La felicidad es hoy más posible en Europa que en ningún otro ­lugar. Xavier Mas de Xaxàs

La felicidad es hoy más posible en Europa que en ningún otro ­lugar. Xavier Mas de Xaxàs

Europa aún es capaz de ser feliz.
Me gusta pensar Europa como si fuera un solo país, una potencia mundial, la más internacionalista y cosmopolita que ha habido nunca, una multinación forjada sobre la declaración de independencia de Thomas Jefferson, el más europeo de los revolucionarios estadounidenses.

Me gusta pensar que sus ideas sobre la libertad y la búsqueda de la felicidad son hoy más posibles en Europa que en ningún otro ­lugar.

Frente al auge del nacionalismo y el autoritarismo en los países más grandes y relevantes del mundo –Estados Unidos, Japón, China, India y Rusia–, Europa, esta Europa insegura muchas veces de sí misma, es el mejor espejo de la gente normal.

Los europeos han frenado el avance de las fuerzas populistas y ultranacionalistas que amenazan el proyecto común. El pasado domingo, los partidos de extrema derecha perdieron votos en Alemania, Austria, Dinamarca, Holanda y España. Es verdad que ganaron en Francia, Italia, Hungría, Polonia y el Reino Unido, pero en el Parlamento Europeo sólo tendrán el 25% de los escaños. Los medios de comunicación promoverán sus propuestas de odio y caos, de supremacía blanca y cristiana, porque es un buen negocio, pero su papel será políticamente irrelevante. Sus planteamientos son tan dispares que es imposible que formen una alianza.

Los europeos han aprendido a ceder y compartir la soberanía. Su proyecto es muy simple: converger para ser ricos, estables y seguros. El sistema genera la suficiente libertad y prosperidad para que millones de personas en Asia, África y América quieran ser europeas. Pasó lo mismo con los europeos del sur, el centro y el este que durante la guerra fría eran mucho más pobres y mucho menos libres que el resto.

Europa era un proyecto incuestionable hasta que la crisis financiera del 2008, la más grave en 80 años, disparó el paro, ­redujo los salarios e impuso una auste­ridad que deterioró el bienestar. Los ciudadanos europeos dejaron entonces de confiar en sus políticos y su banqueros.

Los charlatanes populistas tuvieron una gran oportunidad. Las redes sociales fueron su gran herramienta de propaganda. Ganaron apoyos en todos los países.

Entre las Midlands inglesas y la Silesia polaca había gente que se sentía sola y abando­nada. No había conocido el progreso ­globalista y ahora veía como se venía abajo la economía industrial de su entorno.
Europa tampoco estuvo preparada para la emancipación de las sociedades árabes, para las primaveras del 2011 y los refugiados que empezaron a llegar entonces. Abrió las puertas a más de un millón de ellos en el año 2015, y el autoritarismo ­racista todavía ganó más poder político.

El pasado domingo, sin embargo, esta tendencia, el crecimiento constante de las fuerzas antieuropeas, se moderó. La alianza que, espoleados por la nueva derecha estadounidense, quisieron formar los políticos nacionalistas, xenófobos y antisemitas de Francia, Italia, Holanda, el Reino Unido, Hungría y Austria fracasó. La Europa normal levantó un muro y demostró que aún es capaz de ser feliz. Hace apenas un año esta felicidad parecía imposible.
Le Pen ha ganado en Francia, y su triunfo refleja el legítimo malestar de los franceses más vulnerables a la crisis, pero sólo le sacó un 1% a Macron, un triunfo que no le dará una mayor influencia en el Par­lamento Europeo. No es la primera vez que la extrema derecha francesa saca un buen resultado en las europeas y, hasta ahora, su peso parlamentario en la Eurocámara ha sido modesto.

El autoritario Viktor Orbán arrasó en Hungría, pero, presionado por Bruselas y por los conservadores europeos, se ha distanciado de Salvini y ha renunciado a una reforma del Tribunal Supremo que habría supuesto el fin del Estado de derecho.
Farage también arrasó en Gran Bretaña, y su éxito refleja el fracaso del Brexit. Ni el Gobierno ni el Parlamento pueden cumplir con la voluntad mayoritaria de los británicos que en el 2016 votaron en contra de la UE. Ningún partido, además, está en condiciones de conseguir una mayoría parlamentaria si se convocan elecciones ahora. Mientras no se resuelva este bloqueo y el Reino Unido pueda salir de manera ordenada de la UE, Farage tendrá poder en casa, pero no en Bruselas.

Lo que sí que es grave para el futuro de Europa es la consolidación de Matteo Salvini, un neo-Mussolini que va camino de acaparar todo el poder en Italia. La tercera economía de la eurozona aún hoy tiene un PIB que es un 5% inferior al del 2008, y las perspectivas no son buenas. Italia está en recesión y sobre esta crisis Salvini extiende el neofascismo. Después del crack financiero del 2008, la crisis de los refugiados del 2015, el Brexit del 2016 y la ola de atentados yihadistas, Italia es un lastre. Salvini prefiere entenderse con Moscú y Pekín. Los italianos acabarán decidiendo su futuro, pero para que lo saquen del poder necesitan un proyecto europeo reforzado, más seguro de sí mismo, más unido frente a Rusia, China y los Estados Unidos de Trump.

Europa debe seguir perfeccionando el euro, trabajar para la unión bancaria, permitir fusiones como la frustrada entre Alstom y Siemens, invertir en la tecnología digital que ya es la base del progreso, crear una política de asilo común y reforzar su propia seguridad.

No ha de ser difícil si hay voluntad política de conseguirlo, y esta voluntad depende hoy de tres líderes: Merkel, Macron y Sánchez. La salida del Reino Unido y la deriva de Italia ofrecen una gran oportunidad a España 34 años después de su ingreso en la UE.

La Europa de Jefferson, en definitiva, se merece un grupo de gente normal al frente de sus instituciones, gente capaz de recordar los horrores del siglo XX y de buscar la felicidad que promete el XXI.

Xavier Mas de Xaxàs
Publicado en: La Vanguardia

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Europa, la ilusión por un proyecto común. Jorge Dobner
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