Las utopías posibles. Jorge Dobner

Las utopías posibles. Jorge Dobner

Con la reciente derrota de Alexis Tsipras, líder de Syriza, a las elecciones generales de Grecia, se consuma el fracaso de un cambio de paradigma que nunca llegó. Solo 4 años antes buena parte de los votantes griegos depositaron sus esperanzas en la revolución de Syriza, con la promesa de romper los esquemas tradicionales de la política griega y sobre todo con capacidad para no doblegarse a los dictados de la troika.
Sin embargo la legislatura se convirtió en travesía en el desierto, especialmente para unas clases medias mermadas. Ahogado por una herencia económica precarizada el gobierno no pudo soportar las presiones desde Bruselas, llegaron más privatizaciones, pérdida de soberanía y aumento de la desigualdad.

Es cierto que en el tramo final de la legislatura ha empezado a recuperarse con el motor de la industria y el turismo. La población reconoce algunos logros como un sistema universal con más profesionales y una cierta mejora en el nivel de la seguridad.
Sin embargo, el gobierno de Tsipras no ha sabido comunicar y convencer, que después de los enormes esfuerzos lo peor había pasado, que la economía progresa adecuadamente y los planteamientos que un día ilusionaron a sus votantes se podrían retomar en un contexto más favorable para ello.

Paradójicamente los que un día colaboraron en la crisis, también manchados por una vorágine de corrupción en su partido, vuelven a gobernar el país heleno.

Más que por méritos propios votar a los conservadores de Nueva Democracia ha significado el voto de castigo y hartazgo por no ver la consecución del proyecto griego de justicia social. Incluso cuando la población concurre en el autosabotaje con esta decisión – tal y como dijeron algunos expertos después de conocer el resultado final de las elecciones -.
En líneas generales los ciudadanos exigen cambios relevantes – y por tanto de naturaleza compleja – pero al mismo tiempo se muestran impacientes cuando los resultados que no llegan.
Este sentimiento de urgencia hace de los votantes cada vez más volátiles, capaces de votar una opción determinada y luego su opuesto más por una cuestión punitiva que por el sentido de las políticas que pueda implementar. Esto explica el auge de los populismos o cometer los mismos errores por miedo a un verdadero cambio en el proceso en que estos se están produciendo.

La utopía remite a un sistema ideal de gobierno en el que se concibe una sociedad perfecta y justa, donde todo discurre sin conflictos y en armonía.
Nadie la ha alcanzado, pero es el motor que nos hace salir del status quo para seguir acercándonos cada vez más a ella. Tan solo su existencia es la que ha motivado a hombres y mujeres vencer las resistencias e ir consiguiendo pequeñas grandes conquistas sociales.
Buscarla con la experiencia que dan los siglos de historia con búsquedas infructuosas y de errores cometidos. El desenlace del gobierno griego, es ejemplo de ello.

De una manera más evidente modelos como la revolución bolivariana en Venezuela encarnada por Hugo Chavez y su sucesor Nicolás Maduro se han revelado como un fracaso.

Pero todo forma parte del aprendizaje, para desechar definitivamente aquellas medidas que una y otra vez no funcionan y valorar aquellas que son alternativa y están dando resultados.
Se podría citar el caso Chino, que tantas veces se criticó, pero que pasado el tiempo está siendo exitoso. China aúna ideal y pragmatismo para alcanzar sus sueños y materializar en realidades. Todo ello con un factor diferencial en el modo de hacer las cosas y con unos objetivos marcados por una planificación concienzuda a medio – largo plazo. Impulsar a la población de abajo arriba, creando nueva riqueza, pero sin comprometer el capital.

También Portugal, cuya formación de gobierno se cuestionó tanto en su día, pero ahora no deja de sorprender a propios y extraños por su buena gestión. El gobierno de Costa, apoyado por diversos partidos de izquierda bajo un común denominador, ha ido de menos a más.

Ha puesto en práctica medidas económicas contracíclicas, a veces no tanto en la línea a las sugeridas por la Unión Europea, que han reportado buenas tasas de crecimiento.
El “experimento” portugués ha permitido la reducción del déficit fiscal de 4.4% al 1%, esperando alcanzar, por primera vez en más de un cuarto de siglo, un superávit en el año 2020.
Además ha eliminado recortes al salario, pensiones y seguridad social; incrementó 15% el salario mínimo y la equidad en salarios entre hombres y mujeres, entre otras medidas positivas.
Pero sobre todo en su ejercicio están comprobando que no renunciar a un cierto sentido ético no está reñido con un mínimo de sensatez – también muy necesaria -.

Ahora este mismo modelo podría ser extrapolable a España en un momento en que los socialistas están en plenas negociaciones en la conformación de gobierno y a la espera de replicar la misma fórmula de sus homólogos lusos.

Estas son muestran que deberíamos entender, a no aceptar castillos en el aire y a no renunciar a trabajar por un cierto ideal utópico admitiendo que cuanto más elevados son los cambios más obstáculos deben vencerse.
Las sociedades reclaman los principios básicos de justicia, igualdad y solidaridad, pero deben atreverse. Lo contrario es resignarse a lo malo conocido.

Jorge Dobner
Editor
En Positivo

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