El conflicto social des­borda la capa­cidad re­formista de la democracia liberal. José María Lassalle

El conflicto social des­borda la capa­cidad re­formista de la democracia liberal. José María Lassalle

Democracia ‘jokerizada’.
Hace 30 años cayó el muro de Berlín bajo el peso de la opresión que soportaba. El liberalismo y la democracia se encaramaron entonces sobre los cascotes del comunismo y una explosión de júbilo colectivo proclamó el fin de la historia. La ilusión que trajo la derrota del totalitarismo soviético devolvió a la libertad su fertilidad tras décadas de guerra fría. Después, llegaron el 11-S, la guerra de Irak, la invasión de Afganistán, el yihadismo global, la crisis económica y financiera, la digitalización siliconizada del capitalismo y la desolación climática.

Un suma y sigue de contrariedades que han desatado las furias del populismo y la antipolítica en todo Occidente.

Hasta el punto de que la credibilidad de la democracia liberal sufre, en estos momentos, una deuda de desconfianza tan grande que tiene que pagar todos los días intereses leoninos de malestar y miedo que percuten sobre una ciudadanía que está cada vez más dispuesta a abrazar el orden y la seguridad al precio que sea.

El balance de la beli­gerancia populista car­come la fortaleza legitimadora de la democracia. La arrincona y asedia, pre­sionada por una ira po­pular que tira piedras contra la instituciona­lidad y arroja cócteles molotov contra el relato de la modernidad.

El conflicto social des­borda la capa­cidad re­formista de la democracia liberal. Lo más alarmante es que esta se ve cuestio­nada por quienes más la defendieron históricamente: las clases medias.

Un fenó­meno que desemboca en una ira reaccio­naria que nace del resen­timiento de sentirse proletarizadas emocio­nalmente por una desigualdad que ha rena­cido cualitativamente y que se ha cebado en ellas.

La deserción de las clases medias de la moderación y su entrega a la ira que alimenta el populismo reaccionario es consecuencia de varios factores, todos ellos relacionados con la transformación digital del modelo económico y el paulatino colapso de sus ingresos reales.

Un fenómeno inquietante sobre el que previno Obama en su discurso de despedida presidencial en el 2016, cuando sostuvo que la robotización y la inteligencia artificial ponían en riesgo el 60% del empleo en Estados Unidos. El debilitamiento del estatus de la clase media se nota sobre todo en la relativización del peso de las rentas del trabajo en el PIB de las economías desarrolladas y, asociado a ello, en la privación de oportunidades de ascenso social que proporcionan la educación y el ahorro. Algo que mina la confianza en el progreso y en el futuro de las clases medias al constatar en la piel de las generaciones más jóvenes la proletarización de sus expectativas de vida.

La experiencia cualitativa de la desigualdad, más que la desigualdad misma en términos cuantitativos, es lo que está desestabilizando el pacto social que cimentó el Estado de bienestar.

La revolución digital está rompiendo las costuras de serenidad y la aceptación del sistema democrático que manifestaban las clases medias y las clases trabajadoras cualificadas. La inteligencia artificial y la robótica incrementan la competitividad económica mediante la automatización pero a cambio de que las rentas del trabajo caigan. De este modo, se ha aplazado el reto del desempleo tecnológico, pero sin neutralizar la inquietud que produce su amenaza. Esta circunstancia es lo que provoca la desafección de las clases medias al transformar su inquietud en ira. Algo que tiene que ver con la constatación de que se reduce su poder adquisitivo y se frustra la promoción de la movilidad social.

La democracia se jokeriza . El relato que dibuja Todd Phillips y que protagoniza Joaquin Phoenix en Joker ayuda a adjetivar plásticamente el fenómeno al que nos enfrentamos. Estamos ante la resignificación del mito del desorden. Un mito que, como plantea Georges Balandier, acompaña los momentos en que “una fractura rompe el acuerdo del hombre con la sociedad y la cultura, cuando toma forma el proyecto de un nuevo comienzo, de una re-creación por la cual todo se encuentra en juego: las relaciones de los hombres con las potencias que los dominan y sus relaciones mutuas”.

Precisamente, la desigualdad cualitativa que proyecta la digitalización uberizada del capitalismo explica que el 10% de la población norteamericana acumule el 50% de la renta. Aquí reside, precisamente, esa percepción de fractura igualitaria de la democracia que se transforma en una experiencia emocional que hace del voto una venganza antisistema. Es entonces cuando la democracia se jokeriza y muta la ira en una búsqueda de orden que nivele a todos bajo un poder irresistible.

La causa del fenómeno hay que buscarla en que la democracia y la desigualdad, por principio, no encajan bien. El relato de legitimidad que fundamenta el gobierno basado en un hombre, un voto, no gestiona bien situaciones de desigualdad material que desmienten ostensiblemente ese principio político.

Tocqueville lo sabía bien. Lo advirtió semanas antes de que estallara la revolución de 1848. Entonces, previno al gobierno de Luis Felipe de Or­leans de que dormía sobre un volcán. Las clases obreras, decía, estaban inquietas y tensas. Algo que se palpaba en las calles, en los cafés, en las conversaciones. La gente se quejaba y se enfadaba con la política organizada y con el gobierno. Este, enfrascado en el soliloquio de gobernar, no escuchaba las emociones que crecían en el corazón de las clases más desfavorecidas. De ahí que preguntara a los ministros en la Asamblea Nacional francesa: “¿No oís cómo repiten sin descanso que cuanto está por encima de ellas es incapaz e indigno de gobernarlas; que la división de bienes llevada a cabo hasta el presente en el mundo es injusta; que la propiedad reposa sobre bases inicuas?”.

Unas semanas después vino el desenlace. La ira contenida se llevó por delante la monarquía liberal que había sido aclamada en 1830. Lo hizo una ola de ira social que canalizó la revolución hacia el orden de una democracia populista que fue bautizada como cesarismo bonapartista. El populismo se hizo dictadura por aclamación de unas clases populares que resolvieron su ira e impotencia bajo la forma de una obediencia igualitaria.

Algo que vuelve a ser hoy en día una posibilidad de la mano de una democracia jokerizada que transforma la ira de las clases medias en el anhelo resentido de una dictadura.

Una posibilidad que puede hacerse real si finalmente la barbarie populista rompe la delgada línea roja de resistencia liberal que todavía nos protege institucionalmente a pesar de las bajas que se producen en sus filas y que no pueden reponerse en medio de su fatigada resistencia.

José María Lassalle
Publicado en: La Vanguardia

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