El legado de Europa para las futuras generaciones

El legado de Europa para las futuras generaciones

En la sede de Ginebra de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el presidente de la República Francesa, Emmanuel Macron, ha sorprendido con su discurso a propios y extraños. Más contundente que otras veces Macron advierte de la necesidad de corregir los desequilibrios de la globalización e incentivar la responsabilidad social para que sea una prioridad “Creo que la crisis que vivimos puede conducir a la guerra y a la descomposición de las democracias. Estoy íntimamente convencido”.

Llama a un proceso de reformas como el único camino para no seguir alimentando a los extremismos, cuyo crecimiento es diametralmente proporcional al fracaso e inmovilismo de los partidos tradicionales, porque “La responsabilidad de nuestra generación no es esperar a una nueva guerra, sino mirar al mundo tal como es”.

Su discurso profundiza en otros mensajes en defensa de una Europa reformista, que supere su crisis de identidad, para reinventar una unión de países europeos más cerca de sus ciudadanos.

El pasado 26 de mayo,  con motivo de las elecciones europeas,  la población europea dio en su conjunto un voto de confianza a los partidos con tradición europeísta (conservadores, socialdemócratas, liberales y verdes) – aun con distintos matices –  pero también un aviso para que este respaldo se traduzca en políticas efectivas.

Si bien finalmente el conglomerado de partidos eurófobos y euroescépticos no consiguieron una minoría suficiente para condicionar el futuro de Europa, su crecimiento paulatino debe servir de revulsivo para no perder el tiempo y emprender un periodo de transformación en beneficio de los ciudadanos.

La lección del Brexit que deja al Reino Unido en un callejón sin salida, debe servir de enseñanza al proyecto Europeo. La noche del sí al Brexit, principalmente respaldado por las generaciones mayores, condenó el futuro de los más jóvenes.

Y lo que suceda en los próximos años en la UE marcará igualmente el futuro de las nuevas generaciones, más comprometidas con una Europa unida, pero a su vez más deseosas de cambios que les permitan un futuro próspero y certero.

En esta línea el periódico francés Courrier International publica un especial de la Europa posible que nos espera, aunque el destino está por escribir según los cambios que se produzcan.

Como reflexión se nombra la a famosa llamada de John F. Kennedy en su discurso inaugural: “No pregunte qué puede hacer por usted América (aquí reemplazada por “Europa”). Porque en este proyecto conjunto todos los europeos están concernidos en construir la Europa que será.

Así lo alertó el sociólogo alemán Ulrich Beck  cuando la construcción de la unión política europea ha sido decidida en buena parte sin involucrar al propietario, es decir al conjunto de la ciudadanía.

Para seducir se explica que es necesario “dar amparo a una Europa protectora, que empieza a comprender y que tiene que encontrar su propio paraguas”, definir su identidad acorde a las sensibilidades mayoritarias y aplicar las políticas conforme a las principales reivindicaciones y preocupaciones de la sociedad.

Decir sí a una Europa de libertad, de sociedades abiertas hechas de individuos, a un futuro de tolerancia cimentada en políticas concretas, en respuestas precisas que mejoren el nivel de vida de los ciudadanos y que reduzcan las disparidades económicas del Norte y Sur del continente.

Para hacerlo no hay una fórmula única, sino muchas voces que deberán encontrar estrategias comunes.

Es el caso del austriaco Johannes Voggenhuber, ex-diputado del Parlamento Europeo por el partido político Los Verdes, quien propugnaba un manifiesto europeo destacando un papel protagonista de las regiones y ciudades por encima de las naciones-estado.

En concreto, promover un  “proceso de unificación política [a realizarse] de Europa capaz de actuar ” y que las tradicionales naciones –estado obstaculizan. Asimismo Voggenhuber aboga por poner en marcha mecanismos determinantes para resolver los problemas en política social y económica, protección del clima y por último, pero no menos importante, la política de asilo e inmigración.

Sin embargo, esta tesis que se acerca a la defensa de los Estados Unidos de Europa despierta ciertos recelos incluso en aquellos que se distancian de los eurófobos.  A menudo se achaca los retrocesos en la unificación europea por la propia retracción de los gobiernos nacionales.

Pero también es cierto que para formar un espacio de protección, solidaridad y justicia social las responsabilidades deben ser compartidas y la lealtad entre países miembros debe ser correspondida.

Con la retirada del Reino Unido, el proyecto europeo se enfrenta a un proceso de  reconstrucción que puede variar sus pesos estratégicos. Al respecto, Courrier International incluye un artículo de The Economist ensalzando el nuevo papel de los países nórdicos, entre sus propuestas, acelerar la reforma del mercado de capitales, más apertura y acuerdos con países terceros.

Considerando toda propuesta como positiva en la que todos países tendrán que sumar, también es cierto que la dicotomía Norte – Sur deberá encontrar puntos de encuentro importantes para no caer en errores que han lastrado el proyecto europeo.

Cristina Grao Escorihuela
Redacción

Leer más: 

Europa, la ilusión por un proyecto común. Jorge Dobner

La Europa verde

El Tratado de democratización de Europa. Guillaume Sacriste

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