Viejas castas, nuevas sectas. Jorge Dobner

Viejas castas, nuevas sectas. Jorge Dobner

De unos años a esta parte la irrupción de una hornada de jóvenes políticos en distintos países del mundo, en su mayoría menores de 40 años, prometían una nueva forma de hacer política para cambiar las normas anquilosadas de las generaciones pasadas.
La mayoría de ellos se presentaban como propulsores de una necesaria regeneración de una sociedad defraudada por la clase política tradicional. Su existencia cobraba sentido por la “normalización·” de ciertas mezquindades de los políticos de toda la vida.

Los partidos tradicionales se habían acomodado en sus sillones beneficiándose del poder que su cargo les otorga: multiplicando los cargos de libre designación en las administraciones para “enchufar” amigos de partido y colonizando las instituciones del estado para el reparto de cuotas favorables a sus intereses particulares.
A menudo estas prácticas derivaban en tramas de corrupción que ‘engordaban’ sus intereses privados, el reparto fraudulento del dinero de muchos entre pocos con ansias desmedidas.

Con razón las gentes de a pie no daban crédito a la gestión negligente de un dinero que especialmente cuesta ganar a las clases media y populares.

Por todo ello, la llegada de una nueva generación de jóvenes políticos dispuestos a denunciar y cambiar esta mala praxis siempre ha sido bien acogida.

En distintas épocas de la historia han surgido jóvenes líderes entusiastas y valientes para desafiar el status quo, varios nombres importantes persisten en el tiempo. Por citar algunos ejemplos, es el caso de John F. Kennedy que en 1960 se convirtió en el presidente más joven de EE.UU o Adolfo Suarez en España quien impulsara en primera persona medidas decisivas para la democracia dejando atrás el régimen previo dictatorial como la «autoliquidación» de las Cortes franquistas.
No en vano, el ejemplo de estas figuras políticas sirve de inspiración a los jóvenes políticos de hoy. Sin embargo, en vista de sus actos uno se pregunta si no es más un ideal de poder que una forma de ejercer las buenas enseñanzas que dejaron.

Con demasiada rapidez los políticos pecan de bisoñez y se contagian de las prácticas que una vez criticaron bajo la bandera de la regeneración, que tan pronto cogen como dejan.

Hemos evolucionado a un multi-partidismo que da reflejo a la pluralidad de la sociedad, pero cuyos líderes de los nuevos partidos, quienes tanto prometían, a veces ni tan siquiera son capaces de asegurar cierta estabilidad política.
Demasiada ambición personal, de escribir su nombre en la historia, de la falta de paciencia y mesura.

En España, la reciente y fallida investidura del líder del PSOE, Pedro Sánchez, ha dejado a muchos preocupados. Por segunda vez, el líder de Podemos, Pablo Iglesias, ha negado esta posibilidad priorizando las cuotas de poder en el ejecutivo en vez de un acuerdo programático que beneficie a quienes los han votado.
Parece extraño este comportamiento para quien denunciara con mayor beligerancia los males de la “vieja casta”, de la necesidad de dar la voz a “la gente”, de hablar del colectivo y no de nombres específicos.

Asimismo otros jóvenes políticos parecen “desnortados” sin asumir parte de su responsabilidad, en mayor o menor, pero igualmente importante. Es el caso de los liberales de Ciudadanos Albert Rivera al cual algunos de sus mentores y compañeros ya están abandonando y que en un momento de polarización política está dejando vacío un enorme espacio en el centro, siempre zona de compromiso y negociación. O el caso de caso de los conservadores del PP, Pablo Casado, sin experiencia fuera de la política y tampoco parece dentro de ella.

A nivel mundial otros jóvenes líderes pueden en este momento quedarse cortos ante las expectativas – sin duda muy altas – en ellos depositadas, Entre esos políticos se encuentra el Presidente de Francia, Emmanuel Macron; el Presidente de Canadá, Justin Trudeau o el primer ministro irlandés, Leo Varadkar.

En su mayoría aun nos encontramos en un panorama político muy masculinizado, estos jóvenes políticos dicen ser más avanzados que sus antecesores, algunos incluso abanderados del feminismo, pero los hechos niegan la imagen que quieren proyectar – seguramente por mero interés electoralista-.
Sin bien algunas jóvenes mujeres sí están consiguiendo por méritos propios romper el techo de cristal y ser lideresas de sus países con resultados hasta ahora meritorios. Es el caso de la reconocida Primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, o la Presidenta de Eslovaquia, Zuzana Čaputová.

La nueva generación de políticos tiene la oportunidad de coger el testigo, de demostrar que pueden ser útiles. Sin duda no les falta ganas, carisma, modernidad, en buena parte también una provechosa formación académica.

Pero tampoco pueden olvidar por un exceso de marketing la importancia de los valores de fondo que nunca caducan, y que son los que realmente pueden dar entidad a medio – largo plazo a sus liderazgos.
No estaría de más que estos jóvenes políticos pudieran rodearse de profesionales reputados, con madurez y experiencia, que pueden darles buenos consejos y aportares el justo equilibrio. Contar con la voz de la experiencia es un deber que no pueden pasar por alto, para hacer política con cierta perspectiva y no en clave casi siempre electoralista.

Lo viejo no tiene que ser necesariamente despectivo, y lo nuevo necesariamente positivo si no es transformador.

Pasar de “una vieja casta” a “una nueva secta” no parece ser la solución si no hay propuestas y concreciones realistas que pongan en valor lo más positivo de cada parte y de quienes los han votado para que los representen.

Jorge Dobner
Editor
En Positivo

Leer más:

La meritocracia de la clase política
Las utopías posibles

 

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