La búsqueda de acuerdos para mejorar la vida de la gente. Manuel Castells

La búsqueda de acuerdos para mejorar la vida de la gente. Manuel Castells

Fórmula portuguesa 2.0
Portugal está de moda en Europa y en España. Tras pasar por una crisis profunda como resultado de las políticas de austeridad impuestas por Alemania a cambio de su rescate financiero, a partir del 2016 la economía empezó a crecer, al tiempo que mejoraban salarios, pensiones y gasto social, reduciéndose la pobreza significativamente. Todo ello apoyado en una estabilidad política construida a partir de las elecciones del 2015 con una fórmula inédita en Europa.

Una fórmula que siempre fascinó a Pedro Sánchez y que tal vez anuncie otras experiencias similares de esquemas de cooperación entre centroizquierda e izquierda. Los datos económicos corroboran la bondad de los resultados, aunque con matices menos triunfalistas.

En los últimos tres años Portugal pasó del decrecimiento a un crecimiento medio del 2,7%, superior a la media de la zona euro, y el paro bajó del 12,5% al 6,2%. El déficit público cayó del 3% del PIB al 0,2%. Inversiones y exportaciones crecieron en torno a un 20% y fueron motor del crecimiento.

En la base de ese crecimiento hubo políticas de gobierno, en particular nuevas políticas de financiación al emprendimiento, programas de innovación y de ­formación, así como incentivos fiscales que atrajeron inversores y empresas tecnoló­gicas, como Google, que crearon 40.000 empleos cualificados. El turismo aumentó un 45%. Sin embargo, hay componentes del modelo que lo hacen problemático a medio plazo. El Gobierno imitó la política estadounidense de ofrecer residencia y desgravación fiscal sustancial a quienes invirtieran medio millón de euros. Buena parte de esos fondos fueron a la inversión inmobiliaria. Así es como Portugal y en particular Lisboa se han convertido en el nuevo hogar de numerosas celebridades enamoradas de la belleza y cultura de ese país. Y de la subvaloración de activos durante la crisis, sobre todo inmuebles. El resultado ha sido una burbuja inmobiliaria que, además de expulsar a muchos jóvenes del corazón de las ciudades, estallará algún día como todas las burbujas.

Menos conocida es la compra por parte del capital extranjero, sobre todo chino, de empresas de infraestructuras urbanas tales como agua, electricidad, transporte e instalaciones portuarias, sobre todo en Lisboa. Pero es la conversión parcial de Portugal en una especie de paraíso fiscal legal para ­inversiones financieras (no como Panamá, sino como Luxemburgo) lo que tiene muy nerviosos a los gobiernos europeos, que ven una posible espiral a la baja del nivel de ­imposición. Argumentos no faltan al Gobierno portugués para defender la necesidad de revertir la tendencia destructiva de la economía mediante incentivos fiscales al capital que puedan atraer inversión inmediata mientras surten efecto políticas de medio plazo en innovación, tecnología y formación.

El margen de maniobra con el que contó el Gobierno tuvo como componente esencial la alianza estratégica entre la orientación socialdemócrata de António Costa, rescatando al Partido Socialista de su postración, y la extrema izquierda, representada por el Bloque de Izquierda (creado a partir del movimiento estudiantil y grupos izquierdistas) y por el Partido Comunista (coaligado con Los Verdes), mediante un acuerdo de apoyo parlamentario externo al Gobierno, sostenido en un control periódico de las medidas acordadas.

Los resultados políticos de dicha estrategia se han plasmado en un triunfo aún más rotundo de los socialistas en las últimas elecciones.

Sobre los 230 escaños del Parlamento obtuvieron 106, ganando seis diputados (que podrían aumentar con el voto de emigrantes), mientras que la derecha del PDS y el CDS veía reducido su peso de 107 a 82 escaños, con un escaño para la extrema derecha de Chega, que aparece por primera vez empujada por el viento xenófobo que recorre Europa.

Aun así, Costa necesita el apoyo de la extrema izquierda para gobernar, pero le bastaría con sólo uno de los dos partidos. El Bloque, con los mismos 19 diputados, sería lo más factible, mientras que los comunistas, con 12 (una pérdida de 5), siguen siendo importantes por su peso sindical. Por eso Costa está negociando con los dos partidos, así como con la diputada afrodescendiente de los ecologistas de Livre y con el PAN, animalista ecologista, el triunfador moral de las elecciones (pasando de uno a cuatro diputados), aunque estos pueden apoyar la investidura pero mantendrán su libertad de acción contra la inhumanidad de los humanos.

No es seguro que se reproduzca la misma fórmula política. Durante la campaña electoral hubo duros enfrentamientos dialécticos entre el PS y el Bloque, liderado por la carismática Catarina Martins, en particular sobre políticas sociales no cumplidas en relación con los funcionarios.

Desde luego, ni siquiera se plantea un gobierno de coalición. Costa declaró que no había que arruinar una buena amistad con un mal matrimonio. Lo que pretende obtener Costa es un apoyo flexible de legislatura con los dos partidos que fueron sus socios para luego gobernar con acuerdos de geometría variable sin que ninguno quede atado.

Hay reticencias en la extrema izquierda, sobre todo entre los comunistas, sobre la continuación de una alianza estricta que ha beneficiado a los socialistas. Pero Costa sabe que si abusa de su ligera ventaja la fórmula portuguesa podría perder su ADN: la búsqueda de acuerdos para mejorar la vida de la gente.

Manuel Castells
Publicado en: La Vanguardia

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Portugal, el nuevo país de las oportunidades

 

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