Disparate de género. Anton Layunta

Disparate de género. Anton Layunta

¿El feminismo y el machismo son las caras opuestas de un mismo error histórico?

La Tierra no era plana. El Sol no orbitaba alrededor de ella. Disparates grandes. Disparates pequeños. Errores en definitiva que generan sin razón hasta ser rebatidos y rectificados. La corrección irrefutable de disparates atávicos nos va permitiendo avanzar en la comprensión del Universo real que nos acoge y, en consecuencia, nos obliga a ir replanteándonos lo que somos y lo que es razonable esperar por ello.

No siempre los disparates provienen del desconocimiento de nuestros ancestros. De aquellos tiempos en los que sólo era evidente lo que era visible. Existen también disparates modernos. Barbaridades que nunca antes se habían suscitado y la mentalidad humana desacertadamente concibió y normalizó.

Según escribe Robert Briffault en su libro The Mothers, “En el primigenio relato el derecho natural fue el materno. La enraizada promiscuidad imposibilitaba la comprensión de la paternidad”. Dicho de otra forma, al principio, cuando sólo era evidente lo que era visible, que nacía un ser vivo, cuando aun no se relacionaba el hecho por el que ello sucedía, la figura del padre ni existía ni se la esperaba.

La escritora Carol Paterman en su libro El Contrato Sexual, sitúa en apenas unos doce mil años, parece que por la antigua Mesopotamia, el momento en el que la dual intervención corporal en un proceso de reproducción humana empezó a dejar de ser una simple singularidad biológica reproductiva. Alguien propició su reconversión en dos identidades sociales diferenciadas y contrapuestas.

Fue a partir de entonces que la recién aparecida paternidad fue introduciendo el disparate de género y paulatinamente impuso el contranatural derecho patriarcal.
Para garantizar “que el hijo fuese del padre” se aplicó un cambio restrictivo en la convivencia. La promiscuidad pasó a estar mal considerada. El hasta entonces natural proceder se substituyó por normas de conducta definidas por hombres en contra de la libertad de las mujeres.

Estas dejaron de ser personas para convertirse en una extensión externa del aparato reproductor del hombre. Y, finalmente, la recién aparecida paternidad terminó vinculando todos estos hechos improcedentes al origen de lo que entendemos por Civilización. Este es un perfecto ejemplo de disparate moderno. El paso del tiempo lo ha sedimentado y normalizado masivamente. A día de hoy parece imposible liberarse de él.

Es una imposición patriarcal que en este mismo instante seguro que continua provocando injusticia, dolor y muerte.

Si hace doce mil años intuir cual podía haber sido el paso previo a un nacimiento indujo a que el disparate de género suplantase al derecho natural legítimo, el materno, el que en el principio de los tiempos había dispuesto la Naturaleza, hoy, gracias al avance científico, no sólo conocemos minuciosamente los pasos previos a un nacimiento, disponemos además de un dato nuevo, conciso, que nos debería abrir la mente a una obviada realidad desde la que el disparate de género no es más que lo que realmente es; absoluta ignorancia.

El electroencefalograma es un medidor neurofisiológico de la actividad eléctrica en el cerebro. Se certifica la muerte de una persona cuando, habiendo dejado de respirar y cesado los latidos del corazón, un electroencefalograma constata que en el cerebro del finado ya no se detecta actividad eléctrica alguna. Actividad eléctrica.

Imaginemos por un instante que la vida fuese sólo eso; actividad eléctrica. Energía perecederamente alojada en una diversidad de formatos acuosos de los reinos vegetal y animal que a partir de ahora podríamos definir como una diversidad de pilas anfitrionas biodegradables.

En ese paradigma imaginario sería lógico empezar por establecer un principio radical; la identidad genuina de cualquier forma de vida siempre emana de su primigenia actividad eléctrica. Sin esta imprescindible aportación inicial la naturaleza biológica de la pila anfitriona jamás llegaría a experimentar la ilusión de estar viva.

Ser actividad eléctrica no sólo nos permitiría rebatir el disparate de género, también nos permitiría desligarnos conscientemente de la efímera realidad orgánica que vive nuestra pila anfitriona hasta su biodegradación. Por ello, quien no es un cuerpo, quien únicamente es energía alojada temporalmente en uno, objetivamente no puede ser ni padre ni madre, ni hombre ni mujer. Porque la actividad eléctrica no nace ni muere. Únicamente se transforma.

Admitiendo esta realidad constatable, dejaría de ser indispensable identificarnos con la aleatoria función reproductora de la pila que nos aloja. Nos liberaría del disparate que significa haber definido como normal, natural, sana, legal,… únicamente la heterosexualidad, tipificando como aberración, enfermedad, pecado, delito, amoralidad,… cualquier otra forma de expresión sexual que no sea la precisa para la reproducción de las pilas biodegradables.

Convenir que somos actividad eléctrica nos ayudaría a superar el disparate que significó socializar lo biológico y biologizar lo social. Nos liberaría del tirano paradigma de la realidad biológica, la que no existe sin alojar previamente actividad eléctrica. Ínfima expresión esta del poderoso y macroscópico electromagnetismo.

Una de las cuatro fuerzas fundamentales que rigen el Universo en general y la materia atómica en particular, a la que pertenecen todos los formatos individualizados de pilas biodegradables, incluido el formato humano. Pensemos que del electromagnetismo desconocemos mucho más de lo que sabemos.

No sería más difícil que cuando se consiguió que se reconociera que la Tierra no era plana o que el Sol no giraba alrededor de nuestro ignorante mundo. De nuevo rectificar históricamente pondría fin a la sinrazón del disparate de género.

Anton Layunta
Escritor

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