Chile: refundación o caos. Ya. Manuel Castells

Chile: refundación o caos. Ya. Manuel Castells

Chile reclama dignidad.
Los cientos de miles de manifestantes que desde el 18 de octubre ocupan las calles claman: “¡Chile despertó!”. Y exigen respeto a su dignidad. Ahí estuve. ¿De qué despertó? De la fantasía de una bonanza medida en crecimiento del PIB per cápita, cuando las cápitas del 1% de la población detentan el 27% de la riqueza y cuando la sanidad, la educación, el transporte y las pensiones están mayoritariamente priva­tizados, de modo que los bajos salarios no cubren las cotizaciones para jubilación ­mínima y servicios básicos.

Despertó de un consumismo cebado con créditos impa­gables. Despertó de centros comerciales donde la clase media alta emulaba modas estadounidenses mientras la mayoría apenas podía pagar una vivienda decente o educar a sus hijos.

Hubo progreso social en el Chile democrático, sobre todo en la administración de Ricardo Lagos (2000-2006), como documenté en mi libro comparativo del modelo Pinochet y el modelo democrático. Pero la mejora fue relativa a la situación en la dictadura, donde la mitad de la población vivía en pobreza y el acceso a la universidad era un privilegio. Durante largo tiempo, el temor a la involución política moderó las demandas sociales y mantuvo un crecimiento basado en el libre mercado, con una fiscalidad regresiva. Los temores no eran infundados. La Constitución atribuía al dictador la jefatura del ejército y aseguraba senadores vitalicios que protegían los intereses de la oligarquía económica. Sólo en el 2000 se empezaron a desmontar los mecanismos antidemocráticos de la Constitución, emprendiendo una profesionalización y despolitización de las fuerzas armadas.

Pero fueron los movimientos sociales de estudiantes, sobre todo en el 2011, los que consiguieron una reforma educativa que respondiera a las demandas de las clases populares. Y fue la sociedad civil, los periodistas y los jueces los que fueron exponiendo los crímenes de la dictadura y la corrupción personal del dictador. Sin embargo, la desigualdad social, aun disminuyendo, siguió siendo extrema, junto a la precariedad laboral y los bajos salarios.

El modelo chileno neoliberal se basó en la contención de demandas sociales, canalizadas hacia un mercado que endeudó a la mayoría y negó una vida digna a millones. De ahí el reclamo de dignidad, exactamente la misma palabra utilizada por todos los movimientos sociales desde el 2010: indignados .

Afirmar la dignidad es exigir respeto de derechos básicos para la subsistencia, pero es también rechazo al desprecio con que muchos ciudadanos se sienten tratados por las élites. Las nuevas generaciones, más educadas, mejor informadas, comunicadas digitalmente, perdieron el miedo y exigieron respeto.

Como en múltiples puntos del planeta, una chispa podía encender la pradera. Fue la subida del metro, que motivó una evasión masiva del pago por estudiantes de secundaria. No para ellos (tienen bono de transporte) sino para sus padres, que apenas podían pagar su educación. El cierre del metro y la represión policial ampliaron la protesta. Y cuando Piñera declaró que estaba en guerra y sacó el ejército a la calle, el general en jefe dijo que él no estaba en guerra con nadie. La retirada del ejército fue cubierta por los carabineros, cuyo abuso de derechos humanos ha sido denunciado por organismos internacionales. Varios muertos, 2.000 heridos, 16.000 detenidos, 900 encarce­lados. Múltiples ojos reventados. Abusos a adolescentes. Perdigonadas a niñas dentro de su escuela. La violencia generó violencia por parte de sectores de manifestantes. Con saqueos o incendios de edificios simbólicos, desde Telefónica hasta universidades privadas. Hubo intentos de atacar el Costanera Center, el edificio más alto de Santiago. Por ser símbolo del consumismo y por ser el lugar utilizado para el suicidio por ancianos sin recursos. La defensa de las pensiones de sus abuelos es tema recurrente en muchos jóvenes. Hubo incendios coordinados de estaciones de metro en Santiago y quema de iglesias, edificios públicos y viviendas en Valparaíso. Y múltiples saqueos de supermercados. No hay duda de que grupos organizados aprovecharon la protesta para sembrar el caos. ¿Quiénes? Hay evidencia de la participación de bandas de narcos. ¿Quiénes y para qué los utilizan? Una cuestión que investigar.

Pese a la violencia, el 79% de la población apoyó las movilizaciones. Añadiendo a las demandas sociales una reivindicación política: abrogar la Constitución de Pinochet y abrir un proceso constituyente con amplia participación ciudadana.

Los municipios se situaron al frente de esta petición. Y los partidos políticos llegaron a un acuerdo. Aunque el izquierdista Frente Amplio se dividió en ese acuerdo. El proceso propuesto es complejo: abril del 2020, plebiscito para decidir si se anula la Constitución actual y si se hace una convención constitucional o mixta de parlamentarios y delegados; octubre del 2020, se elegirían delegados, que tendrían un año para hacer una Constitución, aprobando cada artículo por dos tercios; en el 2022, un plebiscito debería aprobar la Constitución y luego recibir refrendo del Congreso. Es dudoso que la sociedad chilena aguante tanto tiempo. Reformas sociales, primero pensiones, son urgentes.

Mientras, los mapuches se movilizan en el sur y las ciudades continúan ardiendo. Y es que las élites, en Chile y en el mundo, no entienden que se les acabó el tiempo. Es refundación o caos. Ya.

Manuel Castells
Publicado en: La Vanguardia

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