a conocer el contrapunto fecundo de las estaciones; el que ha descubierto que ellas se van para volver.

A diferencia del hombre sedentario, el animal solo sabe habitar el instante. Lo suyo es pura actualidad. No conoce la sucesión complementaria de las horas.

La tecnología digital promueve en el hombre una marcada intolerancia a la espera. Facilita, incluso, su identificación con un obstáculo del que cabe liberarse. Toda distancia entre el deseo y su inmediato cumplimiento se configura, en buena parte de la sensibilidad contemporánea, como una frustración inaceptable.

El lenguaje sintético y cada vez más figurativo al que fuerzan las pantallas digitales nos genera impaciencia en el trato con textos de más de un párrafo. La lectura, si lo excede, fatiga a una inquietante mayoría.

El cuerpo, no obstante y al igual que la tierra, no transige e impone sus ciclos. La mujer y el campesino lo saben. Lo sabe quien se ve envejecer.

Cuando se está abierto a la creación es frecuente que se lo sepa estar también a las exigencias de la espera. Rainer Maria Rilke compuso sus Elegías de Duino a lo largo de una década. Quince años invirtió Baruch Spinoza en componer su Ética.

Quien esté familiarizado con tales alegrías y desvelos lo estará igualmente con la espera, con el camino sinuoso, extenso, contradictorio e incierto de la composición. Solo la inexperiencia o la frivolidad conciben como inaceptables esos vaivenes. Solo ellas olvidan que lo que se busca, tarda en irrumpir como fruto sazonado. El apremio y la ansiedad jamás lo entregan.

Hay órdenes en los cuales hoy ya es posible esa contigüidad poco menos que prodigiosa entre el deseo y su inmediata realización y con la que no puede sino complacerse la impaciencia. A tal punto se han extendido su demanda y su cumplimiento, gracias a la tecnología digital, que para muchos la más mínima demora en todo se ha vuelto intolerable: ante un semáforo, en una fila, al aguardar un ascensor, en la aparente espera impuesta a quien requiere acuse recibo inmediato de un correo electrónico aun cuando su contenido no lo exija.

El célebre “carpe diem” horaciano no disimula la impaciencia y el desconsuelo que genera en nosotros el hecho de ser tiempo.

La actual caída de valores impuestos desde hace mucho, así como el derrumbe de la confianza en el porvenir, la previsibilidad razonable del presente y la convicción de que el diálogo con el pasado guarda fecundidad, han precipitado a las sociedades más desarrolladas (y ni qué decir a las que no lo son) en la búsqueda impaciente de redenciones prêt-à-porter capaces, se estima, de desarraigar del espíritu la desolación tan características de esta hora. A ello, el ensayista y novelista Alessandro Baricco añadió un interrogante: “Desmantelar nuestra capacidad de paciencia, esfuerzo, lentitud, ¿no acabará produciendo generaciones incapaces de resistir los reveses del destino o incluso la mera violencia inevitable de cualquier sino?”

Pero es cierto, asimismo, que hay una impaciencia juvenil plenamente justificada frente a las generaciones adultas que les roban el futuro al promover cínicamente el calentamiento global. Quienes se enriquecen con el empobrecimiento progresivo de la Tierra son filicidas. Aprontan para sus hijos un mundo desolado. Siembran miseria y violencia y errancia sin fin entre los que se ven obligados a vagar por la Tierra tras haber perdido sus hogares bajo las aguas o en sequías devastadoras.

No diría de mí que soy un adicto al trabajo. Sin embargo, los días sin tarea me impacientan. Encuentro alegría en el ejercicio diario de mi enseñanza, leyendo o rehaciendo durante horas páginas como esta u otras que aspiran a merecer el nombre de poema o ensayo. Allí, en cualquiera de esos escenarios vocacionales, mi impaciencia se desintegra y el tiempo, al perder su fuerza opresiva, gana en mí el ritmo bienhechor de lo pausado.

Así como otros disfrutan de la luz de los días del verano, yo disfruto de sus noches. En ellas se apaga, para mí, toda ansiedad. Bajo sus cielos suaves, cálidos y estrellados aflora, como una ofrenda amigable, el enigma de nuestra presencia en el mundo. Ser testigos y protagonistas de semejante armonía y misterio suele desbaratar en mí toda impaciencia.

Recuerdo haber leído que Leonardo da Vinci, ya viejo y presintiendo su fin, se impacientaba por desconocer el día y la hora en que habría de morir. Por absurda que parezca, ¿cómo no comprender esa ansiedad en un proveedor de anticipaciones como él? Las aspiraciones de su imaginación sin fronteras se mortificaban al chocar contra un límite que a cualquiera de nosotros nos parecería más que atendible.

Vladimir y Estragón, proverbiales personajes de Samuel Beckett, son ejemplos extremos, patéticos, de figuras consumidas por la impaciencia al aguardar a quien tanto esperan y no llega. Una impaciencia tan intensa y descontrolada que los induce a creer y a hacernos creer que han confundido el lugar convenido para la cita con Godot. O que acaso no se encuentran donde quedaron en verse. O que aún no quedaron en verse y ellos presumen que sí. O que no sepan reconocerlo cuando aparezca.

La exaltación social y la promoción publicitaria de la que goza la celeridad con que vivimos es, más que un signo de la eficacia con que procedemos, un indicio mayor de la ansiedad que nos devora. Y, dicho sea de paso, no es nada fácil trazar una frontera nítida entre impaciencia y ansiedad. Si no hay homologación entre ellas es seguro que hay contigüidad. Tanto sus rasgos como sus causas, cuando no se confunden, se dejan ver entrelazadas.

Muchas veces buscamos extenuar nuestra sensibilidad mediante la rapidez con que procedemos. Rapidez en la acción, rapidez en la observación. Ocuparnos sucesivamente con esto y aquello. Que no haya margen para un lúcido recogimiento. La contemplación ha pasado a ser un exotismo de ascetas, cuando no de monjes de clausura y espíritus subordinados a la melancolía.

Las imágenes con que nos acosan los mensajes publicitarios se suceden a una velocidad apabullante. Nada en ellas dura más que un par de segundos. Se lo apuesta todo a la eficacia incisiva de lo instantáneo. Lo pausado en la transmisión de un contenido está identificado con la ineficacia comunicacional. Genera, en suma, impaciencia.

Filippo Tommaso Marinetti y Álvaro de Campos, heterónimo de Fernando Pessoa, supieron llevar a la poesía de los primeros años del siglo XX la ebriedad de la aceleración creciente y el fragor de las máquinas en marcha. Cada uno a su modo buscó la expresión del vértigo y, a la vez, de la angustia y la impaciencia generadas por lo fugaz e instantáneo; la ausencia, en suma, de cualquier otro valor más allá de la intensidad nacida de la exaltación del desenfreno.

Con aquellos dirigentes políticos con cuya gestión no acuerda pero que han sido legítimamente elegidos para su desempeño en el Estado, como el presidente brasileño Jair Bolsonaro, Fernando Henrique Cardoso, emblema de la democracia sudamericana, recomienda tener lo que él llama “paciencia histórica”. Los argentinos sabemos de qué habla. Sabemos adónde conduce la impaciencia histórica. Los golpes de Estado, para limitarme a un único ejemplo, envilecieron la política. Y esa impaciencia no condujo sino a más impaciencia y a más descrédito de nuestras instituciones.

Cuando, en diciembre del año en curso, nuestro actual presidente finalice su período de gobierno se habrá quebrantado una nefasta costumbre de más de siete décadas: la de los gobernantes no peronistas que no han podido completar sus mandatos constitucionales. En medio de tantos males que perduran en la Argentina, será un signo de “paciencia histórica” y de indispensable sensatez.

Si usualmente la impaciencia triunfa donde la república fracasa, tal vez el fin de este año 19 nos traiga la evidencia de que no en todo ella se ha quedado con la victoria.

Santiago Kovadloff
Ensayista, poeta, traductor de literatura de lengua portuguesa y autor de relatos para niños argentino.
Publicado en: La Nación

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