Límites éticos al capitalismo de la vigilancia. José María Lassalle

Límites éticos al capitalismo de la vigilancia. José María Lassalle

Ética digital para las ciudades.
Construir una ética digital para las ciudades del siglo XXI es posible. Las agendas municipales deben asu­mirlo llevadas por la urgencia de un mundo donde la tecnología es una herramienta bidireccional: o cívica o distópica.

La reflexión de Walter Benjamin sobre el doble sentido de la modernidad es más que nunca una realidad tan vibrante y acelerada que puede estrellarnos a todos contra el muro del tiempo real.

Hasta el momento se han introducido gestos que anuncian una voluntad incipiente de cambio. Incluso se han puesto en circulación iniciativas como la que, promovida por Francesca Bria y Malcolm Bain hace unos meses en Barcelona, supuso la aprobación de un manifiesto en favor de una soberanía tecnológica y de derechos digitales para los ciudadanos. Un proyecto que enlaza con las propuestas que se desarrollan al amparo de la Comisión y que empiezan a cobrar forma en una fase piloto a través de la llamada Alianza Europea para la Inteligencia Artificial, que inició sus primeros pasos el pasado mes de agosto.

Europa, por tanto, parece reaccionar y empieza a poner límites éticos al capitalismo de la vigilancia que, en palabras de Shoshana Zuboff, ya está entre nosotros vistiendo el ropaje de un ­Ciberleviatán diseñado en Silicon Valley o Shenzhen. Un capitalismo de plataformas inhumano y desigual que rompe las costuras políticas e institucionales de las democracias liberales en todo Occidente. Un modelo que destruye los fundamentos éticos de la economía social de mercado nacidos del pacto entre el capital y el trabajo que propició el Estado de bienestar. De hecho, el colapso del relato liberal que sufrimos tiene mucho que ver con la erosión del estatus de la clase media y con el debilitamiento de las conquistas políticas desarrolladas desde la Revolución Francesa y su criatura técnica: la revolución industrial.

Según pasa el tiempo se confirma que, ante los efectos negativos que favorece el sumatorio revolución digital/cambio climático, una de las políticas posibles es la política de las ciudades. Algo que está detrás del planteamiento que las Naciones Unidas propusieron con la famosa Agenda 2030.

Lo explica Antoni Gutiérrez-Rubí en GeocitiZens. Una reflexión que aborda por qué la ciudad es la institución idónea para gestionar los riesgos de la posmodernidad. Especialmente cuando se trata de abordar eficazmente la gestión de la complejidad más inmediata. Esta circunstancia refuerza el papel de las ciudades. Sobre todo porque las hace responsables de la primera piel sobre la que percute la respuesta política que se da a los problemas que provoca la globalización tecnológica y climática. Una respuesta que actúa con capacidad de interlocución directa y, sobre todo, con proyección operativa sobre las dislocaciones sociales e inclusivas que provocan los efectos más perversos de la globalización.

Cuando Bruno Latour se pregunta dónde aterrizará la globalización, la respuesta que habría que darle es que, sin duda, en las ciudades. Ellas son el espacio donde impactan más selectivamente la desigualdad, el desempleo tecnológico, la desaparición de las clases medias, la inmigración no regulada, el cambio climático, la sostenibilidad, la movilidad, la gentrificación, los radicalismos o la inseguridad, entre otros retos globales.

Por eso, ellas han de ser el laboratorio donde la tecnología debe convertirse en una aliada de lo humano. Un área medible desde la centralidad humana. Un espacio habitado por la ética pública que asuma, como señala Richard Sennet en Construir y habitar. Ética para una ciudad, que la centralidad kantiana del conocimiento crítico y autoconsciente al servicio de la mayoría de edad del ser humano es la medida de todas las cosas, empezando por los algoritmos que administran ya nuestra convivencia.

Europa debe liderar esta apuesta ética por las ciudades. Son ellas las que deben protagonizar una revolución humanística que dé sentido cívico a las herramientas tecnológicas desde las que la disrupción digital opere sobre la realidad.

A partir de su espacio puede extenderse una membrana ética que repueble con sentido cívico el vacío que monopoliza la ­convivencia urbana. Desde las ciudades pueden crearse las condiciones para la esperada irrupción de una nueva generación de derechos fundamentales digitales. Es más, deben protagonizar el esfuerzo para impulsar una nueva civilización digital que altere los ejes prescriptivos que el capitalismo de la vigilancia está desarrollando y modelizando en ciudades-tipo que responden, siguiendo a Sennet, a ciudades inteligentes que entontecen porque la persona es prescindible al disolverse en “bits digitales de necesidades y deseos atendidos por unos cuantos monopolios”.

Songdo en Corea del Sur, Magdar en Emiratos Árabes, Cantón y Hangzhou en China, o Toronto en Canadá son ejemplos de smart cities que modelizan gobernanzas prescriptivas que allanan el camino hacia un Ciber­leviatán tecnológico que nos convertirá en titulares de una libertad asis­tida y una ciudadanía sin retornos ­críticos. Frente a estos diseños que esconden un Big brother que sabe cómo somos y cómo debe hacernos más eficientes, debe activarse una sublevación desde las ciudades que defienden un big ­deal tecnológico entre el hombre y las máquinas.

Un pacto que instaure una nueva ágora digital que defina el pe­rímetro ético de nuestra convivencia en libertad, con derechos sobre los datos y algoritmos, y con capacidad para responder colectivamente a los retos de una tecnología que no puede dar la espalda al rostro de la dignidad humana en su aspecto más frágil: su identidad sensible y cognitiva.

Esta empresa colectiva no puede esperar más tiempo. O la ética digital se adueña de las ciudades y afronta una nueva pedagogía colectiva que propague e impulse una ciudadanía crítica, in­clusiva y tolerante, o la distopía se impondrá mediante un panóptico perfecto que convertirá las ciudades en la estampa de Los Ángeles que plasmó Ridley Scott en Blade runner.

Toronto, ‘alfabetizada’ digitalmente
Si la oposición ciudadana no lo impide, Google desarrollará un proyecto que ocupará parte de la ribera del lago Ontario de la ciudad de Toronto para plasmar los imaginarios digitales de las selectas clases creativas que Richard Florida bautizó hace unos cuantos años. El diseño tecnológico es un producto de Sidewalk Labs, la start-up de ciudades inteligentes de Alphabet. Con él se quiere desarrollar el distrito más innovador del mundo, según Dam Doctoroff, a través de una inversión de 1.300 millones de dólares. Se combinan integradamente las diferentes experiencias de ciudades inteligentes y otras que irán innovándose. Un gueto exclusivo y excluyente que se formula dentro de una gobernanza neoliberal basada en patrones de economía de plataforma al servicio de intereses estrictamente monetizables. Consumidores y usuarios en vez de ciudadanos. Contenidos y aplicaciones en vez de derechos. La utopía de Google.

José María Lassalle
Político y escritor español. Ha desarrollado su trayectoria académica en varias universidades públicas y privadas españolas.
Publicado en: La Vanguardia

Leer más:

“La tecnología ha traído muchas soluciones”. Nicholas Negroponte
No hay empoderamiento digital sin empoderamiento político. Evgeny Morozov
“Necesitamos una tecnología tranquila que no absorba nuestra atención”. Amber Case
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