Los judíos se merecen una atención especial. John Carlin

Los judíos se merecen una atención especial. John Carlin

Jesús era judío.
Dos judíos ortodoxos, vestidos de negro y con trenzas, caminan por una calle y ven un cartel a la entrada de una iglesia que pone: “Pagamos 100 dólares si se convierte al cristianismo”. Se miran y uno le dice al otro: “¿Cómo lo ves? Cien dólares. No está mal”. “Ni loco”, le contesta su compañero. El primero entra en la iglesia y se bautiza. Un rato después sale y su compañero le dice: “Bueno. ¿Te dieron los 100 dólares?”. “¡Hay que ver cómo sois!”, le contesta el recién converso. “Siempre pensando en lo mismo…”.

Oí el chiste esta semana en un vídeo en el Museo Judío de Londres. Formaba parte de una exposición muy oportuna en Inglaterra, ya que casi cada día se lanzan acusaciones de antisemitismo contra el Partido Laborista, el de los obreros y la igualdad.

La exposición se llama Judíos, mito, dinero e intenta documentar y refutar lo que es probablemente el prejuicio más antiguo de la humanidad. Hay y ha habido muchos más. Contra los musulmanes, los católicos, los protestantes, los negros, los blancos, los hindúes, los mexicanos, los argentinos, los yanquis, los franceses, los alema-nes, los ingleses, los africanos, los chinos, los catalanes, los españoles, los aficionados del Real Madrid y… bueno, no hay espacio en este artículo para mencionarlos todos.

Siendo como somos, tan necesitados de objetos de desprecio o de odio, la lista es casi infinita. Pero el prejuicio contra los judíos es el que más resiste el paso del tiempo.

Todo empezó hace dos mil años con los Evangelios cristianos. Según la exposición en el museo, los dos episodios fundacionales, clavados por los siglos de los siglos en la conciencia colectiva de Occidente, son el de Jesús expulsando a los mercaderes del templo y el de Judas vendiendo a Jesús por 30 monedas de plata. Como muchos prejuicios, este se origina en una gran falacia. O, mejor dicho, en una perversa omisión.

Judas se convierte en la personificación de los judíos mientras se olvida, por el amor de Dios, que Jesús era judío también. Como lo fueron Mateo y los demás evangelistas y después Pablo, cuyas epístolas transformaron lo que había sido una secta disidente del judaísmo en una religión universal. Más coherente hubiera sido que se asociara a los judíos no con la avaricia traicionera de Judas sino con el mensaje de amor y generosidad que patentó Jesús.

Pero no. Estigmatizar a los judíos ha resultado útil como arma política desde la edad media hasta la edad nazi y más allá. Como reza el capítulo uno del viejo manual populista, el rey, el presidente, el caudillo o el que aspira al poder identifica un enemigo y, acto seguido, se representa como el líder que defenderá al pueblo contra sus maldades. Tantas veces el judío ha sido el señalado que el prejuicio ha rebasado la política y se ha consolidado en casi todas las culturas. Hitler lo tuvo fácil. Cuando utilizó a los judíos como amenaza para canalizar resentimientos y unir a los alemanes bajo su manto protector ya tenía la mayor parte de su trabajo propagandístico hecho.

El hecho de que algunos insistan en que el Holocausto nunca ocurrió, y que fue otra invención conspirativa judía, da la obscena medida de cómo la caricatura perdura. La arraigadísima idea de que los judíos son unos avaros obsesionados con el dinero es el emblema y prototipo de aquella propensión tribal del ser humano (se llama nacionalismo) a catalogar a los que pertenecen a un grupo diferente como si cada uno de sus miembros fuese tan homogéneo como una especie de insectos. Lo cual nos lleva a mantener dos ideas absolutamente contradictorias en la cabeza a la vez. Por un lado sabemos que cada miembro de nuestra familia es un mundo, infinitamente variado e insondable. Pero la mamá, el papá, los hijos, los abuelos, los nietos y los sobrinos en una familia de judíos/musulmanes/catalanes/franceses, etcétera, etcétera, etcétera, todos, tienen personali­dades idénticas. Como si fueran, co-mo decían los nazis de los judíos, cucarachas.

Nadie se salva de este impulso reductivo, la raíz de los peores males de la humanidad. Podemos apaciguar nuestras conciencias creyendo que no tiene mayor transcendencia declarar en una comida entre amigos que los ciudadanos de cierto país o de cierta religión o color son todos unos prepotentes, o unos ladrones. Estaríamos hablando aquí de prejuicios a fuego lento.

El problema llega cuando aparece un político o un partido que para llegar al poder o preservarlo sube la temperatura y de repente las emociones hierven. Aparece el oportunista, nace la crisis, algo se rompe, se dicen barbaridades y la civilización da un paso de vuelta a la jungla. Es el caso de Trump con los mexicanos. O el de los líderes ­brexiteros con el siempre latente sentimiento ­anti- europeo de muchos ingleses. O el de ciertos españoles con los catalanes o el de ciertos catalanes con los españoles. Las consecuencias nunca son buenas.

En el caso de los judíos, en los años treinta y cuarenta en Alemania fueron catastróficas. Pese al esfuerzo de muchos, em­pezando por los propios alemanes, los datos demuestran que hoy la percepción negativa de los ­judíos crece, en buena parte como daño colateral del tsunami populista que ­recorre el mundo.

Yo soy de los que piensan que los judíos se merecen una atención especial. En parte porque el mundo está en deuda con ellos por el atroz trato que han recibido durante siglos, como constaté en la exposición que vi esta semana.

En parte porque hay mucho más veneno en el prejuicio antijudío que en el antifrancés o antiinglés.

Alguien me dirá: “¿Y qué tal Israel?”. Bien. Mi opinión es que hay similitudes entre el apartheid sudafricano y la política que ejerce el primer ministro Beniamin Netanyahu.

Pero lo que me enfurece es que la gente identifique a todos los judíos con aquel relativamente pequeño sector de la población judía mundial que vota por él. Es la versión contemporánea del antiguo reflejo de identificar a los judíos con Judas o con los mercaderes del templo.

Combatir estos procesos mentales es una noble misión. Triunfar en ello, muy difícil. Somos mezquinos por naturaleza. Pero hay que intentarlo. Aprender de los Evangelios y hacer un esfuerzo para ver a los judíos como gente igual de buena o igual de mala, igual de loca o igual de sana, igual de rácana o igual de generosa que todos los demás sería un buen comienzo. Dos milenios después, ya es hora de acabar con esta mierda.

John Carlin

Publicado en: El País

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