Enemistar para reinar. Inés Capdevila

Enemistar para reinar. Inés Capdevila

¿Para quién gobiernan los líderes populistas?
Pueden ser jóvenes o viejos, de derecha o de izquierda, moderados o radicales, hijos de la escuela pública o de los internados privados, militares o civiles. Los hubo en la Roma de Julio César y la América Latina y el África del siglo XX y los hay en los Estados Unidos y la Europa de esta década. Pero la épica fue y es siempre la misma: los populistas son los representantes del pueblo frente a las elites rapaces, que quieren quitarle a la gente común sus derechos o postrarla en la pobreza para todos los tiempos.
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El lema de la epopeya es, no importa el tiempo o lugar, “ellos o nosotros” y -por supuesto- ese “nosotros” está comandado por una figura excluyente, carismática, con una incomparable destreza política, una asombrosa capacidad de leer las necesidades y miedos del “pueblo” y una incluso mayor habilidad de hablarle a sus emociones. Son los líderes populistas y ellos -dicen- gobiernan solo para el pueblo. ¿Será tan así?

El camino del líder populista hacia el gobierno empieza con un gran listado de promesas redentoras (el ” Make America Great Again”, de Trump o el ” Brasil encima de todo, Dios encima de todo”, de Bolsonaro), manifestadas con consignas efectistas.

Las frases simples son la manera más directa de inyectarle éxito a una campaña electoral. El problema surge cuando el líder populista finalmente gana y se enfrenta al desafío de cumplir sus promesas y gobernar.

Para ellos, la tentación de la campaña permanente es fuertísima; es una forma eficaz de alimentar odios y catalizar amores y, en definitiva, de enemistar para reinar.

Sin embargo, el siglo XXI no se lleva muy bien con las frases simples y la campaña permanente de los líderes carismáticos. El suyo es un mundo demasiado complejo para ser gobernado con consignas o ideas que no van más allá del sujeto y predicado. Los relatos generan lazos y hasta fervor religioso pero no necesariamente mejoran la realidad; de hecho, muchas veces la empeoran.

La desigualdad, los desbalances de la globalización, la recesión incipiente, las migraciones masivas, el cambio climático, la automatización del trabajo son todos fenómenos que amenazan la identidad y la vida diaria de millones de personas que precisamente apelan a esos líderes populistas como salvadores.

Ellos responden con ideas tan efectistas y básicas como sus frases: un gigantesco recorte fiscal o un “arancelazo” comercial; la suspensión del Parlamento o un divorcio brutal y sin acuerdo de la Unión Europea; un laissez faire ambiental para promover el desarrollo económico a toda costa.

El problema es que, en el no tan largo plazo, esas decisiones perjudican precisamente a aquellos a quienes pretendían ayudar y benefician a aquellos a quienes buscaba castigar. Los casos más extremos de dirigentes populistas muestran que, a medida que sus decisiones pasan de respaldar al “pueblo” a las elites, empiezan a recorrer un camino en el que él termina gobernando para salvarse a sí mismo. Venezuela, en ese caso, es la muestra final.

Con más o menos meses en el poder, varios de los líderes populistas más nuevos ya empiezan a recorrer esa senda.

Boris Johnson
Precisamente para salvarse a sí mismo, el primer ministro británico llevó a su país al borde de una crisis democrática al imponer la suspensión del Parlamento por cinco semanas. La medida es ciertamente legal y está contemplada por la Constitución pero el voltaje político es peligroso. Con esa decisión, Boris Johnson le reduce casi al mínimo el margen temporal a los legisladores opuestos al Brexit o al Brexit sin acuerdo para bloquear su plan de divorcio feroz de la Unión Europea, que entra en vigor el 31 de octubre.

El premier quiere una separación extrema y abrupta para reconquistar el ala más derechista del Partido Conservador, que en las elecciones para el Parlamento Europeo se fue en masa con el Partido del Brexit, es decir, que tensa la democracia británica para seducir a un grupo minoritario de votantes. Ese apoyo le permitiría retener su puesto en caso de elecciones anticipadas, un escenario probable.

En junio de 2016, la opción por el Brexit se impuso gracias al voto de los jubilados, los desempleados, los trabajadores de menores ingresos y menor educación; ellos fueron la gran base electoral del adiós a Europa. Irónicamente, si el plan del divorcio sin acuerdo de Johnson prospera, ellos estarán entre los más perjudicados por el impacto económico.

Estimaciones del gobierno británico advierten que en el futuro cercano habrá mayor inflación y mayor escasez de alimentos y medicinas, un faltante que afectará sobre todo a los más pobres y a los jubilados.

La economía británica, en tanto, dejará de crecer un 8% en los próximos 15 años, una desaceleración con efecto directo sobre el empleo.

A Johnson aún le queda recorrido electoral; su carrera de premier recién empieza y su carisma es a prueba de balas y de pasos en falso. Pero si un Brexit sin acuerdo trae la decadencia británica, entonces su coalición electoral podría estar en riesgo; su idea oportunista y “salvadora” contendría el germen de su (tal vez lejano) final.

Donald Trump
Algo parecido le sucede a Donald Trump, el presidente cuya elección y cuyo éxito económico dieron legitimidad y envión al resurgimiento global del populismo y de varios “ismos” más: el nacionalismo, el nativismo, el racismo.

Dos grupos electorales sobresalen entre los votantes que en, 2016, ayudaron a Trump a derrotar a Hillary Clinton: la zona central y agrícola de Estados Unidos y el cinturón industrial. A ellos, Trump les prometió recuperar el esplendor económico y cultural que alguna vez tuvieron. Para hacerlo encontró un enemigo, China (y el enorme défict comercial) y prometió derrotarlo; apenas asumió puso en marcha su plan, simple pero efectivo según él: aranceles de acá para allá.

Pero de tan simple también es peligroso, no sólo para la reelección de Trump sino para la supervivencia económica de granjas y fábricas a las que él pretendía salvar.

Esos dos sectores son, a su vez, blanco de las tarifas chinas. A los productores rurales la Casa Blanca los subsidió, pero empieza a calar la impaciencia entre ellos. Y la producción manufacturera, que había comenzado a recuperarse, se estancó. Suenan todas las alarmas electorales en la campaña republicana para 2020.

Otra idea simple y vieja que Trump puso en marcha para hacer que la economía norteamericana alcanzara su bonanza máxima fue un recorte fiscal. Irónicamente empresas e inversores ganaron mucho y Wall Street creció, desde que asumió el magnate, un 25%. Pero el efecto derrame sobre los ingresos de los trabajadores -otra base electoral del presidente- no fue tan grande como el esperado y sus salarios avanzaron en estos años solo un 6%.

Jair Bolsonaro
Promesas grandilocuentes a las que la realidad y sus complejidades dejan en evidencia. Eso no solo le sucede a Johnson o Trump, también le pasa a Jair Bolsonaro. Él llegó al poder brasileño como una especie rara en América latina, un gobernante populista de derecha en una región que el siglo XXI encontró dominada por los populismos también, pero de izquierda.

Sin tapujos, Bolsonaro prometió mano dura para la seguridad y cero regulaciones para el crecimiento económico. Eso incluyó el medio ambiente y el mayor tesoro de Brasil, el Amazonas.

El presidente brasileño flexibilizó los controles ambientales para favorecer a parte de su base electoral, el grupo ruralista. El desmonte y la quema permiten extender la frontera agrícola ganadera y allí ese grupo. Hoy el mundo reacciona y amenaza con un boicot. El principal blanco es precisamente el sector agroexportador, que esta semana tuvo que pedirle a Bolsonaro que reimpusiera los controles para frenar el boicot global al que se exponen sus productos. Otro caso de relato contrariado y contradicho por la realidad.

El problema de los líderes populistas, sean de derecha o de izquierda, sin embargo, no es el relato, son las ideas de gobierno simplistas que dejan de funcionar para atender los verdaderos problemas del “pueblo” y, eventualmente, sirven solo para blindar a las elites.

Nicolás Maduro pensó al asumir su mandato, en 2013, que podría gobernar -como hizo Hugo Chávez- con relato, petróleo y represión. Pero el precio del crudo se desbarrancó, la oposición se unió y fortaleció y el relato fue desarmado por una de las mayores debacles económicas de la historia mundial y el mayor éxodo de la historia reciente latinoamericana.

La diáspora -sobre todo la actual, de 2019- incluye a aquellos que menos tienen, a los que Chávez y Maduro prometieron proteger y encumbrar.

Hoy Maduro, el representante del “pueblo”, solo lucha para salvarse él y una boliburguesía que incluye a los mandos superiores de las fuerzas armadas, a la burocracia chavista y a los empresarios que viven del Estado.

El populismo es un fenómeno de la democracia, surge y termina dentro de sus límites.

Pero Maduro lo llevó al extremo y Venezuela ya no es una democracia. Él, en definitiva, solo gobierna para sí mismo.

Inés Capdevila
Publicado: La Nación

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