Intentemos al menos ser más amables con la democracia. Antón Costas

Intentemos al menos ser más amables con la democracia. Antón Costas

Catalunya en el diván.
Tengo para mí que los sucesos de este octubre del 2019, a pesar de su espectacularidad y negativas consecuencias sobre el futuro económico y social de Catalunya, son políticamente menos graves que los que vivimos en octubre del 2017.

No quisiera que me viesen banalizando los actos de bloqueo de la vida colectiva y de vandalismo en Barcelona. En modo alguno. Pero hace dos años, en Catalunya y el resto de España había miedo a un desgajamiento traumático de la unidad política. Ahora hay dolor y consternación, pero no miedo a esa mutilación.

Era de esperar que la sentencia judicial sobre los actos de septiembre y octubre del 2017 trajese una fase de luto y protesta. Pero no que fuese a derivar en este nihilismo autodestructivo.

Golpe al capital productivo
En todo caso, es necesario hacerse una pregunta. ¿Qué esperan conseguir los dirigentes políticos que, como Quim Torra, se ponen al frente de esa protesta? ¿A quién pretenden herir? ¿Al Estado? ¿A la imagen internacional de España? En realidad, están tirando piedras sobre nuestro propio tejado. Vean la decisión de Seat. O el deterioro de la imagen de Barcelona. Si en el 2017 se dio un golpe mortal al capital financiero y corporativo catalán, ahora se está dando al capital productivo, a los puestos de trabajo y al bienestar presente y futuro de los catalanes.

Hemos tocado fondo, pero ahora el riesgo es ponernos a escarbar. Si no dejamos de hacerlo, nos haremos mucho daño. Hoy somos un país sin cohesión social ni política. Un país bloqueado emocional, moral y psicológicamente. Un país en el diván.

¿Qué nos ha traído hasta aquí? Hay cuatro rasgos que lo explican:

Primero. Existe una mayoría electoral soberanista, pero sin mayoría social. Desde las elecciones catalanas de 1980 hay, de promedio, un 47% de ciudadanos que antes votaban opciones nacionalistas democráticas, constitucionalistas y autonomistas, y que ahora votan en clave soberanista. Esta mayoría electoral sin mayoría social se produce debido a que, como la Constitución no supo abordar el retraso económico y social del mundo rural español, lo compensó dándole mayor influencia política a sus votos.

Segundo. La mayoría electoral soberanista no dispone de líderes con autoridad política y moral para lograr el consentimiento de la mayoría social no independentista para gobernar. De ahí que hoy el Govern no pueda negociar en nombre de todos los catalanes. Una limitación que legitima a los gobernantes españoles para no hacer nada.

Tercero. Los partidos que representan a la mayoría social no soberanista no logran articular una mayoría electoral alternativa. No solo porque la ley electoral los perjudica, sino porque su mutua aversión lo hace imposible. Una nueva ley electoral que equilibrase mejor el voto rural y urbano posiblemente no erradicaría esta aversión.

Cuarto. Existe una amplia y profunda desconfianza hacia el Estado en Catalunya. Su práctica desaparición de la vida económica, social y cultural catalana en las tres últimas décadas es un fenómeno singular. Dejó de ser un elemento territorialmente equilibrador para convertirse en una fuerza centrípeta. Esto ha alejado a las clases burguesas y profesionales catalanas del Estado. Y ha debilitado el peso electoral de los partidos estatales en Catalunya. Hoy, esas clases burguesas y profesionales coquetean con el soberanismo, mientras miran con envidia hacia el País Vasco buscando un PNV catalán capaz de gobernar con los socialistas.

Nuevas elecciones
Si a estos cuatro factores añadimos el resentimiento social con la falta de soluciones a la crisis social, tenemos el caldo de cultivo para la aparición de una cultura de la protesta permanente y el bloqueo.

¿Qué hacer? La falta de autoridad política y moral del actual ‘president’ de la Generalitat es un tráiler cruzado en medio de la carretera. Es necesario apartarlo. Pero no veo coraje en los dirigentes independentistas para hacerlo.

La salida solo puede venir de unas nuevas elecciones que hagan posible un nuevo Gobierno que, además de los votos de los suyos, logre el consentimiento de los que no le han votado. Un gobierno que pueda dialogar, negociar y pactar en nombre de todos los catalanes con el Gobierno de España.

Por su parte, el presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, debería continuar resistiendo las presiones para medidas políticamente traumáticas. Lo único que harían es aumentar el duelo, y que más catalanes se sumasen a él.

Y, mientras tanto, aunque no nos abracemos, intentemos al menos ser más amables con la democracia.

Solo así podremos sacar a Catalunya del diván.

Antón Costas
Publicado en: El Periódico

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